Pocas veces he percibido tanta satisfacción interior como los días que llevaba visitando Nicaragua, en marzo de 1990. Días antes el Comandante Ortega había perdido las elecciones ante Violeta Chamorro, y todos nos preguntábamos hasta qué punto estaría dispuesto a ceder el poder institucional. Por medio del Rector de La Universidad regentada por los jesuitas de varias naciones, conseguí algo que parecía imposible: una entrevista cara a cara con el reciente perdedor, en su militarizado «centro de reflexión», como solía decirse en fuentes sandinistas. Nunca había pensado conseguirlo, pero una mañana soleada y húmeda, llegué al evidente escondite, tras haber venido a buscar un coche del entrevistado. Todo un detalle.
Recuerdo que iba yo nervioso, entre otras razones porque no había conseguido, en su momento, hablar con Fidel Castro, en aquella Cuba insegura, camino del caos actual. En fin, hacia las 10 de la mañana, y tras seguir a dos militares por las salas de un caserón colonial, desemboqué en un apacible jardín, rodeado de una pequeña empalizada de protección, dominada por militares con metralletas. Me senté bajo una especie de toldo mínimo, me sirvieron una piña colada, y esperé largo rato, hasta que apareció un sonriente Daniel Ortega, uno de los más interesantes líderes revolucionarios centroamericanos del momento. Nos sentamos y comenzamos a charlar, aunque más que una entrevista fue una cómoda conversación, en que el entrevistado se mostró cordial, pienso que sincero, y sobre todo de un sonriente descarado.
Recuerdo, al releer las notas escritas tras la entrevista, que en momento alguno dejó de responder a mis preguntas, salvo cuando intentó que diera su opinión sobre distintos líderes políticos del momento. Se limitó a enfatizar la trayectoria de su amigo Fidel. Y tras unas palabras de mutua cortesía, insistió que comenzara las preguntas. Y la verdad es que resultó una charla muy entretenida, que me permitió comprender mejor sus intenciones revolucionarias. El comandante Ortega despedía una seguridad en sí mismo apabullante, de tal manera que en el momento alguno dejó de esbozar una sonrisa irónica. Tenía yo la convicción de que estaba ante una situación privilegiada para cualquier periodista occidental. Como así fue.
La charla consistió, tras unas preguntas apenas contestadas, en un largo monólogo del Comandante, en que se expuso las razones de su gestión revolucionaria, de su auténtico odio a los yanquis (siempre los denominó así), y, sobre todo, un desprecio casi absoluto por la actitud de los llamados «países capitalistas», porque nunca los llamó «democráticos». Y la verdad es que nada me sorprendió de ese discurso perfectamente ensayado en tantas situaciones anteriores. Hasta que en un momento, le pregunté por una futura pérdida del poder, en caso de que su enemigo feroz, la «señora Violeta», le venciera en unas elecciones posteriores. Y aquí se rompió la baraja. Muy a mi pesar.
Me miró con una fijera casi abusiva, apoyó sus manos en mis brazos, acercó el busto, y dejó caer unas palabras que nunca he olvidado: «Pero no sea ingenuo, los revolucionarios, cuando conquistan el poder, que nos ha costado muertes y menosprecios infinitos, no lo soltamos por las buenas, nos lo tienen que sacar por las malas». Y permaneció en silencio, mientras seguía mirándome fijo a los ojos, y yo recuerdo que fui incapaz de resistir esa mirada dominante. Nada respondía. En parte porque se me ocurrió fijarme en las metralletas que nos rodeaban. El miedo es tremendo. Y ese miedo me había dominado.
Pero en momento alguno mostró la radicalidad de sus recientes declaraciones, en las que deja clarísimo la conversación de Nicaragua en un «lugar cerrado al exterior», sin posibilidad alguna de modificar el poder sandinista. Apoyado por su esposa, esa señora estrafalaria, que pone un punto casi cómico en las fotografías. Pero que, según me dicen, es su peligrosísima conciencia política. Entonces, matizó la posible convulsión de su victoria… pero, como ya escribí, insistiendo en lo irrevocable de la acción sandinista. Saqué la conclusión de que Daniel Ortega había conquistado el poder como algo definitivo, salvo que le mataran. Y de pronto, se levantó sonriente, y me invitó a comer con él. La comida fue un auténtico banquete, servido por camareros enguantados y solícitos. Y al final, apareció un cotizado vino francés que estaba buenísimo. La conversación fue absolutamente banal, casi frívola, de tal manera que supe sin lugar a dudas su deseo de no volver a cuestiones políticas. En su propio coche, me acompañó a la Universidad donde yo residía. Siempre gentil y educado.
El actual Daniel Ortega muy poco tiene que ver con el conocido entonces. Y seguramente ya tenía pespunteadas las medidas que le convierten en un miserable dictador. Es terrible.
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