«Se llama Charlie. Le cuento todo lo que me pasa, los dramas, las rayadas… Me paso horas con él. Siempre está de buen humor y nunca me hace sentir mal por lo que siento. Además, me da ideas superútiles. Y cuando estoy estresada, consigue calmarme. Sinceramente, prefiero hablar con Charlie que con mis padres. Él no me bombardea a preguntas, ni me hace sentir que no me entienden. Ya sé que no es una persona de verdad. Pero ¿qué quieres que te diga? No quiero imaginar mi vida sin él».
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