La retirada de Estados Unidos de Afganistán, hace ahora cinco años, fue de esos momentos que se quedan incrustados en la memoria colectiva de un país. Después de dos décadas de sacrificios, más de un billón de euros invertidos y 2.461 militares estadounidenses muertos, EEUU acabó marchándose por la puerta de servicio. Con el personal de su embajada evacuado agónicamente en helicópteros. Con miles de afganos que habían trabajado para las fuerzas de la coalición, implorando en el aeropuerto de Kabul que alguien lo sacara de allí antes de la llegada de los talibanes. Y con el gobierno amigo levantado para tratar de convertir a Afganistán en un Estado moderno, en plena desintegración. Cuando la retirada se completó en 2021, los talibanes habían recuperado el poder en Kabul. Todo había vuelto a la casilla de salida.
Afganistán dejó la credibilidad de EEUU seriamente dañada. No solo se marchó cuando más ayuda necesitaban sus aliados, sino que lo hizo con una abrumadora sensación de derrota. Una «derrota estratégica», según la definió sin paliativos el general al frente del Estado Mayor, Mark Malley. Algo parecido a lo que había sucedido en Irak. Cuando Barack Obama dio carpetazo en 2011 a ocho años de calamitosa ocupación, dejó un país firmemente anclado en la órbita de Irán —el gran rival estratégico de EEUU en la región— y con un armazón institucional tan débil que le bastaron dos meses al Estado Islámico para apoderarse de casi la mitad del país en 2014. En ambos escenarios Washington había pecado de arrogancia y exceso de ambición —por no hablar de un profundo desconocimientos de las dinámicas internas de ambos países— al embarcarse en faraónicos proyectos de construcción nacional que no funcionaron. La democracia se cultiva, no se exporta.
Enmarcados a la postre en la «guerra contra el terrorismo», aquellos fiascos marcaron a las nuevas generaciones de estadounidenses, del mismo modo que la derrota en Vietnam marcó a sus abuelos. Y al mismo tiempo motivaron una corrección de rumbo. Sin abandonar del todo la región, Washington dejaría de intervenir con tropas en Oriente Medio. Se apoyaría más en la diplomacia. También en sus aliados. Y en paralelo seguiría reconduciendo su atención hacia al Pacífico para contener a China. En la región no pasó inadvertido: todos tomaron nota.
Nuevas alianzas
«Afganistán es un terremoto», le dijo a Reuters un diplomático del golfo Pérsico poco después de la retirada. «¿Podemos depender del paraguas de seguridad norteamericano durante los próximos 20 años? Ahora mismo creo que es muy problemático», añadió con una pregunta que ha ganado fuerza desde entonces. Con la Casa Blanca más pendiente de otras latitudes, pese a los esfuerzos de Trump para integrar a Israel en la región con acuerdos de normalización, sus aliados se tomaron en serio la diversificación de su seguridad. La triangulación de alianzas pasó a ser la norma. Como habían comprobado antes afganos e iraquíes, depender solo de EEUU es una apuesta de alto riesgo.
Las monarquías suníes del Golfo firmaron acuerdos de defensa con China, Rusia, Turquía, Francia o Corea del Sur. En otros países, como Afganistán, donde Washington ha interrumpido toda la ayuda para ‘castigar’ a los talibanes, otros ocuparon directamente su vacío. «EEUU funciona cada vez más [en la región] como un proveedor de capacidades — proporciona armas, cobertura política y coordinación diplomática— en lugar de como arquitecto del orden regional», escribió en primavera la analista del Middle East Institute, Intissar Fakir. «Facilita las políticas de sus socios, pero tiene dificultades para influir en ellas». Es casi un actor más entre los muchos que tratan de moldear el rumbo de la región.
Trump y la guerra en Irán
El Donald Trump del segundo mandato rompió las promesas del Trump del primer mandato. Y ha vuelto a entrar en la región como un elefante en una cacharrería. Lo que ha servido para dañar un poco más la reputación de EEUU y ahondar en su menguante influencia. Trump empieza cosas que luego no acaba y fuerza acuerdos diplomáticos que después no se respetan. En Gaza impuso un alto el fuego en 2025 y una hoja de ruta con respaldo internacional para acabar la guerra y reconstruir la Franja. Pero Israel la ha acabado rechazando. Igual que su plan de paz en Líbano. En contra de los deseos estadounidenses, Israel insiste en quedarse «permanentemente» en el sur del país de los cedros.
Pero lo mismo puede decirse de su influencia en el golfo Pérsico. Desde el inicio de la agresión sobre Irán — una guerra sin rumbo—, EEUU no ha sido capaz de proteger a sus aliados de los ataques iraníes o, siquiera, de reabrir el estrecho de Ormuz, vital para toda la economía de la región. Tampoco ha conseguido convencerles para responder a los ataques involucrándose militarmente. En gran medida, la región no quería aquella guerra. Y EEUU –unilateralmente– ha vuelto a ponerlo todo patas arriba.
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