Una semana después de que el ministro de Defensa de Israel ordenara expandir las operaciones militares en la Cisjordania ocupada palestina, centenares de soldados han iniciado esta pasada madrugada una “operación a gran escala” para tomar el campo de refugiados de Qalandia, a las afueras de Jerusalén. Las autoridades han descrito la operación como una maniobra contra “elementos terroristas” que, según el ministro Israel Katz, seguirá “el modelo de Tulkárem, Nur Shams y Yenín”. Esos son los nombre de tres campos de refugiados del norte de Cisjordania que fueron severamente destruidos en 2025 y la mayoría de su población expulsada. Unas 33.000 personas en total, el mayor desplazamiento forzoso de palestinos en Cisjordania desde 1967, según denunció entonces Naciones Unidas.
La resistencia armada palestina en Cisjordania ha sido casi testimonial desde el 7 de octubre de 2023, cuando la incursión de Hamás en el sur de Israel reactivó la guerra a gran escala en la región con el asesinato de 1.150 civiles y militares israelíes. Los propios datos oficiales israelíes sostienen que la violencia se redujo un 80% en 2025. Aquel año hubo 20 muertos israelíes en la región, frente a 242 palestinos, según datos de la Oficina de Asuntos Humanitarios de la ONU (OCHA). No solo por la presión militar de Israel, sino por la actividad de las fuerzas de seguridad palestinas, que persiguen las actividades armadas.
Nada de eso ha servido para apaciguar los ánimos. Katz ha dicho que Israel pretende “expandir las operaciones ofensivas contra el terrorismo palestino, que está tratando de restablecerse”. El mismo Katz que en 2024 ordenó el cese de las detenciones administrativas de los colonos violentos que siembran el terror en la región, una medida que ha contribuido a aumentar su impunidad. Desde comienzos de año ha habido una media de 6.6 ataques de colonos al día, a menudo respaldados por los militares. Muchos de ellos con la intención de intimidar a los palestinos para que abandonen sus pueblos y aldeas. Una política que varias figuras públicas, como el exprimer ministro Ehud Olmert, han condenado abiertamente, describiéndola como una “campaña de limpieza étnica”.
«La raíz del mal»
Katz, que ha presumido también de arrasar pueblos enteros en el sur del Líbano, describió el año pasado los campos de refugiados palestinos como “la raíz del mal”. Sus fuerzas operan ahora en Qalandia, donde viven unos 16.000 refugiados, a medio camino entre Jerusalén y Ramala. Pasquines distribuidos por el ejercito en el campo de refugiados han advertido a sus habitantes que cualquiera que trate de hacer daño a las tropas se verá sujeto a “fuego real y arresto”, según el diario ‘Haaretz’. Otros mensajes distribuidos sostienen que el Ejército no permitirá que el campo se convierta en “un santuario terrorista”.
La expansión de las operaciones militares en Cisjordania es uno de los temores que albergaba la población palestina. Son muchos los que creen que Israel está tratando de provocar algo parecido a una rebelión palestina para poder hacer allí lo mismo que ha hecho en Gaza, donde más de 70.000 personas han sido asesinadas y gran parte de su territorio destruido.
La suerte corrida por los campos de refugiados de Al Shams, Tulkárem y Yenín en 2025 no es un buen presagio. No solo se destruyeron amplios sectores de su angosto urbanismo — en parte para que puedan circular sin problema los tanques y blindados israelíes—, sino que más de un año y medio después sigue sin permitirse el regreso de las más de 30.000 personas que fueron expulsadas. Human Rights Watch concluyó en noviembre de 2025 que aquellos desplazamientos forzosos “constituyen crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad”.
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