Hace apenas unos días, en una distendida comida de amigos que celebramos después de la peste o el mal ecológico de los incendios, una amiga del alma me dijo sin maldad y con afecto que yo era una persona del Barça y muy politizada.
Y lo peor, o lo mejor, es que tenía razón. Lo del Barça está claro, posiblemente por la admiración que provoca su juego. Aunque no niego que también existen razones económicas familiares: mis abuelos, y como hacían muchos «vallers» en aquella época, para poder terminar el año con solvencia económica acudían a la cosecha de la escarola… al Prat de Llobregat. Así, un día de 1918 nació mi padre en la calle Premià del barrio de Sants de Barcelona. Por cierto, esa casa, después, ha sido McDonald’s y oficina de banco. Lo de persona muy politizada también tiene fundamento. Sin duda alguna y, además, lo remarco con orgullo. Pero, eso sí, esa afirmación me provoca tristes recuerdos de la dolorosa historia de nuestro país. Me revive las imágenes y prácticas sociales, políticas y psicológicas de Franco, del dictador que machacó los derechos humanos y a las personas, claro, y nos condenó al atraso económico, político y social. El mismo que dirigiéndose a los ciudadanos decía aquello de «hagan como yo y no se metan en política». El que acuñó que «todos los políticos son iguales». El que con su violencia o con su brigada política y social, que es lo mismo, acojonaba a los padres que durante 40 años les han repetido a sus hijos que «no se metan en política porque es peligroso». El que solo quería desmovilizar a los ciudadanos e impedir que participaran en los asuntos que por ser propios afectaban a sus vidas y a su futuro. En definitiva, se habrán dado cuenta de que mi amiga del alma es del Madrid y de derechas.
Analista político
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