En las televisiones lo contaron más o menos así. «Hoy muchos hemos hecho el mismo gesto. Abrir los carretes el móvil y buscar las fotos de ayer. Volvemos a ellas intentando encontrar más de una imagen determinada, pero ninguna se parece del todo a lo que recordamos. Vimos el eclipse y de reojo a quienes estaban mirándolos con nosotros: a nuestros padres, nuestros hijos, nuestros amigos, y pensamos en cuántas cosas nos quedarán por poder ver juntos. Porque también de eso iba el eclipse. De saber que no estaremos siempre para verlo todo. Entre foto y foto hemos vuelto a los semáforos, a la sobremesa en la playa o a la discusión sobre dónde cenaremos esta noche. A todas esas cosas que dejamos para mirar un rato arriba. Qué raro que hoy siga todo en su sitio».
Al menos estas fueron las oportunas palabras del cierre de la segunda edición del Telediario por parte de Javier Gutiérrez, concluyendo 48 horas de información modélica sobre este fenómeno astronómico que se convirtió en sociológico.
Las crónicas contaron cómo muchos de los asistentes lloraron en el instante en que la tierra ensombreció, durante los dos minutos que la Luna pasó por delante del astro Sol. Desde la emoción del momento hubo todo tipo de reacciones. La mayoría aludían a la sensación de haber podido vivir algo extraordinario que probablemente ni podrán repetir en su vida. Otros optaron por confesar lo pequeños que se sintieron en el universo, como hormiguitas en un espacio inmenso que se rige por unas reglas medidas al milímetro.
Es cierto que en estos tiempos de espectáculo continuo el eclipse no se libró de una sobreexposición en todos los medios, pero finalmente nos quedamos con esa magia que desprendió el instante histórico, ese en que la humanidad se sintió más pequeña que nunca.
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