Un verano excepcionalmente seco, impulsado por una versión severa del fenómeno meteorológico El Niño, ha transformado los bosques y turberas de Indonesia en una pira gigantesca. En lo que ya se califica como una de las emergencias ambientales más graves de la región en los últimos años, el fuego ha consumido más de 200.000 hectáreas en Borneo y Sumatra entre el mes de enero y julio, sepultando a comunidades enteras bajo un espeso humo nocivo. El epicentro de la tragedia se localiza en la provincia de Kalimantan Central, en la isla de Borneo. Allí, semanas consecutivas sin precipitaciones han convertido los densos ecosistemas tropicales —tradicionalmente caracterizados por su elevada humedad— en un auténtico polvorín. Las autoridades provinciales se han visto obligadas a declarar el estado de alerta máxima frente a la imposibilidad de contener los focos iniciales.
De hecho, según datos satelitales del Atlas Nusantara recogidos por The New York Times, el 20 de agosto se registraron más de 224.000 incendios, una cifra inusualmente alta y similar a la tendencia de 2015 y 2019, dos de las peores temporadas de incendios en el país que quemaron millones de hectáreas. Preocupa el dato que indica que solo en julio se quemaron unas 230.000 hectáreas de terreno, una cifra aproximadamente igual a la superficie total afectada entre enero y junio.
El desafío del fuego subterráneo
El principal reto para las unidades de extinción no reside únicamente en las llamaradas que coronan los árboles, sino en la combustión que se propaga bajo la superficie. En los suelos de turba rica en materia orgánica, la sequía permite que las llamas penetren a metros de profundidad, hecho que genera un fuego subterráneo incandescente que emite cantidades masivas de dióxido de carbono y partículas finas.
Estas brasas subterráneas resultan prácticamente inmunes al agua vertida desde el aire, rebrotando con fuerza horas después de que los helicópteros cisterna abandonen la zona. Cerca de 50.000 efectivos, que incluyen miembros de las fuerzas armadas, brigadas forestales y equipos de voluntarios, luchan contra el avance del fuego bajo temperaturas sofocantes y con fuentes de abastecimiento hídrico exhaustas.
Las turberas, un tipo de humedal esponjoso que constituye alrededor del 10% de la superficie total del país, suelen ser resistentes al fuego porque están compuestas de materia orgánica en descomposición saturada de agua. Sin embargo, décadas de agricultura industrializada, como la utilizada para la producción de aceite de palma, uno de los principales productos de exportación de Indonesia, han provocado su desecación masiva.
Vista aérea del humo de un incendio en Bulungan, en el norte de la provincia de Kalimantan, Indonesia. / BNPB / EFE
Aunque la legislación indonesia exige que las empresas que operan en zonas de turberas importantes las mantengan húmedas, Bambang Saharjo, experto en análisis forense de incendios forestales de la Universidad IPB en Bogor, Java Occidental, ha afirmado para The New York Times que esas normas a menudo se ignoran, mientras que los esfuerzos más amplios de restauración de turberas, como el uso de bloques de canales para retener el agua, también se han estancado. «Muchos bloques de canales y pozos de agua se encuentran en mal estado, lo que los vuelve ineficaces para la extinción de incendios y provoca una escalada de incendios cada vez más masivos», ha lamentado.
Alerta de salud y contención penal
La humareda resultante ha alcanzado proporciones dramáticas para la salud pública. Ciudades principales como Pontianak y Palembang registran índices de contaminación atmosférica en niveles considerados «peligrosos«. La consejería de Educación ha suspendido las clases presenciales, trasladando la formación a modalidades a distancia para proteger a decenas de miles de estudiantes, mientras las urgencias hospitalarias se colapsan por infecciones respiratorias.
En paralelo a la respuesta médica y de extinción, el Gobierno indonesio ha endurecido las acciones policiales. La tradicional práctica de tala y quema para roturar tierras agrícolas —ilegal pero recurrente— también ha actuado como detonante de numerosos fuegos. Hasta el momento, las autoridades del país del sudeste asiático han arrestado a más de 70 individuos y han iniciado investigaciones sobre al menos cuatro empresas en relación con los incendios en curso. La fiscalía investiga ya a decenas de personas y empresas por su presunta implicación en la ignición intencionada de terrenos.
La solución, sembrar nubes
Para la meteoróloga Safillah Anggie Wahyuni la solución podría estar en el sembrado de nubes, ha confesado para AFP. Esta es una técnica de modificación del clima que consiste en dispersar partículas como yoduro de plata y sales en las nubes para provocar precipitaciones. «Optimizamos las nubes que tienen potencial para producir lluvias», explica Safillah después de sobrevolar Palangkaraya, en Kalimantan Central, en la isla de Borneo.
Indonesia, un extenso archipiélago en el sudeste asiático, llevó a cabo 252 operaciones de siembra de nubes entre 2021 y agosto de este año, frente a las 85 realizadas durante la década anterior, según la agencia meteorológica BMKG.
La mayoría buscaban provocar lluvias lejos de las zonas afectadas por inundaciones, pero muchas tenían como objetivo sofocar incendios forestales o humedecer turberas inflamables.
La técnica se utilizó por primera vez en Indonesia en 1977 para aumentar las reservas de una presa, y el Gobierno anunció que decenas de helicópteros y aviones están preparados para realizar operaciones de siembra de nubes en todo el país.
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