Cimavilla acogió ayer un espectáculo diferente, que se sale de los cánones habituales. El escenario, icónico: la Torre del Reloj. Allí la compañía vasca «Harrobi Dantza Bertikala» ofreció «Geure(R)a», un show de danza vertical, enmarcado en el Festival Arcu Atlánticu, en el que la gravedad quedó en agua de borrajas. Una propuesta escénica que hizo las delicias del público en la que la pared se convirtió por un rato en el suelo, en la que los intérpretes dieron vida a un edificio emblemático de la ciudad.
Los asistentes disfrutaron de un proyecto que combinaba danza, música, poesía y vídeo mapping, que se fundieron en un mismo lenguaje artístico. Fue una experiencia inmersiva la protagonizada por el colectivo que integran Del Perera, Sara Mohino y Janire Etxabe.
El espectáculo, finalista de los Premios «MAX» en 2024, tenía como objetivo que las imágenes no actuasen como una mera decoración de fondo, sino como herramientas de integración que funcionasen de manera natural en la propia narrativa. El color de la superficie, las dimensiones o los elementos arquitectónicos de la Torre del Reloj conferían al show de danza vertical un cariz especial. Esas características condicionaban tanto el movimiento de las bailarinas como las proyecciones visuales. Antes del espectáculo se produjo un trabajo técnico indispensable sobre el terreno para constatar la seguridad de la instalación de las cuerdas y para pulir cada detalle de cara a que todo saliese a pedir de boca.
Los espectadores se rindieron al esfuerzo y la exigencia física que requerían la actuación, pues las bailarinas hicieron lo suyo con arneses, a metros del suelo. La obra, como tal, está cargada de un mensaje universal que aborda la memoria histórica, el papel de las mujeres, la libertad y la resistencia. Y va acompañada de textos de Toti Martínez de Lezea y la voz de Itziar Ituño.
«Geure(R)a», espectáculo diseñado para todos los públicos y pensado para «sorprender y emocionar», cautivó a los gijoneses y visitantes que se pasaron por la Torre del Reloj, un enclave de Gijón ubicado en una zona con un continuo movimiento en fechas estivales. El show tuvo lugar poco antes de medianoche, un momento elegido a conciencia para dotar a la propuesta de un misticismo único que elevó al Festival Arcu Atlánticu, que apura sus últimos días, a nuevas alturas.
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