Parada y fonda de Miguel Ríos en Cartagena después de haber sorbido festivales por tierras catalanas y haber dejado huella desde Andalucía a Galicia pasando por la meseta en la enésima gira de su vida. A los 82 tacos, el rockero de nuestras entretelas sigue jugando a las cuatro esquinas.
Y eso que a mediados de junio subía unas escaleras en casa con una bandeja a bordo, se desequilibró y la caída trajo consigo un leve traumatismo craneal. Vamos, «p’a haberse matao». Pero nada, suspendió un par de conciertos y de vuelta a la carretera. A principios de los ochenta llenó estadios, aunque más que ahí donde me hubiese gustado participar también es diez años antes en alguno de los «Conciertos de rock y amor» conformándome con una de las primeras grabaciones hechas aquí en directo de la que, después de treinta años sin escucharla, clavo la espectacular presentación que el tío se marca de la banda. Miguel ha sido un pionero que no ha parado de indagar en la variedad de ritmos que se salían al paso haciéndole tilín. Y de los cuatro amigos que se juntaron en «El gusto es nuestro» para despedir el siglo y repetirlo veinte años más tarde, con todos los respetos el más vigoroso seguía siendo él.
Tras el accidente y la resurrección salió escopetado hacia los escenarios para la reconquista de su mundo. En Marbella mismo, donde más aroma a jeque hay por metro cuadrado, se colocó un kufiya, el pañuelo palestino. Alguien desde su asiento se lo reprochó y la que le cayó por parte del resto de presentes fue tal que no le pidió la enseña al cantante de milagro. Pocos días después tocaba en la cacereña Coria y cuando acudió al recinto se topó con que localidades preferentes lucían el cartel de «reservada». Los que le conocen saben que al intérprete esto lo pone de los nervios por lo que es de imaginar que los componentes de la banda, conscientes de que el maestro no tiene filtro, pensarían «¡Uy! La que nos espera». Y, en efecto, en cuanto Miguel volvió a mojarse políticamente y los asistentes privilegiados rehusaron el aplauso con cara de circunstancia, el del «Himno a la alegría» se puso hecho un basilisco, invitándoles a que se marcharan, alcaldesa incluida, que luego le dijo lo suyo desde las redes mascullando seguramente lo que se hubiese ahorrado de haber traído a Bertín, encantada en ese caso de escuchar lo que piensa el galán. Sin embargo, el granaino venía de apoyar la campaña de María Jesús Montero, que ya hay que tener moral. La que, junto a su fuerza y convicciones, ha traído hasta aquí al puñetero.
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