Una palpitación, un dolor de cabeza o un pequeño bulto pueden convertirse en una fuente constante de miedo cuando la preocupación por la salud deja de ser puntual y empieza a condicionar nuestro día a día. La búsqueda compulsiva de síntomas -en la era de Google y ChatGPT- pueden ofrecer alivio durante un tiempo, pero también alimentar el círculo de la ansiedad. La psicología explica dónde está la frontera entre una preocupación normal por nuestra salud y un problema que necesita tratamiento.
Ana Galán, psicóloga especialista en ansiedad e hipocondría y divulgadora en @anagalanpsicologia, señala que la hipocondría es un miedo intenso y persistente a tener o a llegar a desarrollar una enfermedad grave.
Sin embargo, hay que distinguirlo de algo que es completamente normal y que además resulta adaptativo. «Todos nos inquietamos por nuestra salud cuando aparece un síntoma nuevo, cuando nos encontramos mal o cuando leemos una información médica que nos toca de cerca».
Sin embargo, esa alarma tiene una función, porque es la que hace que pidamos cita, que nos hagamos la revisión que llevábamos dos años posponiendo o que dejemos de fumar. «Tener miedo a enfermar en algún momento de la vida no es un problema psicológico, es sentido común».
Ana Galán, psicóloga especialista en ansiedad e hipocondría y divulgadora en @anagalanpsicologia / Cedida
Un cuerpo bajo vigilancia constante
Y es que en estos casos, la persona puede convertir su propio cuerpo en una especie de territorio bajo sospecha. «Se vigila el pulso, se palpa la zona varias veces al día, se comprueba si el dolor de ayer sigue, se repasa cómo se ha dormido. Una sensación mínima, que cualquier otra persona ni siquiera habría registrado, adquiere entonces una importancia enorme», recalca la psicóloga.
No obstante, no siempre se manifiesta de la misma manera. Hay personas que acumulan consultas médicas, pruebas y segundas opiniones, mientras que otras evitan acudir al médico por miedo a descubrir que realmente tienen una enfermedad. «Son conductas aparentemente opuestas, pero que pueden responder al mismo temor».
Además, tener síntomas físicos reales no excluye la ansiedad por la salud. Una persona puede experimentar una palpitación, un mareo, una contractura o una molestia digestiva y, al mismo tiempo, interpretar esas sensaciones como señales de una enfermedad grave. «Lo que puede estar desajustado no es el cuerpo, sino el significado que le damos a lo que el cuerpo hace y el nivel de amenaza que le atribuimos», explica.
La propia ansiedad puede, además, generar sensaciones físicas. Taquicardia, opresión en el pecho, mareos, hormigueos o tensión muscular pueden aparecer cuando el organismo permanece en estado de alerta. De esta forma, se crea un círculo difícil de romper: «El cuerpo produce la prueba y el miedo la lee como confirmación».
La tranquilidad por el resultado de una prueba dura cada vez menos
Una de las trampas más habituales aparece después de acudir al médico. Las pruebas salen bien, llega la tranquilidad y durante un tiempo la persona consigue olvidarse del problema. Pero la siguiente sensación vuelve a activar las dudas. «La tranquilidad que proporciona el médico o una prueba negativa funciona, pero dura poquísimo», matiza la psicóloga.
Lo más alarmante es que el patrón puede repetirse cada vez con mayor frecuencia: primero la tranquilidad dura semanas, después días y finalmente apenas unas horas. La persona necesita entonces una nueva comprobación para volver a sentirse segura. Y ahí aparece uno de los mecanismos que mantienen el problema: la búsqueda de tranquilidad.
Y esto se consigue preguntando a la pareja, palparse una zona, buscar información en internet, pedir una nueva cita médica o solicitar una segunda opinión puede reducir la ansiedad inmediatamente. Pero ese alivio también enseña al cerebro que comprobar es la forma de escapar del miedo. «Cada vez que comprobamos para calmarnos, nos quedamos sin la oportunidad de descubrir que el miedo también baja solo si le damos tiempo, sin hacer nada».
Un nuevo problema: el Dr. Google y ChatGPT
Ana Galán añade que las personas con hipocondría tienen que enfrentarse, además, al problema de internet. Una búsqueda sobre un síntoma puede llevar rápidamente desde explicaciones completamente benignas hasta enfermedades graves.
Y es lo que se llama cibercondría, un patrón de búsquedas repetidas sobre síntomas que, en lugar de reducir la preocupación, puede incrementarla. Pero el fenómeno ha evolucionado. «Hoy la gente no busca: pregunta», recalca, en referencia al auge de la inteligencia artificial.
Según explica, una IA puede resultar especialmente atractiva para alguien con ansiedad por la salud porque ofrece respuestas inmediatas, personalizadas y disponibles las 24 horas. «Nunca se cansa de ti».
Y es precisamente por eso puede convertirse en una herramienta de reaseguración constante: sepuede reformular la misma pregunta una y otra vez, añadir nuevos síntomas o pedir que se revise una respuesta anterior.
La inteligencia artificial no sustituye a una valoración médica y que un síntoma nuevo o que cambia debe recibir la atención sanitaria correspondient
Por eso, la especialista establece una diferencia fundamental: «¿Estoy buscando información para tomar una decisión, o estoy buscando que alguien me quite el miedo? Porque si es lo segundo, no hay respuesta que aguante».
Por supuesto, la inteligencia artificial no sustituye a una valoración médica y que un síntoma nuevo o que cambia debe recibir la atención sanitaria correspondiente. Y además, «se parece muchísimo más a una consulta médica, y ese parecido es justo lo que la hace tan peligrosa en este caso concreto».
¿Cómo se trata la hipocondría?
Para la psicóloga, el objetivo no es convencer a la persona de que está sana. «Lo que buscamos es otra cosa: que pueda relacionarse de forma distinta con las sensaciones de su cuerpo, con los pensamientos sobre la enfermedad y, sobre todo, con la incertidumbre».
«En nuestro caso lo primero que hacemos es un mapa. Dibujamos con la persona su perfil concreto: qué dispara la alarma en su caso, qué hace su cuerpo cuando se dispara, qué hace ella para calmarse y en qué punto exacto se queda atrapada.», explica.
El objetivo final no es eliminar cualquier pensamiento relacionado con una enfermedad ni conseguir un cuerpo que nunca genere sensaciones extrañas. «Nadie se recupera de esto cuando consigue dejar de notar palpitaciones o de tener pensamientos sobre enfermedades; se recupera cuando esas sensaciones y esos pensamientos dejan de decidir qué busca en internet, cuántas veces se toca, cuántas opiniones médicas necesita o cómo organiza su día».
Porque, en última instancia, la recuperación consiste en dejar de vivir alrededor del miedo. «El objetivo no es conseguir un cuerpo que nunca dé miedo, sino recuperar una vida que no esté organizada alrededor de ese miedo».
Fuente: La Nueva España














