La discusión sobre la pérdida de peso de la Feria de Julio en la plaza de toros de València no es nueva. El crítico taurino que firmaba con el seudónimo de ‘Recorte’ ya advertía en estas mismas páginas de un problema que, más de medio siglo después, conserva una evidente vigencia, con la solera de los años y la autencidad de su esencia en honor a Sant Jaume, aunque sí debería repensarse con nuevas fórmulas tras el malestar, las nuevas luces y el futuro nuevo pliego.
Entonces ya se señalaba que el ciclo estaba «casi sin vida», porque el público de fuera evitaba desplazarse a València en pleno verano y buena parte de los vecinos abandonaba la ciudad rumbo a las playas o a la montaña en busca de temperaturas más suaves.
Su conclusión era que había que plantearse un cambio de fechas, una medida que, según recordaba, ya se había aplicado con éxito en otras localidades. Así que el debate sobre las fechas, el calor y la capacidad de atracción de la históricamente llamada Fira de Sant Jaume sí hunde sus raíces en la propia historia del ciclo valenciano.
Pero, ¿por qué no hay que dejarla morir? Porque la historia de la Feria de Julio está repleta de historias vivas que conforman la propia historia de la plaza de toros de València.
Litri y Aparicio
Por ejemplo, pocas resultan tan llamativas como la vivida en 1950, cuando se celebró sin una sola corrida de toros porque el ciclo quedó reducido a seis novilladas, celebradas entre el 24 y el 29 de julio, con dos nombres presentes en todos los carteles: Miguel Báez Espuny, ‘Litri’, y Julio Aparicio Martínez. Ambos protagonizaron una feria completamente distinta a las habituales, marcada por la ausencia de matadores de alternativa y de corridas de toros.
Julio Aparicio y Miguel Báez y Espuny, “Litri” salen por la puerta grande de València / Levante-EMV
El tirón de Manolete
La circunstancia adquiría todavía mayor significado porque apenas habían transcurrido tres años desde la muerte de Manolete en Linares. El diestro cordobés había dejado una huella profunda en València, donde protagonizó algunas de las páginas más recordadas de la Feria de Julio ya que València fue la segunda plaza en la que más toreó, con 34 paseíllos.
En 1942, Manolete triunfó de manera rotunda en el coso valenciano y recibió un premio de 25.000 pesetas. El torero decidió entregar aquella cantidad a los pobres y donó, en su camarín de la Basílica, a la Virgen de los Desamparados el capote de paseo -de color blanco y bordado en oro- que también había recibido como reconocimiento.
El gesto reforzó la dimensión humana del ‘monstruo’ que había alcanzado una enorme popularidad entre los aficionados hasta ser Califa. Tiempo después, parte de la tela regalada por Manolete fue reutilizada para confeccionar un delantal y un peto destinados a la Virgen que todavía se conservan en el Museo Mariano de la Basílica.
El toro ‘Perdigón’
Dos años después, en la Feria de Julio de 1944, Manolete, que cobraba por actuación más que ningún otro torero, lidió a ‘Perdigón’, un toro lucero -negro con una mancha blanca- de la ganadería de José Escobar que llevaba marcada en la testuz una V, símbolo de la victoria aliada durante la Segunda Guerra Mundial: «Quiero agradecerle a usted por la parte que jugó para facilitar que fuese yo el receptor de esta verdadera agradable expresión de amistad y buena voluntad de España. Por favor acepte mis felicitaciones por el feliz resultado de lo que debió ser una exigente lucha», escribió el propio primer ministro del Reino Unido al torero cordobés una vez recibió el premio.
La singularidad del animal no pasó inadvertida, aunque la iniciativa del envío del toro estoqueado en València por Manolete no fue el torero de Córdoba, sino del ganadero José María Escobar, tal y como narra maravillosamente Fernando González Viñas en su libro Manolete, biografía de un sinvivir.
Así que al finalizar la Segunda Guerra Mundial, el ganadero acudió a la Embajada británica en Madrid con la intención de hacer llegar a Winston Churchill la cabeza del toro ‘Perdigón’. Allí mantenía contacto con Walter Starkie, director del British Council y agente al servicio del Imperio británico.

Fernando González Viñas y su libro ‘Manolete, biografía de un sinvivir’ / Levante EMV
Starkie, gran aficionado a la tauromaquia, conocía tanto a Juan Belmonte como a Manolete. Fue él quien, el 12 de diciembre de 1945, escribió a Churchill para explicarle que el toro ‘Perdigón’ había nacido con una marca en forma de V en la frente.
En la carta, Starkie señalaba que Escobar, «imbuido de las tradiciones mitraicas de su raza», había interpretado aquella señal como una manifestación de la aprobación de los dioses. La alusión remitía a Mitra, divinidad de origen persa representada habitualmente como un joven que da muerte a un toro. Por ello, añadía, el ganadero estaba especialmente ilusionado con la posibilidad de ofrecerle a Churchill aquella simbólica pieza.
La anécdota estableció un insólito vínculo entre el máximo referente del toreo español y el dirigente británico, convertido en símbolo de la resistencia frente al nazismo. El propio Manolete también agredeció a Churchill su telegrama y «la expresión agradable de amistad que tan cordialmente acoge en su carta. Con todo respeto y admiración, haciendo fervientes votos porque Dios conserve muchos años su preciada existencia. Queda suyo, Manuel Rodríguez ‘Manolete'», dijo.
Las condolencias de Churchill
El 10 de octubre de 1947, Winston Churchill envió un telegrama de condolencia a la madre de Manolete. El estadista británico afirmaba que «recibió el majestuoso trofeo de la faena de su hijo», enviado «con ocasión de nuestra victoria en Europa». También expresaba su «más profundo pésame» por su muerte.
De esta manera, la Feria de Julio quedó asociada no solo a la memoria taurina de Manolete, sino también a un episodio en el que la tauromaquia se cruzó con la gran historia internacional. Precisamente por eso no hay que dejarla morir.
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