Puede que usted se sienta ahora como Julián Álvarez. Un trabajador que ha vuelto a la rutina contra su voluntad. Su deseo era estar en un paseo marítimo con el móvil en modo avión. Le gustaría rebobinar unos días para pedir que le busquen, como al argentino, una transferencia. Porque cambiar los sueños por madrugar temprano va contra los Derechos Humanos. En el fondo, todos somos un poco Julián buscando una salida del cholismo y de la monotonía del partido a partido para entregarnos al fulgor del Barça de Flick, donde todo se vive aceleradamente.
Hay una deshumanización de los futbolistas millonarios. En un deporte atrapado en la pulsión, se le pide al jugador endiosado que sea un oficinista. Que se olvide de los pájaros en la cabeza que han alimentado las aficiones. Son el alpiste de un negocio que ha sobrevivido creando héroes y villanos. Julián ha pasado rápido de una categoría a otra, como es habitual en un fútbol moderno donde las personalidades fuertes han quedado encorsetadas en entornos más poderosos.
Ni siquiera las rebeldías son ya lo que eran. Les falta el óxido de un burofax a deshora que llega al trantrán a la oficina del club poseedor. Ahora hay que sobreinterpretar los mensajes de los agentes, grandes beneficiados de telenovelas que han cambiado de plataforma. Antes, uno desayunaba con portadas y montajes imposibles de un jugador vestido con los colores del rival. Después de dormir al calor de los rumores de Manolete y su realismo mágico, donde Ronaldo podía acabar en el Celta porque se había echado una novia gallega en un catamarán en Río de Janeiro.
La figura de los insiders como Fabrizio Romano, que telegrafían cada conexión neuronal de los negociantes, ha marchitado la magia de los fichajes que nunca se dieron. El caso de Julián recupera ese espíritu perdido. Con un hombre ausente en los entrenamientos de las primeras jornadas, que solo sirven para ver la cara de arenque disgustado de sus compañeros, a los que les pesan las piernas. Aunque este verano se ha puesto de moda alabar a los jugadores que vuelven a trabajar antes de tiempo.
No hay argentinidad que valga
Una pretemporada a la japonesa que no hace más que revalorizar las vacaciones de la clase trabajadora. Si alguno de estos adinerados quiere regresar tan pronto a la rutina es que algo de malvado tiene. Julián se ha rebelado contra todo esto. En el Atlético le han propuesto trabajar por el difícil perdón colchonero o castigarle con un regreso a Inglaterra. Ni aunque sea el Arsenal, subcampeón de Europa, el elegido, quiere volver a la humedad. El de Calchín, un pueblín del interior argentino, quiere ver el Mediterráneo. Que la vida le despierte en Castelldefels vestido de azul y grana.
La baza de la argentinidad está perdida. Un cordobés de la pampa gringa ha decidido que un bonaerense como Simeone no debe seguir dándole órdenes. Que prefiere el tecno alemán al tango. Flick pincha discos que parecen salirse de la mesa de mezclas. El vértigo frente al corralito de un Atlético que casi le lleva a encerrarse en la Llibreria Blanquerna, espacio de la Generalitat en Madrid, en busca de un referéndum para cambiar de residencia. Julián Álvarez, el Assange futbolero que lucha por los derechos de quienes no quieren seguir en trabajos que minan su libertad. Porque todos, en el fondo, hemos sido un poco Julián alguna vez.
El argentino es el príncipe Segismundo al que el rey Basilio, en este caso Gil Marín, condena a preguntarse qué es sueño y qué realidad. Lo llama confundido y dice que todo está en su cabeza. Para evitar que se cumpla la profecía calderoniana de un fugado atlético marcando un gol en la final de la Champions de 2027 que se juega en el Metropolitano. Pero los sueños, sueños son, por ahora, para un Julián hundido en los excesos de los felices años 20 del fútbol, donde los jugadores son piezas de cambio que alcanzan ya las tres cifras en millones.
No es su caso, pero cualquier medianía se tasa por encima de los 100, cantidades que provocan graves trastornos en el materialismo dialéctico. Por no hablar de cláusulas imposibles: 500 millones para forjar una jaula de oro en la que vagar de campo en campo. Al argentino le toca apagar la luz verde que prendió Laporta al final del muelle y que, como a Gatsby, le parecía tan cercana y lejana a la vez. Ahora toca esperar un perdón inventado por la grada que le hizo sentir que ya no era de los suyos. Quizá nunca vuelva a serlo porque, aunque cueste creerlo, los millonarios también tienen sueños y miedos. En muchos casos, a la altura de sus sueldos.












