Dolly Parton podía aparecer cubierta de lentejuelas, hacer bromas sobre su propio pecho y cantar ante miles de personas. Pero mientras construía uno de los personajes más reconocibles de la cultura popular estadounidense, levantaba algo bastante menos visible y quizá más duradero. Una pequeña red de bienestar social con su nombre.
La muerte de Parton a los 80 años ha activado el mecanismo habitual reservado a las grandes estrellas. Vuelven Jolene, 9 to 5, I Will Always Love You, los vestidos imposibles y las historias sobre una infancia pobre en las montañas de Tennessee. Todo eso explica por qué fue famosa. Explica peor por qué terminó ocupando un lugar que pocas celebridades consiguen alcanzar. La mejor prueba quizá no esté en un escenario, sino en un buzón.
En 1995 puso en marcha en su condado natal la Imagination Library, un programa que enviaba gratuitamente un libro al mes a niños pequeños sin distinguir por renta familiar. Lo que comenzó como un proyecto local terminó extendiéndose por Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia e Irlanda. La organización asegura que ha distribuido cerca de 200 millones de libros y que actualmente envía más de dos millones cada mes.
El detalle importa porque Parton no eligió una causa particularmente espectacular. Eligió la alfabetización infantil. Su explicación siempre estuvo relacionada con su propia familia. Su padre, Robert Lee Parton, no sabía leer ni escribir. De ahí nació una iniciativa que convirtió algo tan poco glamuroso como recibir un cuento infantil en casa en parte central de la identidad pública de una superestrella.
Durante décadas hemos aprendido a mirar la filantropía de los famosos con cierta prevención. A veces es publicidad con beneficios fiscales. Otras veces permite que grandes fortunas decidan prioridades sociales sin pasar por ningún procedimiento democrático. La generosidad privada nunca sustituye una política pública sólida.
Su fundación no funciona completamente sola. La Imagination Library se apoya en organizaciones locales y sistemas de financiación compartida. Es decir, alrededor del carisma de Dolly terminó apareciendo una infraestructura formada por asociaciones, administraciones, editoriales, escuelas y comunidades.
La pregunta incómoda es evidente. ¿Por qué una estrella de la música tiene que garantizar que un niño reciba libros?Pero existe otra pregunta igualmente interesante. ¿Por qué consiguió ella movilizar recursos, confianza y adhesión alrededor de algo que muchas instituciones públicas tienen dificultades para explicar? Parte de la respuesta está en su relación con la clase social.
Parton convirtió su origen pobre en uno de los grandes relatos de su carrera, pero evitó transformarlo en una fábula de desprecio hacia quienes no lograban escapar. No construyó el personaje de la mujer que salió de Tennessee para no volver. Hizo exactamente lo contrario.
Creó allí Dollywood, un gigantesco complejo turístico que terminó siendo una pieza importante de la economía regional. Cuando los incendios forestales devastaron la zona en 2016, su fundación creó un fondo que recaudó y entregó más de 12 millones de dólares a familias que habían perdido sus casas.
Durante la pandemia volvió a aparecer en un terreno inesperado. Donó un millón de dólares a la investigación de la Universidad Vanderbilt que contribuyó al desarrollo de la vacuna de Moderna. Tras su muerte, la propia compañía recordó aquella aportación.
Parton desarrolló durante décadas una habilidad extraordinaria para esquivarla sin convertirse por ello en una figura completamente neutra. Mantuvo un público importante en la América conservadora mientras expresaba apoyo a la comunidad LGTBIQ+. Tras su muerte, GLAAD recordó precisamente esa relación y la describió como una figura especialmente relevante para muchos seguidores queer.
Su estrategia consistía menos en elaborar grandes discursos que en convertir determinados valores en comportamiento. Dolly Parton consiguió algo muy difícil en una sociedad desconfiada de casi todo. Ser popular sin parecer populista, millonaria sin hacer de la riqueza su argumento moral y famosa sin pedir que la fama fuese considerada una virtud.
Nada de eso obliga a idealizarla. Su imperio también fue una empresa y su filantropía dependía inevitablemente de una enorme fortuna privada. Precisamente por eso su historia resulta más interesante que una simple colección de buenas acciones.
Pero mientras universidades, medios, gobiernos y grandes organizaciones sufren crisis de confianza, algunas personas individuales adquieren una capacidad casi institucional para movilizar dinero, atención y afecto.
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