El Mundial de 2026 terminó el 19 de julio con España campeona, pero dejó una lectura que va mucho más allá del resultado. Durante 39 días, el fútbol volvió a ser algo más que fútbol: escaparate político, instrumento de influencia y espejo de un mundo cada vez más fragmentado. Un mural de Lamine Yamal en Gaza, una camiseta blanca convertida en símbolo de una nueva España futbolística, un torneo organizado por tres países con relaciones tensas y un presidente de Estados Unidos dispuesto a ocupar el centro del escenario ayudan a entender por qué este campeonato también puede leerse como una fotografía del poder global.
El torneo más grande de la historia, con 48 selecciones, 104 partidos y 16 ciudades sede, nació con vocación global. La ampliación no solo permitió que más países participaran. También abrió nuevos mercados, multiplicó audiencias y reforzó la dimensión económica de la FIFA. Cada selección añadida suponía más derechos audiovisuales, más patrocinadores y más presencia en regiones donde el fútbol es también una herramienta de identidad nacional.
Para Guillermo Sanahuja, profesor titular de la Universitat Jaume I de Castellón (UJI) e investigador en comunicación deportiva, un Mundial “representa el espacio común donde se manifiestan mensajes políticos, se comparten códigos culturales y se reinventan los mitos”. No es solo una sucesión de partidos, sino “una gran ventana que reúne durante unas semanas la expectación de los cinco continentes”. Esa exposición masiva, con una audiencia acumulada estimada en 5.500 millones de espectadores, convierte el campeonato en una plataforma que los países anfitriones y las selecciones utilizan para proyectarse ante el mundo.
Norteamérica, escaparate y tensión
Estados Unidos, México y Canadá compartieron por primera vez la organización. Sobre el papel, la candidatura conjunta ofrecía una imagen de integración norteamericana. En la práctica, el torneo se disputó en una región marcada por tensiones comerciales y políticas. El fútbol proyectó cooperación, pero bajo esa fotografía seguían latiendo los conflictos entre socios. No pasó desapercibido que la presidenta mexicana y el primer ministro canadiense no participaran en el acto inaugural y solo estuvieran presentes en la clausura, un gesto que reforzó la lectura política del campeonato.
Estados Unidos fue el gran escenario de esa batalla por el relato. Donald Trump entendió el potencial político del Mundial y cultivó una relación estrecha con Gianni Infantino, presidente de FIFA. La presencia del trofeo en la Casa Blanca, los gestos de complicidad y la voluntad de asociar el torneo al liderazgo estadounidense formaron parte de una estrategia evidente: convertir el campeonato en una demostración de poder, seguridad, organización y centralidad internacional.
El presidente de Estados Unidos entrega la medalla a Lamine Yamal en el estadio MetLife en Nueva Jersey. / Octavio Guzman / EFE
Pero esa cercanía abrió una pregunta incómoda: dónde acaba la proyección legítima de un país anfitrión y dónde empieza la influencia política sobre el deporte. El episodio de la sanción al internacional estadounidense Folarin Balogun, con intervención pública de Trump y posterior retirada de la suspensión, alimentó las acusaciones de injerencia. El caso dejó al descubierto una tensión central del fútbol moderno: FIFA presume de autonomía, pero depende de gobiernos, visados, infraestructuras, seguridad, capital privado y decisiones políticas.
La FIFA ante los Estados
El Mundial también mostró una FIFA menos todopoderosa de lo que aparenta. Durante décadas, la organización funcionó casi como un Estado paralelo, capaz de imponer condiciones a los países anfitriones. En 2026, sin embargo, el peso de Estados Unidos evidenció hasta qué punto las instituciones deportivas pueden verse condicionadas por los intereses nacionales de las grandes potencias. La deriva de Infantino hacia Estados Unidos y hacia nuevos negocios vinculados al torneo ha generado malestar en el fútbol europeo. La disputa no era solo deportiva: quien controla derechos, calendario, patrocinios y estructura del Mundial controla una parte esencial de la economía global del balón.
El caso de Irán fue uno de los más delicados. El campeonato se celebró en un contexto de confrontación militar entre Washington y Teherán, hasta el punto de que las restricciones de visado condicionaron la presencia de integrantes de la delegación iraní. También la ausencia de Rusia, excluida de las competiciones internacionales por la invasión de Ucrania, recordó que la neutralidad deportiva tiene límites. Cuando un Estado entra en guerra, permitirle competir o apartarlo del torneo se convierte inevitablemente en una decisión política.
En medio de ese Mundial de liderazgos fuertes, tensiones diplomáticas y pulso económico, España proyectó una imagen singular. La selección campeona no se explicó desde una gran figura única, sino desde una idea colectiva. Fue un equipo de periferias, de mezcla territorial, de diversidad y de fútbol reconocible. Una selección capaz de conectar con un país que históricamente ha vivido más pendiente de sus clubes que de su combinado nacional.

España celebra la Copa del Mundial 2026 tras vencer en la final a Argentina. / CHRISTOPHER NEUNDORF / EFE
Sanahuja resume esa imagen con una palabra: “Inmejorable”. No solo por el título, sino por el modo de conseguirlo: “Un equipo con un concepto claro de juego, solidario, diverso, donde la estrella ha sido el bloque en lugar de un jugador rutilante”. A su juicio, España compitió de forma noble y celebró la victoria “con alegría, respeto y cierta mesura”. La imagen de los aficionados cantando Un beso y una flor de manera exultante y pacífica dio la vuelta al mundo y reforzó esa lectura de país moderno, competitivo y emocionalmente reconocible.
El triunfo español funcionó así como relato de país. La presencia de futbolistas de orígenes distintos, la naturalidad con la que convivieron identidades diversas y la primacía del colectivo sobre el nombre propio construyeron una imagen de España más plural que uniforme. En un tiempo de polarización, la selección actuó como un espacio de adhesión compartida. Por una vez, España fue el club con más aficionados del país.
Los símbolos también juegan
El Mundial también dejó imágenes que iban más allá del césped. El mural de Lamine Yamal en Gaza condensó la capacidad del fútbol para viajar donde la diplomacia llega con dificultad. En un territorio devastado, la figura de un joven futbolista español de ascendencia marroquí se convirtió en símbolo de identificación y esperanza. El ejemplo que cita Sanahuja de Michel Kuka Mboladinga, aficionado de la República Democrática del Congo, resume esa dimensión simbólica: durante noventa minutos permaneció inmóvil, emulando la estatua de Patrice Lumumba, primer ministro del país tras su independencia en 1960 y ejecutado un año después por soldados belgas. Aquella performance reivindicaba su figura y demostraba que, en un Mundial, incluso la grada puede convertirse en tribuna política.
La batalla, sin embargo, no termina aquí. Sanahuja advierte de que esta disputa geopolítica con el deporte, y especialmente con el fútbol, en el centro “no tiene fin”. La elección de las próximas sedes confirma esa continuidad: el Mundial de 2030 también forma parte de ese tablero, con Marruecos como actor relevante y aliado de Estados Unidos, mientras que el de 2034 se celebrará en Arabia Saudí. “Poco más que añadir”, resume.
Ahí reside buena parte del interés político del torneo. El fútbol conserva una capacidad única para reunir sociedades separadas, pero no puede borrar las razones que las enfrentan. Puede ofrecer una imagen de unidad, aunque también sirve para proyectar poder, mejorar reputaciones o exponer debilidades. Como concluye el profesor Sanahuja, “el deporte siempre será el arma blanda de la política”. Su éxito es también su condena: cuanto más global se vuelve, más codiciado resulta como escenario de influencia. Por eso el Mundial de 2026 no fue solo el campeonato que ganó España, sino una pantalla en la que el mundo volvió a mirarse.
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