La leucemia es un grupo de enfermedades oncohematológicas que afectan a las células de la sangre y, en la mayoría de los casos, se originan en la médula ósea, que es el tejido donde se producen las células sanguíneas. Sin embargo, hablamos, por tanto, de un único tipo de cáncer, sino de un conjunto de enfermedades diferentes.
Cuando aparece una leucemia, una célula de la médula ósea sufre alteraciones que hacen que se multiplique de manera anormal y que no madure correctamente. Estas células leucémicas pueden ocupar progresivamente el espacio que necesitan las células normales para producir glóbulos rojos, plaquetas y glóbulos blancos sanos.
El doctor Adolfo de la Fuente, jefe del Servicio de Hematología y Hemoterapia de MD Anderson Cancer Center Madrid – Hospiten explica a este periódico que como consecuencia, la persona puede desarrollar anemia, que provoca cansancio o sensación de falta de aire; disminución de las plaquetas, que favorece los hematomas o los sangrados; y alteraciones de los glóbulos blancos, que pueden aumentar el riesgo de infecciones. «Es importante entender que la leucemia no siempre significa tener un número elevado de leucocitos: dependiendo del tipo de enfermedad, las cifras pueden ser altas, normales o incluso bajas», señala.
Tipos de leucemia
Existen numerosos subtipos, pero tradicionalmente hablamos de cuatro grandes tipos de leucemia:
- leucemia linfoblástica aguda (LLA)
- leucemia mieloide aguda (LMA)
- leucemia linfocítica crónica (LLC)
- leucemia mieloide crónica (LMC).
«La primera gran diferencia está en la velocidad de evolución. Las leucemias agudas suelen progresar rápidamente y requieren iniciar el tratamiento con relativa urgencia. Las leucemias crónicas, en cambio, generalmente evolucionan de una manera más lenta y, en determinados pacientes, pueden diagnosticarse incluso cuando todavía no existen síntomas», recalca el doctor de la Fuente.
La segunda diferencia tiene que ver con la célula sanguínea de la que procede la enfermedad. «Las leucemias linfoblásticas o linfocíticas afectan a la línea linfoide, relacionada con los linfocitos, mientras que las mieloides afectan a la línea mieloide, de la que derivan diferentes células sanguíneas».
Además, dentro de cada una de estas categorías existen distintos subtipos y alteraciones genéticas que son muy importantes porque permiten clasificar mejor la enfermedad y, cada vez más, seleccionar tratamientos específicos. Por eso «hoy no basta con decir simplemente que una persona tiene leucemia: necesitamos saber exactamente qué tipo y qué características biológicas presenta«.
Leucemia, linfoma y mieloma múltiple: síntomas y diferencias de los tres principales cánceres de sangre / Freepik
Señales de alerta y factores de riesgo
Los síntomas son muy variables y, especialmente al principio, pueden confundirse con problemas mucho más frecuentes. Entre los signos que pueden aparecer están:
- cansancio persistente
- palidez
- fiebre
- infecciones repetidas
- hematomas o sangrados sin una explicación clara
- pérdida de peso no intencionada.
El doctor de la Fuente matiza que «también puede existir sudoración nocturna, dolor óseo o sensación de aumento del tamaño de algunos ganglios o del bazo». Lo importante es que ninguno de estos síntomas, por sí solo, significa que una persona tenga leucemia. Son síntomas relativamente inespecíficos que pueden aparecer en muchas otras enfermedades. «Lo que debe llevar a consultar es su persistencia, intensidad o aparición sin una causa evidente».
Respecto a los factores de riesgo, «la respuesta depende mucho del tipo de leucemia. En algunas conocemos factores que aumentan el riesgo, como determinados tratamientos previos con quimioterapia o radioterapia, la exposición a niveles elevados de radiación, el contacto con determinadas sustancias químicas como el benceno o alteraciones genéticas». La edad también es un factor importante en algunas formas de leucemia.
Sin embargo, tener un factor de riesgo no significa que necesariamente se vaya a desarrollar la enfermedad, y muchas personas diagnosticadas no presentan ningún factor de riesgo conocido. «Por eso no debemos transmitir la idea de que la leucemia es una enfermedad que pueda explicarse siempre por un determinado hábito o exposición».
La mayoría de los casos se producen en adultos
La leucemia puede aparecer a cualquier edad, pero los diferentes tipos tienen una distribución por edades muy distinta.
En los niños, la leucemia linfoblástica aguda es especialmente importante y constituye «el cáncer más frecuente en la infancia». En adultos, en cambio, las leucemias agudas mieloides y algunas leucemias crónicas tienen un peso mucho mayor. Además, la incidencia global de la leucemia aumenta de forma considerable con la edad y es especialmente relevante a partir de los 55 años.
Por tanto, existe una imagen social de la leucemia muy vinculada a la infancia, pero es importante recordar que la mayoría de los diagnósticos se producen en adultos, y que las personas mayores constituyen un grupo muy importante de pacientes.
La edad también influye en la elección del tratamiento. «No es lo mismo tratar a un niño, a un adulto joven o a una persona de edad avanzada. Además de las características de la propia leucemia, tenemos que valorar el estado general de la persona, otras enfermedades que pueda tener y su capacidad para tolerar determinados tratamientos». Actualmente se disponen de estrategias cada vez más individualizadas.
El primer paso: una analítica de sangre
El diagnóstico suele comenzar con algo tan sencillo como una analítica de sangre, especialmente un hemograma. En ocasiones, las alteraciones aparecen de forma casual en una revisión o en una analítica solicitada por otro motivo.
Si el hemograma o la exploración clínica hacen sospechar una leucemia, se realizan estudios más específicos. «Habitualmente es necesario estudiar la médula ósea mediante un aspirado y/o una biopsia».
El especialista explica que «no solo se realiza un estudio morfológico al microscopio, es fundamental estudiar las características cromosómicas y moleculares de las células leucémicas». Estas pruebas permiten identificar alteraciones genéticas y/o mutaciones que presentan las células leucémicas. Esto ayudan a confirmar el diagnóstico, establecer el pronóstico y, frecuentemente a seleccionar un tratamiento dirigido contra una determinada alteración.
Es decir, hoy el diagnóstico de una leucemia no consiste únicamente en observar que “hay células anormales”. Y es que, «intentamos conocer con precisión qué enfermedad tiene el paciente y cuáles son sus características biológicas, porque esa información es esencial para decidir el tratamiento».
No existe un único tratamiento para la leucemia
«Lo primero que hay que transmitir es que no existe un único tratamiento para la leucemia. La estrategia depende fundamentalmente del tipo de leucemia, de sus características moleculares, de la edad y del estado general del paciente, entre otros factores», hace hincapié.
Entre las herramientas terapéuticas disponibles se encuentran:
- quimioterapia
- tratamientos dirigidos contra alteraciones específicas de las células leucémicas
- inmunoterapia
- trasplante de células madre hematopoyéticas.
Sin embargo, «no todas estas opciones se emplean en todos los pacientes: algunas leucemias se controlan fundamentalmente con tratamientos dirigidos, mientras que otras requieren combinaciones de tratamientos más intensivos».
Uno de los grandes cambios de los últimos años ha sido precisamente el desarrollo de tratamientos dirigidos y de nuevas formas de inmunoterapia. Esto nos permite, en determinados pacientes, atacar características concretas de las células leucémicas y diseñar tratamientos mucho más personalizados.
Además, el tratamiento no consiste únicamente en eliminar las células leucémicas. «Una parte fundamental es el tratamiento de soporte: prevenir y tratar infecciones, corregir la anemia o las alteraciones de las plaquetas cuando sea necesario y controlar los efectos secundarios de los tratamientos».
Por tanto, el diagnóstico de una leucemia es siempre una noticia seria, pero hoy disponemos de muchas más herramientas terapéuticas que hace unas décadas. Y el pronóstico, destaca, ha mejorado de manera muy significativa en determinados tipos de leucemia. La investigación continúa buscando tratamientos más eficaces y, al mismo tiempo, menos tóxicos.













