Entre los 129 periodistas asesinados en el mundo durante 2026 y los violentos que han golpeado a redactores y cámaras aprovechándose de la protestas por la crisis de Ceuta hay un hilo conductor: no quieren que se informe sobre sus acciones. En países en guerra como Ucrania caen bajo las bombas, en el consulado de Arabia Saudí en Estambul Jamai Khashoggi resultó degollado, en México el narco los deja tirados en el desierto por desvelar sus trapicheos… Y aquí, la coctelera ultraderechista considera que el periodismo, la libertad de expresión y el derecho a una información libre y veraz va contra sus arranques de violencia bajo el paraguas de una manifestación pacífica y comprometida.
Se habla más que nunca de la zona gris en las relaciones internacionales, un espacio entre la paz y la guerra en el que compiten actores estatales y no estatales. Una franja abstracta donde la certeza y la franqueza del acuerdo ha sido sustituida por la incertidumbre, la sospecha, la conspiración y la desconfianza más absoluta. La avalancha sobre Ceuta desde Marruecos casa perfectamente con los claroscuros de este nuevo estatuto donde aparentemente nadie da ninguna orden. Un tupido velo que abre la espita de las especulaciones a la búsqueda de un enemigo o culpable, un estado de excitación que encuentra su plenitud en el tira y afloja del Parlamento. Una efervescencia que alcanza su climax más peligroso y estrafalario en el flujo y reflujo de las redes sociales, un abracadabra que acojona a cualquiera.
Todo este estremecimiento tiene un nombre: desestabilización. Siempre ha existido. Y ahora tiene su momento estelar con piezas como Trump, Putin, Netanyahu, Mohamed VI, Meloni, Milei, Bukele, Abelardo de Espriella, Kast… Un parque temático de abrazos mutuos, un entretejer que debería situar en máxima alerta la observación y el seguimiento de aquellos manifestantes saboteadores de la información, cuyos rostros hemos podido ver en los directos televisivos de estos días. El inefable Quito Viles es sólo la punta del iceberg de una tendencia (y movimiento) que quiere fervientemente que los periodistas sólo digan lo que ellos piensan. En caso contrario, atente a las consecuencias. La lista negra.
Hay que decir claramente, sin complejos, que estos elementos son fascistas, brazos ejecutores de la algarada, complementarios de una ultraderecha en el poder que a través de los mecanismos y resortes democráticos trata de establecer su programa. Llama la atención la tibieza con la que tertulianos con representación política condenan los ataques a periodistas, dando por hecho que es algo excepcional, una minoría frente a una mayoría pacífica. La teoría del grupúsculo (está por ver si es así o estamos en un campo minado de tinieblas) no es óbice para que cunda la preocupación por un retroceso en la libertad de expresión y el obstruccionismo a la diversidad informativa, con cortapisas a la autonomía electiva a base de puñetazos. La camada violenta tiene su lugar natural en sus bucles (o redes) digitales, donde las reglas de convivencia y los valores no son una prioridad, ni tampoco están sometidas al mismo escrutinio que los medios de comunicación convencionales. Europa aún no ha decidido a meterle mano a los contenidos extremos (en todos los sentidos) con los que se enriquecen los tecnooligarcas.
La gestión catastrófica de la avalancha de Ceuta, capaz de perturbar el ánimo más flemático, no puede ser un pretexto para hacerse el loco frente a los insultos, amenazas y golpes a periodistas, la exaltación de la xenofobia o la petición de muerte para Sánchez. Lanzarse como un pez untado de vaselina a estos tentáculos del odio es aceptar que se ha perdido la partida frente a los que nos quieren llevar una vez más a modelos políticos que multiplicaron el drama humano, al “mal absoluto”, dijo Jorge Semprún.
Hay ciudadanos ceutíes que, ante el rechazo, han apoyado a cara descubierta a los periodistas dedicados a la cobertura del día a día de la ciudad autónoma. Una respuesta que no hemos encontrado en los actores políticos, unos entregados a la causa de salvar sus muebles y otros con puntos de sutura en la mitad de la boca para no perder escalones. Desde la autoridad que le confiere su biografía política, destaca por encima de este bosque alienígena el apoyo contundente en La Sexta (con Ana Pastor) del diplomático Javier Rupérez. A sus 85 años tiene claro el sacrificio de este país para acabar con la censura, las sanciones gubernativas y el secuestro de publicaciones.
Ya no es una cuestión de condena corporativa por atacar a periodistas, que también lo es, sino de retener a los agresores a la hora del desayuno (por aquello del ritmo circadiano) y ofrecerles una masterclass con magdalenas, así de fino, sobre el artículo 20, Derechos y Libertades, de la Constitución Española. Creo que este tipo de magisterio correctivo, regenerativo e inclusivo, y todo lo que se quiera, se descuida. No nos damos cuenta de que cada vez somos menos sociedad civil y más incivil.
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