El General Marcelo Montaner recuerda con total lucidez el tiempo que estuvo destinado en la República Democrática del Congo como parte de la misión de paz de las Naciones Unidas desplegada en ese país, conocida actualmente como MONUSCO. Montaner llegó en 2003 tras la firma del Acuerdo de Pretoria, que puso fin a un conflicto regional que se cobró la vida de más de cinco millones de personas, la mayoría de ellas por inanición y enfermedades curables. “Fue una situación difícil porque no estábamos acostumbrados a tanta agresión y violencia. Pero felizmente lo sacamos adelante”, explica este militar uruguayo, ya retirado.
Cuando llegaron a Bunia, en el noreste del país, se encontraron con un vacío de poder en la zona debido a la salida de las tropas ugandesas, lo que obligó a restaurar la autoridad desde cero. “No existía ninguna organización, no había jueces, no había policía, no había cárceles. Estaba Naciones Unidas, pero ningún país quiso ir a desplegarse. Entonces, nos mandaron a los uruguayos”, asegura el general, actual presidente de la Asociación de Veteranos de Operaciones de Paz de Uruguay (AVOPU). Con el tiempo este contingente, explica, logró mantener la seguridad en la zona y ganarse la confianza de la población local.
La labor de las misiones de paz de la ONU, incluida la MONUSCO, ha sido reconocida en todo el mundo durante décadas. Pero la continuidad de las 11 operaciones que siguen activas a día de hoy está más en entredicho que nunca. El secretario general del organismo, António Guterres, se ha visto obligado a ordenar unos recortes del 15% sobre los presupuestos de estas misiones, los cuales han obligado a reducir en un 25% su capacidad militar y policial. El motivo principal: la negativa del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de cumplir con los compromisos de su país ante la ONU, a la que ha definido esta misma semana como una organización de “burócratas globalistas” con una “agenda izquierdista”.
Retirada de Líbano
Una de las misiones más afectadas por las políticas de Trump ha sido la FINUL, establecida en Líbano hace casi 50 años. Está previsto que el mandato de esta misión —fundamental para facilitar la entrada de ayuda humanitaria en el sur del país y monitorizar el aumento de la tensión entre Israel y la milicia Hezbolá— termine el próximo 31 de diciembre. Pero sus máximos responsables han expresado preocupación ante la posibilidad de que no se produzca una transición ordenada con las fuerzas libanesas en pleno avance del Ejército israelí en la zona.
El Gobierno libanés ha pedido una extensión del mandato de la ONU, pero ni Estados Unidos ni Israel están dispuestos a aceptarlo. Mientras, los principales países europeos, liderados por Francia, están buscando alternativas para suplir los 7.500 efectivos desplegados, entre ellas la puesta en marcha de una misión de la Unión Europea que ofrezca entrenamiento, equipo militar e información de inteligencia al Ejército libanés. Por ahora, sin embargo, no hay ninguna decisión en firme.
Fin del multilateralismo
El desmantelamiento progresivo de las misiones de paz de la ONU es un síntoma más del fin del multilateralismo, impulsado por Trump. “Lo que estamos viendo es un aumento de los enfoques bilaterales para abordar los conflictos en lugar de que sea la ONU quien actúe como mediador”, asegura Catharina Nickel, investigadora de la Universidad de las Naciones Unidas. “Esto se debe a una pérdida de la confianza en las misiones, porque algunas han tenido dificultades para cumplir sus mandatos. Pero nuestras investigaciones han demostrado que son las herramientas más eficaces que existen para reducir la violencia, además de las más rentables”, añade.
Nickel sostiene que el motivo por el que estas misiones tienen dificultades para cumplir con sus mandatos se debe a la asignación de objetivos muy ambiciosos sin contar con los recursos adecuados para alcanzarlos. “Creo que la reacción de retirar aún más recursos no es lo más conveniente en este caso”.
El general Montaner recuerda que, cuando los vehículos de su destacamento se movían de un lugar a otro en una zona remota de la provincia de Kivu Norte, decenas de locales salían de sus casas y se ponían a caminar detrás de ellos. “Vivían del comercio. Vendían las frutas y verduras que cultivaban en el mercado informal, así que venían con nosotros porque sabían que estaban protegidos”, asegura. Todo apunta, sin embargo, a que ahora los recortes limitarán considerablemente la presencia de esta misión sobre el terreno y aumentarán la inseguridad en la zona. “Entonces nosotros estábamos allí. Pero hoy, quién sabe, quizás no haya nadie que les asista”.
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