España es un país putero, o más bien -hablemos con propiedad- un país de hombres puteros; en concreto, el tercero con mayor consumo de prostitución a nivel mundial, y el primero a nivel europeo. La prostitución, eso se sabe, está estrechamente vinculada a la trata ilegal de mujeres, una práctica que España no consideró delito hasta 2010, y la década justo anterior a ese año es aproximadamente el periodo a lo largo del que transcurre la acción de ‘El castillo’, absorbente nueva serie que toma como base el libro de Mabel Lozano ‘El proxeneta’ para relatar la implantación progresiva de redes dedicadas al tráfico de seres humanos con fines de explotación sexual desde finales de los 90, y que se presenta fuera de concurso en el Festival de San Sebastián dos semanas antes de su incorporación al catálogo de Movistar Plus.
Es una construcción “muy vieja que nadie es capaz de tirar abajo y también un espacio muy masculino en el que un rey lo domina todo, y al que se entra fácilmente pero del que es muy complicado salir», explica Isabel Peña para aclarar las analogías entre el negocio de los burdeles y el edificio que da título a la serie. Ella la ha creado y coescrito a medias con Eduardo Villanueva; ambos, recordemos, son socios y coguionistas habituales de Rodrigo Sorogoyen, junto al que idearon la aclamada serie ‘Antidisturbios’ (2020) entre muchas otras ficciones. Los seis episodios de ‘El castillo’ han sido dirigidos por Elena Martín y Sandra Romero.
El primero se sitúa en 1999, el año en el que empezó a construirse el primer macroburdel de España, y todos ellos discurren alternando tres puntos de vista. A un lado, el proxeneta al que encarna un Raúl Arévalo dotado de cabeza rapada, tremenda barriga -el actor aumentó 20 kilos para el papel- y alta capacidad intimidatoria. Al otro, los agentes de la UCRIF (Unidad Central de Redes de Inmigración Ilegal y Falsedades Documentales), el primer departamento policial en nuestro país que investigó de manera específica el delito de trata de seres humanos, y que no fue creado hasta 1998. Y, en el centro, una víctima cuya historia representa la de tantas, mujeres muy jóvenes en situación de precariedad, tentadas a viajar a Europa para hacer dinero con el que ayudar a los suyos, forzadas a incurrir en una deuda con sus explotadores que luego se va inflando más y más y las ata a ellos indefinidamente.
Dicho de otro modo, ‘El castillo’ funciona a la vez como perturbadora intriga criminal, descorazonador drama humano, minuciosa investigación y, en su último episodio, también drama judicial. Y, entretanto, exhibe la virtud de saber mirar siempre desde el punto justo: recurre a datos y estadísticas para ilustrar al espectador, pero no lo aplasta a base de didactismo; mantiene un compromiso férreo con lo real, pero no cae en el feísmo o la sordidez con el fin de epatar; y retrata un mundo basado en la cosificación del cuerpo femenino evitando en todo momento el tipo de enfoque sexualizado tantas veces adoptado por las ficciones que abordan el mundo de la prostitución.
Contenido para Netflix
La última en presentarse de cuantas este año aspiran a la Concha de Oro, ‘Las disculpas de Vicentina’, ha sido coproducida por Netflix y, por tanto, no es extraño que posea las hechuras propias del tipo de contenido más inmediatamente ascoiable a la plataforma de ‘streaming’: su peripecia argumental y su puesta en escena son de lo más simplonas, y avanza sobrexplicándose y repitiéndose para facilitar la comprensión a quienes la ven mientras hacen ‘scroll’ en el móvil.
Dirigida por Gabriel Martins, contempla a una anciana que va pidiendo perdón a los familiares de las numerosas víctimas mortales del accidente que provocó su propio hijo, conductor de autobús. Mientras, pretende funcionar a modo de retrato poliédrico de la sociedad brasileña, pero solo alcanza a sugerir que los pobres tienen más empatía que los ricos y los hombres son más avariciosos que las mujeres.
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