El nuevo trabajo de Pablo Larraín, ‘Mis muertos tristes’, es una miniserie. Eso es así. Se compone de cuatro episodios, que poseen una duración media de 52 minutos y exhiben las maneras narrativas propias de la ficción televisiva. La descripción no da lugar a la duda. Eso, sin embargo, no le impide figurar en la lista de títulos que este año aspiran a la Concha de Oro a la Mejor Película que concede el Festival de San Sebastián. El director chileno asegura que fue el propio certamen quien le ofreció la posibilidad de participar en la competición, e insiste en que entre la versión de ‘Mis muertos tristes’ presentada hoy en la muestra y la que llegará a Netflix este próximo jueves “no hay ninguna diferencia de contenido”.
Para su presentación en el certamen los episodios han sido ensamblados a la manera de una única pieza, pero eso no los convierte en un largometraje del mismo modo que una mula no se convierte en una cebra si le pintamos rayas en el torso. Hasta ahora, ninguna serie había participado en el concurso oficial de un festival de cine de prestigio, y por algo será.
La nueva serie toma como principal fuente de inspiración el relato homónimo de Mariana Enríquez, erigida en una de las voces más relevantes de la literatura actual en español gracias a la brillantez con la que mezcla el realismo social con el terror y lo fantástico, y al mismo tiempo incorpora elementos narrativos de otros cuentos de la argentina como ‘Un lugar soleado para gente sombría’, ‘Julie’ y ‘Cuando hablábamos con los muertos’. “Es una autora muy visual, porque todas y cada una de sus frases inspiran una imagen, un plano, o una escena”, afirma Larraín acerca de Enríquez, que no solo es productora ejecutiva de ‘Mis muertos tristes’ sino que también ha trabajado con el en su guion. “Todas las historias que inspiran la serie se comunican entre sí para componer un mundo más amplio”, explica la escritora. “Me gustó la idea de tomar retazos de textos míos para crear algo nuevo. Las versiones cinematográficas de libros me gustan cuando proponen variaciones sustanciales. La literatura y el cine son medios tan distintos que buscar adaptaciones miméticas es absurdo”.
La protagonista de ‘Mis muertos tristes’ es una doctora jubilada que se comunica con espectros, escucha sus quejidos y los consuela. Se está mudando a la casa de su madre recién fallecida, con la que por supuesto también habla, en un complejo de edificios sociales bonaerense azotado por la pobreza, la suciedad, el delito y la droga. Cuando la conocemos ya lidia con la incómoda relación que mantiene con su hija y su hermana, y llegado el momento se ve obligada a hacerlo también con la desaparición de su sobrina, el asesinato de tres chicas del barrio y la progresiva confusión entre los vivos y las almas de quienes sufrieron muertes violentas, a manos de los criminales o de las instituciones argentinas. Esos fantasmas son una manifestación de la corrupción institucional sistémica, y de todas las personas que una sociedad decide ignorar y dejar atrás.
Sobre el papel, la asociación entre Larraín y Enríquez parece idónea, puesto que también él suele usar su obra para aunar el realismo con lo macabro y lo perturbador y que, sin ir más lejos, en ‘El conde’ (2023) convirtió al dictador Augusto Pinochet en un vampiro. Y lo cierto es que ‘Mis muertos tristes’, la serie, captura cómo el humor y el absurdo permean el horror consustancial a la vida cotidiana con precisión similar a la exhibida por ‘Mis muertos tristes’, la obra literaria. Sin embargo, y probablemente por la necesidad de adaptación a la audiencia tipo de Netflix, al mismo tiempo abusa de los subrayados argumentales y prescinde de los matices, las sutilezas y las honduras típicas de la obra de Enríquez. También deja extrañamente incompletas varias tramas aunque, en ese aspecto, podría verse beneficiada por el hecho de ser una serie y no un largometraje: para cerrarlas, siempre podrían sacarse una segunda temporada de la manga.
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