Hay un momento del año en que uno empieza a sospechar que el verano se está acabando. No lo anuncia el calendario, porque el calendario es un señor muy serio que va a lo suyo y no entiende de estas cosas. Tampoco lo anuncia el hombre del tiempo, que seguirá diciendo que mañana hará calor con la misma solemnidad con la que un notario lee la escritura de una hipoteca. El verdadero anuncio llega cuando algún insensato pronuncia la frase maldita: –Bueno… habrá que ir pensando en volver. Y ahí empieza el drama.
Porque el verano, como las visitas que se quedan demasiado tiempo en casa, tiene una curiosa capacidad para convencerte de que todavía puede quedarse un poco más. Uno se pasa julio completamente «despendolado» pensando que queda todo agosto por delante y, cuando quiere darse cuenta, agosto está haciendo las maletas y septiembre espera en la puerta con cara de funcionario a las ocho de la mañana.
El problema es que durante el verano hemos adquirido una serie de costumbres incompatibles con la civilización. Nos hemos acostumbrado a levantarnos sin saber exactamente qué día es, a desayunar tarde, a comer más tarde, a cenar cuando ya debería estar cerrado el restaurante y a acostarnos a una hora en la que las personas sensatas llevan varias horas durmiendo y, ahora, así sin avisar y con premeditación pretenden que volvamos a levantarnos con despertador, ¡por el amor hermoso!, esto no es una vuelta a la normalidad, es una agresión en toda regla.
El despertador, después de dos meses de vacaciones, se convierte en un instrumento de tortura. Suena a las seis y veinte de la mañana y uno lo mira con la misma expresión que tendría si encontrara a un cobrador del frac sentado a los pies de la cama. ¿Qué quieres?, que te levantes, ¿para qué?, para ir a trabajar, ¿y quién ha decidido eso?
Aquí comienza una negociación que normalmente termina con diez minutos más de sueño y que finalmente desembocan en una carrera loca por la casa buscando unos pantalones, un calcetín y una dignidad que ya no aparece por ninguna parte.
Porque otra de las grandes tragedias del final del verano es volver a vestirse como una persona normal. Durante las vacaciones uno puede salir de casa vestido como le da la gana, con una camiseta de «Yoplait» o una camisa amarilla estampada con palmeras, pantalón corto, sombrero de pescador y unas chanclas que estaban de moda cuando mi abuelo «festeaba», un «outfit» impagable, asombroso e irrepetible, y si no que se lo digan a Don Mario, el Alejandro Gómez Palomo de Narnia, y ahora toca recuperar el pantalón largo, esa prenda que durante el verano parecía pertenecer a otra civilización. Y luego está el asunto de combinar la ropa; ya no se vale eso de ponerse lo primero que uno encuentra. En septiembre reaparece el problema de la estética. ¿Esto combina? No. ¿Y esto?, tampoco, no me jodas. ¿Y esta camisa con estos pantalones? Ni aunque haya una amnistía textil. El problema es que, después de un verano de paellas, barbacoas, helados y litros de tinto de verano ingeridos con la irresponsabilidad propia de quien cree que el botón del pantalón tiene una resistencia infinita, lo del «friz» se ha convertido en una maldición: uno mira el armario, el armario mira a uno y ambos comprenden que aquí ya no hay solución, porque la ropa que antes quedaba bien ahora presenta una peligrosa tendencia a discutir con la cintura, y el pantalón directamente se niega a colaborar, así que, tras veinte minutos de deliberación, uno adopta la estrategia definitiva: «Pues me lo pongo igual», y sales a la calle convencido de que llevas un conjunto perfectamente coordinado, aunque en realidad pareces un señor que ha abierto el armario, ha visto que no hay nada que ponerse y ha decidido que la moda consiste precisamente en eso.
El verano también deja otra herencia: la famosa vuelta de las vacaciones es ese periodo mágico en el que todo el mundo vuelve descansado, renovado y con ganas de afrontar nuevos retos, eso dicen, la realidad es que uno vuelve más cansado que cuando se fue, con más ganas de morirse que otra cosa y necesitado de otras vacaciones para recuperarse de las vacaciones y tarda aproximadamente una semana en recordar qué hacía exactamente en la oficina.
El primer día de trabajo es especialmente emocionante, uno llega, saluda a los compañeros y pregunta: ¿Qué tal? Bien. ¿Mucho trabajo? No, mentira cochina, hay tanto trabajo acumulado que el ordenador parece contemplarlo a uno con compasión, el correo electrónico ha estado esperando pacientemente, doscientos diecisiete mensajes, algunos tienen asuntos como «URGENTE», otros «MUY URGENTE» y alguno, escrito por una persona especialmente desesperada, «URGENTÍSIMO», uno empieza a abrirlos y descubre que el primero lleva allí desde el 3 de agosto, por lo que ya no es urgente, es arqueología.
Y mientras tanto, fuera de la oficina, la ciudad empieza a recuperar su funcionamiento habitual, los coches vuelven a ocupar las calles, los atascos regresan puntualmente, las terrazas se llenan, los niños empiezan a mirar los escaparates de las papelerías con la expresión de quien contempla el regreso de una condena. ¿Ya hay que comprar los libros? Sí. ¿Y cuadernos? Sí, ¿Y mochila? Sí. ¿Y vacaciones otra vez? No. Silencio, hay momentos en los que uno comprende que la vida no es justa.
Y qué decir de las fotografías del verano, durante agosto hemos producido más imágenes que un corresponsal de guerra, la playa, el chiringuito, la paella, el atardecer, el amanecer, el pie izquierdo junto al mar, el pie derecho junto al mar, la cerveza, la sombrilla, a un señor con bigote haciéndose un mojito o un cucurucho de turrón…, todo ha quedado documentado, vamos que uno ya no recuerda si estuvo de vacaciones o trabajando para National Geographic, ¡qué por nadie pase!
Desgraciadamente para todos, está a punto de llegar septiembre. Ese mes que tiene la mala fama de ser el lunes del calendario, el que trae consigo las obligaciones, los horarios, los madrugones, los buenos propósitos y esa misteriosa sensación de que hay que empezar de nuevo. ¡Bendito sea el Creador!, pero quizá el problema no sea septiembre, quizá el problema sea que durante el verano nos hemos acostumbrado a vivir como un señor, que digo señor, un marajá, a caminar sin prisa, a dormir la siesta, a que te dé igual lo que marque el reloj, y quizá por eso, septiembre nos parece tan cruel: porque nos recuerda que aquella libertad de la que disfrutabas como si no hubiera un mañana tenía fecha de caducidad.
Así que sí, lamentablemente estamos a punto de despedirnos del verano y de todo lo que representa: la indolencia, el «mañana lo hago», el café con hielo a horas de dudosa legalidad y esa maravillosa sensación de que cualquier problema puede esperar hasta septiembre, que es una especie de papelera administrativa donde metemos todo lo que no nos apetece resolver. Pero queda la satisfacción de haber hecho una buena faena y, sobre todo, la esperanza de que cuando septiembre aparezca por la puerta con su carpeta, su cara de interventor y ese inconfundible gesto de «se acabó lo que se daba», podamos mirarlo fijamente y decirle: «Bueno, chaval, ya sabemos que vienes con ganas de organizarlo todo, pero tranquilito, que acabamos de volver de vacaciones y todavía no hemos encontrado las llaves de la rutina», porque una cosa es volver a trabajar y otra muy distinta pretender que sepamos dónde está el despertador, para qué sirve el lunes y quién ha sido el insensato e irresponsable que ha vuelto a inventar septiembre.
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