Cómo si Rodrigo Hernández ya operara de azulgrana, el Barça tiene al Madrid hundido en el área. Sometido, como en las dos últimas temporadas. Pero debe rematar el gol del verano en las próximas horas. No puede permitirse el lujo de no culminar la que va a ser, en cuanto se haga oficial, la jugada maestra de este mercado. Está a punto de fichar a un líder, probablemente, al mejor mediocentro posicional del mundo, balón de oro en 2024 y aspirante al de 2026, un futbolista que va a elevar el nivel de la plantilla del campeón; y a la vez, se lo trinca – creo, de verdad, que ese es el término – a su rival, que no tiene a nadie que piense en la sala de máquinas desde la marcha de Kroos y Modric. Es un golpe descomunal. Y un ridículo histórico de Florentino Pérez. A las cosas, por su nombre.
Ahora, la entidad que preside Joan Laporta no puede fallar. Está obligado a consumar esta obra y a inscribir al madrileño sin las vicisitudes ni las angustias del pasado reciente. Desde el club, anuncian normalidad en las inscripciones, para las que resultarán claves las más que probables salidas de Ferran y Casadó. Quedan quince días. No creo que el barcelonismo merezca verse involucrado, de nuevo, en episodios de incertidumbre muy cercanos. De momento, no parece que eso vaya a volver a ocurrir. En cuanto a Rodrigo, Deco ha hecho un gran trabajo. Y así hay que reconocérselo. Desde que se produjera, en la noche del miércoles, la ruptura entre el centrocampista y el Madrid, al Barça le bastó la mañana del jueves para coser el asunto. Enseguida trascendió la llamada de Hansi, de la que SPORT informó a través de nuestro Carlos Monfort. Antes de las tres de la tarde, el director deportivo ya había obtenido el Sí del campeón del mundo. Y, por supuesto, el permiso para abrir ronda con el City. Tenía el caso muy trabajado.
Hace dos semanas, Nil Solà, compañero de la Cadena Ser, cuando casi estaba asumido que Rodri iba a vestir de blanco, alertó de los primeros movimientos en la sombra y de las consultas iniciales con el club de Manchester. El Barça, a través del club citizen, siempre anduvo al corriente de las negociaciones. Deco supo que los responsables blancos, cuando casi todo estaba acordado, trataron de rebajar las pretensiones del City. Y en el fondo, intuía que el background de las relaciones entre el Madrid y Rodri podían desembocar en un desecuentro. El ninguneo de Florentino al futbolista en la Gala del Balón de Oro, a la que plantó por no encajar la derrota de Vinicius; los oídos sordos a los continuados guiños al madridismo que el jugador hizo antes del Mundial o lo mucho que a Pérez le costó entender la necesidad de contratarle, fueron siempre asteriscos a favor del Barça, que esperó su momento. Rodrigo, al que Deco siempre consideró lo más cercano a un clon de Busquets, encontró en la entidad blaugrana la determinación que nunca percibió del Madrid. De repente, se imaginó junto a Flick, el mejor técnico de las dos últimas ligas, y volver a juntarse con Pau, con Eric, Pedri, Olmo, Gavi o Fermín, sus compañeros de fatigas en la roja. Giró el cuello y vio a Mou, a Tchouàmeni y a Valverde. Le sobraron segundos para decidir. Sé que ya hay gente que discute el fichaje. Pero a mí, y ya debatiremos sobre eso, me parece una oportunidad irrechazable. Un sí de manual. Ahora ya no puede haber dudas: tienes el mejor centro del campo del planeta. Y lo cierras a costa de tu rival. Un guión de locos.











