Muy contadas veces se habla del mismo tema en el bar, en los despachos, en el ascensor y en el chat de los cuñados. Esta semana el asunto compartido ha sido los resultados del informe PISA que dibujan un cuadro apocalíptico sobre el nivel de aprendizaje de los alumnos en los 37 países de la OCDE y en sus asociados. Los jóvenes escolarizados de 15 años fallan estrepitosamente en lectura, cálculo y escritura. Vamos, que en la terminología clásica, son unos zoquetes. Si alguno de ustedes trata con chicos y chicas de esta edad, coincidirá conmigo en que PISA es como los termómetros de los trenes de cercanías que marcan 40 grados en un vagón cargado de gente congelada por el aire acondicionado. ¿Por qué lo que mide PISA no se corresponde con la realidad? Fundamentalmente por dos motivos. El primero es que evalúa algunos conocimientos que para los jóvenes de esa edad son simplemente obsoletos, carentes de sentido. Saber resumir, saber ortografía o las tablas de multiplicar son habilidades que a esa edad en el siglo XXI y en países avanzados, solo son útiles y necesarias dentro de la escuela. Y ahí se encuentra el segundo motivo. La escuela reparte los formularios a los alumnos aclarando que las pruebas de PISA no cuentan para el currículum oficial y no son cosa de la escuela sino de la administración. Con ese preludio, los jóvenes inteligentes, que son la mayoría, pasan olímpicamente de esforzarse en hacer bien las pruebas. E incluso los que piensan por sí mismos se preguntan y preguntan por qué los señores de PISA no se miran los exámenes que ya hacen, y que sí que cuentan, en lugar de organizar una performance tramposa.
La semana de los despropósitos
Los días posteriores a la publicación del informe PISA contemplamos algo peor que los resultados de los alumnos: las ocurrencias de los políticos para dar soluciones mágicas al presunto problema de nivel de nuestros estudiantes. La tecnofobia se lleva la palma en este catálogo de despropósitos. Desde los que quieren volver al boli hasta los que quieren prohibir las pantallas incluso para distribuir el aulario. Si la escuela de hoy es peor que la de antes, la reacción instintiva de los politólogos en misiones de asesoramiento es volver a la escuela de antes. Seguramente los promotores de esas ideas no fueron a esa escuela de antes y no se imaginan de lo que hablan. La clase política olvida algunas cosas importantes. Lo que mide PISA hace referencia a lo que ha pasado y se ha hecho en los últimos 3 o 5 años. No en lo que se hizo ayer. Y lo que se haga hoy determinará lo que dirán los informes de dentro de 3 o 5 años cuando ya no estén. Por eso es tan importante que en educación, como en otras cosas (infraestructuras, vivienda, medioambiente), se logren consensos que permitan implementar medidas que superen los límites de las legislaturas.
El pánico de las madres y las padres
Las madres y los padres de hoy viven asustados por acertar con la educación de sus hijos. La proliferación de los influencers sobre «crianza» les nubla la vista. Solo falta que los abuelos ‘boomers’ se pasen el día cantando las virtudes de la educación analógica de manera que exigen que sus nietos pasen el calvario que han pasado ellos generacionalmente: ser educados en el mundo analógico (el boli que pedía un consejero autonómico) para posteriormente aprender habilidades digitales y transformarse. Y esta propuesta, los jóvenes de 15 años que evalúa PISA la ven totalmente fuera de lugar, entre otras cosas porque ya viven en el mundo digital fuera de la escuela. Convertir las aulas en santuarios de la edad de piedra es algo que estos jóvenes pagarán muy caro. El mundo es digital y será con inteligencia artificial (IA). Si la escuela no les prepara para ello o si, cuando lo hace, las pruebas de PISA los suspenden, nos dirigimos a un mundo medieval en el que solo accedían al poder los que sabían latín. Ahora lo harán los que conozcan la IA.
El asunto es la autoridad
¿Se puede educar sin autoridad? La respuesta desde cualquier tradición pedagógica es «no». ¿Se puede enseñar ortografía o cálculo sin autoridad? La respuesta, desde cualquier ideología, es no. ¿Tienen los profesores, hoy, la autoridad que necesitan? La respuesta es no en ninguno de los 37 países de la OCDE. ¿Tienen las madres y los padres la autoridad que necesitan? La respuesta es no en unos estados que se la han usurpado. En lugar de eliminar las pantallas y las plataformas quizás la fórmula para mejorar la educación es eliminar las pruebas de PISA.
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