Cuenta Julia Navarro (Madrid, 1953) que cada vez que empieza a escribir una novela emprende un viaje al corazón de la condición humana. Ese trayecto, en el caso de su último libro, la ha llevado hasta nuestro presente, retratando un mundo frenético cuyos ciudadanos asisten, sin tiempo para asimilarlos, a cambios, sociales, políticos, profesionales, tecnológicos, que lo han transformado todo.
La identidad, la de la sociedad en su conjunto y la de cada individuo, es uno de los temas sobre los que reflexiona, invita a hacerlo, en ‘Una familia moderna’ (Plaza & Janés), la más contemporánea de sus historias, que llegará a las librerías españolas el 15 de septiembre (a lo largo del otoño, se publicará también en Estados Unidos y Latinoamérica) como uno de los platos fuertes de la ‘rentrée’ literaria.
Para anclarse a esa realidad, la autora se apoya en tres generaciones, abuelos, hija y nieta, que viven en la misma casa sin lograr entenderse, condenados a una incomunicación de la que los cuatro son víctimas y culpables.
El resultado es un coro de voces en el que destaca la de la abuela, Martha, una antigua bailarina de ballet que, a sus 70 años, ya de retirada en la vida, se atreve a decir en voz alta lo que otros prefieren callar, o no se permiten verbalizar. No obstante, Navarro dedica la novela a todos los que se salen del carril, un auténtico atrevimiento en estos días.
‘Una familia moderna’ es la más contemporánea de todas las novelas que ha escrito hasta ahora. ¿Por qué?, ¿qué le llevó a trasladarse a la actualidad, en todos los sentidos?
Porque estoy un poco cansada de ese miedo que se ha instalado en la sociedad a decir en voz alta lo que uno piensa. Yo ya tengo una edad en la que ya me permito el lujo de hacer y decir lo que me da la gana. Las cosas que planteo en el libro son debates que están en la sociedad, pero luego todo el mundo es muy hipócrita. Lo que quiero es participar en ese debate público, pero sin miedo, porque vivimos en una sociedad en la que el miedo a no estar dentro de los cánones de lo políticamente correcto hace que el debate sea cada vez más pobre. De la discrepancia, de que haya opiniones diferentes, de que incluso nos podamos pelear pueden salir cosas positivas, pero ese pensamiento uniforme que se está instalando me da miedo porque es una nueva forma de censura.
En la novela retrata la dificultad de comunicación entre las tres generaciones familiares, abuelos, hija y nieta, que viven en la misma casa.
El mundo ha cambiado más en los últimos 50 años que en los siglos anteriores y eso está muy bien, pero digerirlo no siempre es fácil y eso ha provocado desconcierto en muchas personas porque no han tenido tiempo de asimilarlo. Es que la vida transcurre a velocidad supersónica.
Aunque ese problema a la hora de entenderse, de dialogar y escuchar al otro, no se da sólo en las familias ni está únicamente definido por la diferencia de edad entre los individuos.
No, se produce en toda la sociedad y en todos los ámbitos de la sociedad. No ha habido una conversación para poder ir asimilando esas necesidades de cambio, esas otras formas de ver las cosas, de ejercer la libertad. Hay muchas personas que sienten como si estuviera pasando un tsunami por sus vidas.
¿Y no cree que es un rasgo peligrosamente distintivo de nuestro mundo, esa incapacidad para dialogar en busca de entendimiento?
Se ha perdido algo tan importante como es escucharnos e intentar entender las razones del otro. A fuerza de hacer las cosas bien, al final estamos creando una sociedad incomunicada y compartimentada, y eso me parece malo porque no puede haber debate público si no es en libertad. Me niego a que se instaure la censura en la conversación pública.
Entre los consejos que ‘mademoiselle’ Irina, la profesora que decía ser rusa, le dio a Martha, «el más difícil de seguir fue el de saber elegir el momento de la retirada: ‘El éxito va acompañado de halagos, y los halagos emborrachan’». ¿Usted se ha sentido alguna vez así?, ¿cómo lo ha gestionado?
Pues yéndome. Yo en un momento determinado me di cuenta de que llegabais una nueva generación de jóvenes periodistas y os tocaba vivir una realidad diferente. Traíais ideas nuevas, una visión diferente de la vida, de cómo enfocar el trabajo, los paradigmas eran distintos. Los jóvenes tienen derecho a organizar el presente y a hacerlo como ellos creen. Pero hacer ese ejercicio de decir, bueno, es que mi tiempo ya ha pasado es difícil y es doloroso, pero muy doloroso, no te puedes imaginar lo doloroso que es.
Hay muchísima gente confundida, sobre todo gente joven confundida a la que se le dice tú puedes ser lo que quieras, eso es un engaño
¿Se imagina dejando de escribir?
No, pero porque eso es algo que se puede hacer siempre, inventar historias, contar historias, eso yo creo que es eterno, pero la profesión periodística es otra cosa, las nuevas tecnologías han cambiado todos los paradigmas de hacer periodismo.
«Todas las que creéis que sois mujeres lo creéis porque os han cosificado desde pequeñas, no os han permitido pensar por vosotras mismas», le dice su nieta a Martha. La novela también invita a reflexionar acerca de la identidad, de cómo se ha convertido en un punto divisorio entre unas generaciones y otras. ¿Qué ha sucedido?
Yo lo que veo a mi alrededor es que hay muchísima gente confundida, sobre todo gente joven confundida a la que se le dice tú puedes ser lo que quieras. Eso es un engaño. Yo no puedo ser Kim Basinger, aunque me empeñe. Hay que decirle a la gente que intente ser lo que quiera, pero que a lo mejor no lo logra y no pasa nada. En el tema de la identidad, me preocupa mucho esa confusión que tienen muchos jóvenes hoy en día. Yo nunca me he sentido cosificada. Me encanta el color rosa, es mi color favorito y desafío a quien sea a que hablemos de por qué voy a ser menos feminista porque me guste el color rosa. Vivimos en una sociedad cargada de prejuicios, de censuras y sobre todo de imposición, todo está como por carriles.
Julia Navarro, autora de ‘Una familia moderna’. / Juan Manuel Fernández
Martha sostiene que «unas minorías bien organizadas están trastocando la realidad y llevando al desastre a muchos adolescentes que son capaces de mutilar sus cuerpos», y considera que «es toda una ‘filosofía’ lo que hay detrás de todas estas sandeces sobre el género». Una visión que causará controversia, la de su protagonista.
Estoy encantada de que haya controversia. El problema es que no se pueda debatir sobre esto porque se haya convertido en una verdad absoluta. Cuando era pequeña me educaban en las verdades absolutas, me costó mucho salir de ellas y ahora tengo que aceptar otras verdades absolutas, pues no quiero. Las minorías han sufrido mucho, pero no pueden comportarse como se han comportado las mayorías, mandando al infierno a todo el que no les da la razón. De la misma manera que me he puesto siempre al lado de las minorías porque era una situación injusta la que vivían dentro de la sociedad, lo que no quiero ahora es ser rehén de las minorías y no poder discutir, debatir o discrepar con ellas en lo que quiera discrepar.
Las minorías han sufrido mucho, pero no pueden comportarse como se han comportado las mayorías, mandando al infierno a todo el que no les da la razón
Esos cambios profundos que estamos viviendo de manera tan rápida en la sociedad, ¿qué heridas pueden provocar en la juventud?
Van a dejar heridas porque cuando eres joven no tienes la madurez ni las herramientas suficientes para procesar determinadas cosas. A veces, para tomar determinadas decisiones, que no digo que no se tomen, eh, digo que hace falta a lo mejor más tiempo, más madurez para poder decidir sin la presión medioambiental, no creer que te está pasando algo, porque a lo mejor lo único que te pasa es que eres un adolescente. Hay mucha gente que se siente mal en la adolescencia, yo fui terriblemente desgraciada en mi adolescencia porque no entendía el mundo, la vida, no entendía nada. Pero lo que no te pueden decir es a usted lo que le está pasando es esto y lo va a resolver de esta manera, porque los están engañando. Yo creo que son momentos muy complicados y que no se están resolviendo bien e incluso se están resolviendo con una enorme dosis de frivolidad. Este es el Gobierno menos feminista que hemos tenido porque un Gobierno que hace desaparecer de la legislación la palabra mujer no es un Gobierno feminista. Yo no soy un ser y, además, por la edad que tengo, ni gestante ni menstruante.
La veo muy Martha [ríe].
No, pero las mujeres hemos sido perseguidas siempre por ser mujeres. Se nos ha dicho que no podíamos hacer cosas porque éramos mujeres, se nos ha discriminado por ser mujeres y ahora de repente ya no existimos. Usted puede ser lo que le dé la gana, pero déjeme ser a mí lo que yo quiero, no me quite mi existencia. Es que ahora yo no sé qué soy, de verdad, ¿qué soy? Los tíos siguen siendo tíos, siguen siendo hombres en la legislación, las mujeres no. Eso a mí me irrita porque no solamente nos han quitado derechos a lo largo de la vida, nos han marginado, nos han hecho todo tipo de putadas, sino que ahora la última putada es que no existimos.
Son momentos muy complicados y que no se están resolviendo bien e incluso se están resolviendo con una enorme dosis de frivolidad. Este es el Gobierno menos feminista que hemos tenido
La novela empieza con la famosa cita de Tolstói: «Todas las familias felices se parecen; pero las infelices lo son cada una a su manera». ¿El cambio en los modelos familiares ha transformado también el modo de experimentar la dicha?
Sí, porque yo creo que una sociedad que es más abierta y que tiene nuevos modelos de familia y de relación es una sociedad mejor porque es más libre, menos hipócrita.
«Si te equivocas, te equivocas sola, de manera que piénsatelo dos veces antes de actuar», le solía repetir Martha a Felicitas, su hija. El libro refleja muy bien las siempre difíciles relaciones maternofiliales.
Yo echo a mi madre en falta todos los días de mi vida, no supe realmente lo que era la soledad hasta que perdí a mi madre. La figura de la madre es primordial. Sin las madres no somos nada, por eso estoy en contra de los vientres de alquiler.
Pero ser madre no te convierte en mejor persona.
No, no, no, y además hay madres terribles, madres que asesinan a sus hijos, madres que los abandonan. Vamos a ver, el ser humano es lo que es, sea hombre o mujer, madre o ingeniero de caminos. Pero la figura de la madre para mí ha sido muy importante, yo no habría sido nada en la vida sin mi madre. El día que mi madre murió supe lo que era estar sola y desde ese día estoy sola.
Martha y Thomas tienen 70 años y, además de enfrentarse a la desaparición de su mundo, han de afrontar el paso del tiempo. La vejez es otro asunto crucial en la novela. ¿Usted qué tal se lleva con ella?
Pues mira, yo la he asumido, he asumido que los años han pasado por mí y que ya he entrado en otra etapa de la vida. ¿Es agradable? No, es una putada porque sabes que estás más cerca del final, yo no tengo ninguna gana de morirme, pero te das cuenta de que ya estás en tiempo de descuento. El hombre de hoy en día tiene un punto de banalidad que es lo que hace a todo el mundo perseguir la eterna juventud, pero esa carrera contra la muerte la tenemos todos perdida. Cuando veo a tantas mujeres, y también hombres, eh, haciéndose todo tipo de tratamientos estéticos agresivos, yo creo que es mucho más profundo que el deseo de estar guapos, no es tan frívolo ese planteamiento, es una especie de huida hacia adelante, de intentar huir de la muerte, de intentar huir de la finitud de la vida.
Ahora hay otro tipo de infierno, que es el infierno del señalamiento social, el infierno de no ser políticamente correcto y que entonces te sitúen como si fueras un monstruo reaccionario
¿Y estamos a tiempo de enderezar el rumbo del transatlántico para esquivar el iceberg?
No. Estamos en una sociedad muy infantil y muy vana. Y me preocupa que esta falta de comunicación, de reflexión, esta nueva censura que se está instalando en la sociedad con lo políticamente correcto al final termine provocando una ola que nos lleve para atrás.
Bueno, en cierto modo ya estamos sufriendo esa ola.
Eso es lo que me preocupa y creo que la culpa la tenemos todos los que no hemos sido capaces de alzar la voz en determinados momentos y decir oiga, no, esto no es así, esto usted lo piensa así y es estupendo y lo debatimos y a lo mejor usted tiene razón o a lo mejor la tengo yo o no la tenemos ninguno de los dos, pero seamos capaces de debatir sin mandar al infierno. Lo que está pasando ahora a mí me recuerda mucho a cuando era pequeña, que todo era pecado e íbamos a ir todos al infierno. Ahora hay otro tipo de infierno, que es el infierno del señalamiento social, el infierno de no ser políticamente correcto y que entonces te sitúen como si fueras un monstruo reaccionario. Ahora hemos inventado otros infiernos, entonces, yo, que viví con el miedo al infierno, porque yo es que iba a ir de cabeza, eso estaba claro, otro infierno no. Yo soy más de hablar, de intentar entender, no convencer, yo no quiero convencer a nadie de nada, quiero entender.

Una familia moderna
Julia Navarro
Plaza & Janés
400 páginas. 21,75 euros
A la venta el 15 de septiembre
Fuente: El Periódico














