Pablo Rivas
Resulta enormemente paradigmático y muestra la evolución del toreo a lo largo de la historia que Ronda fuese en su día el germen de una escuela basada en la épica, el toreo estático y el valor seco. Cuando se concibió la plaza en el siglo XVIII, los toreros, encabezados por Pedro Romero, eran abanderados de la dureza y de un toreo que se asemejaba a la lucha. Tres siglos después, la épica ha sido desbancada por completo por la estética.
Lo artístico ganó tanto protagonismo que la lucha se volvió ballet y el público, acostumbrado a no comer uñas, se acostumbró a beber cubalibres, a vestir guayaberas y a consumir para contar o para postear en redes sociales. Con estas mimbres reabría la plaza de Ronda tras dos años de reformas por fallos estructurales. Lo hacía con un «no hay billetes»: todos estaban en el bolsillo del empresario Rivera.
Manzanares, Juan Ortega y Diego Ventura, a hombros este sábado en la Goyesca de Ronda
Abrió la tarde Diego Ventura y se encontró con un toro de David Ribeiro Telles parado desde el inicio. Inmóvil, tuvo que aguantar dos rejones de castigo, quizás excesivos, de los que nunca se repuso. Solo la enorme voluntad de Ventura animó el inicio de la tarde en el tercio de banderillas. Lo puso todo. Acabó quitando la cabezada de su caballo para clavar en todo lo alto. Acertado con el rejón de castigo, cortó dos orejas.
Cuando las gargantas calentaban para gritarle el «bieeeeen» a Morante, un «Polizón» se coló para aguar los gintonics. El toro, siempre con las manos por delante, no permitió que se luciera a la verónica. Era un animal feo, largo y atacado de kilos que, tras el trámite del picador, mostró que lo suyo era el suelo. Volvió al «tumbing» ya en la faena y tras un precioso trincherazo. No podía con su alma y solo duró una tanda en las manos de José Antonio. Después vinieron dos pinchazos y una estocada caída. Pitos y palmas, división de opiniones.
Al animal que completó su lote lo recibió con un ramillete de verónicas muy encajadas, en las que llevó al toro muy largo. Tras el puyazo invisible, le enjaretó dos chicuelinas de alta nota. Después, se paró «Hebreo» en la muleta. De escasísimo recorrido, el trasteo no llegaba a los tendidos. La serie más lograda fue con la mano izquierda, pitón por el que la embestida ahondaba algo más. La culminó con un precioso kikirikí. Dejó la espada en la paletilla y, al darse cuenta, él mismo la sacó. Lo acabó pasaportando con una estocada dos dedos caída.
El tercero de la tarde, segundo para la lidia a pie, humillaba al coger las telas de salida. Enseguida se desató la bronca. La gente comenzó a protestar un animal escasísimo de empuje. José María Manzanares parecía encantado con que no lo devolvieran. Al primer muletazo, el toro ya se arrastraba. En plena faena, el grito al unísono de «fuera» mostraba que aquello no tenía ninguna importancia ni emoción. Cuando empezó la banda a tocar, el único viento que sonó fue el de los pitidos que les recriminaban silencio. Entrando a recibir con la espada, se le fue la mano y cayó media estocada tendida y baja. Acertó con el descabello. Silencio.
El siguiente oponente del alicantino arrastraba el hocico por el albero en los primeros lances y mostró movilidad en el peto y en los capotes durante las banderillas. Con la muleta, Manzanares, quien empezó con la mano derecha, se quedó totalmente descubierto por la falta de colocación. «Pizarro» marcaba mucho la querencia, pero tenía buena condición y mucha nobleza. Con la izquierda, Manzanares se encajó algo más, pero sus faenas son lo que el tiempo muerto al baloncesto, lo que al funcionario el desayuno. Mató recibiendo con una perfecta ejecución. Le obsequiaron con dos generosas orejas. En la vuelta al ruedo, un cura le regaló desde el tendido un San Martín de Porres de escayola. Ya saben, el santo de la escoba, que más le valdría dar un barridillo por lo alto del escalafón.
Sin duda, en lo artístico, Juan Ortega fue el triunfador de la tarde. En cuarto lugar le tocó un toro un punto por encima del resto de la corrida. En el recibo hubo dos bonitas verónicas despaciosas, de las que quedan grabadas en la memoria, y unas chicuelinas al paso muy arrebatadas.
Ya con la muleta, preciosos ayudados por alto. En los medios cogió la mano derecha para enjaretar una serie en la que al animal le costaba salirse del muletazo, un defecto que mantuvo. Por el izquierdo embestía con todo y a arreones. Estuvo inteligente y valiente y supo correr bien la mano para que la obra no se emborronase con enganchones. Gran estocada al volapié y una oreja.
El que cerró la tarde fue el peor presentado de toda la goyesca. De salida se lo llevó a los medios, donde comenzó el toreo por preciosas verónicas. El animal tiró el caballo que montaba Óscar Bernal y, por momentos, reinó el desorden en la lidia. En un tendido de sombra estaba sentado José Miguel Arroyo «Joselito», a quien brindó la faena. Un nuevo inicio precioso, como los que acostumbra, dio paso a una serie de enorme temple con la mano derecha y a un cambio de mano al ralentí. El toro era pronto, siempre quería venirse y lo hacía con ritmo. Le aplicó suavidad y, si bien con la mano izquierda costaba ligar, con la derecha hubo hasta momentos de desmayo. Lo fue dosificando para crujirlo en una última serie al natural. Estocada en toda la bola. Dos orejas.










