No es fácil educar a la segunda o segundo en la línea de sucesión de cualquier monarquía que pretenda salir airosa en un tiempo donde el poder por herencia (o sangre) es observado con lupa, no sólo por republicanos, sino también por los que fiscalizan el boato real o van de tertulia en tertulia cortando con navaja la migaja palaciega.
La infanta de España Sofía de Todos los Santos de Borbón y Ortiz es un experimento: su persona encarna una misión nada despreciable en Zarzuela, que no es otra que buscarle una función en la coreografía monárquica. Es decir, que no se sienta inútil ejerciendo como recambio de su hermana, la princesa Leonor.
Asignarle un papel no es cuestión baladí. Si ponemos la mirada sobre el duque Harry, consanguíneo de Guillermo de Gales, nos podemos hacer una idea muy aproximada del destrozo que puede causar a la institución un cervatillo o cervatilla con ansias de volar solo. A Sofía, de 19 años, se la forma [tenía inclinación por el arte, pero no pudo ser] en el exclusivo centro privado Forward College, un potosí de matrícula por curso, que la llevó primero a una estancia en Lisboa, ahora a París y luego Berlín. La titulación es Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales, un espectro disciplinar lo suficientemente elástico para trufarle la agenda.
Corona y vividores o vividoras es un binomio que en España viene a ser algo así como dejar una sartén con aceite al fuego. El juancarlismo y su baba, la mayor crisis tras la restauración real, ha dejado en el proceso fumigador de sus escándalos una virtud pedagógica: supervivencia y utilidad van de la mano. Un centrifugado intenso con una finalidad épica: revertir aquel borboneo que resultó (y todavía) un desgaste que los reyes y sus ayudantes esperan aplastar como una cucaracha.
En la gala de los Premios Girona 2026 fue una de las protagonistas y en la entrega del trofeo del Mundial, subida en el escenario con el resto de la familia, marcó un punto y aparte de simpatía. Una representación pacífica y voluntariosa que confirma que la adolescencia, ese periodo que cada vez dura más en este país con emancipación tardía, puede ser un plato de leche sin turbulencias. Sólo tiene que mirar a sus primos Froilán y Victoria para saber que existe el lado oscuro, estado natural de las discotecas. Caer en los excesos de la Villa y Corte, en la refriega de los apellidos de nobles y cachorros de la finanzas que conducen Ferraris vigilados por la UCO, es coser y gin-tonic con cardamomo.
La infanta está por encima de eso. Al menos por ahora. Nunca digas de esta agua no beberé. O aquello otro: la carne es débil. A veces echamos de menos que se le caiga el tenedor al suelo, porque ya saben que la perfección absoluta irrita a los españoles.
Desbastando entre el rigor, la ejemplaridad, el destino y la frustración (¿dónde no las hay?), uno se para en la condición de la joven como fiel escudera, estatuto de mayor fineza que el rudimentario segundón o segundona. Isabel de Inglaterra no pudo con su hermana Margarita, una joya inestable, manca para el oficio monárquico. Ya su padre, Jorge VI, tuvo que comerse el trozo de sustituir en la Corona británica a Eduardo, su hermano mayor, que abdicó hechizado por Wallis Simpson y el champán.
No vamos a extendernos en el follaje dinástico, pero por hacer contexto conviene precisar que Juan Carlos I, ahora entre Abu Dabi y Sanxenxo, tenía el rol de secundario ante su hermano Alfonso, de muerte dramática. Frente a estos desajustes más o menos desafortunados, Zarzuela ensaya que Leonor y Sofía vayan a una, en esa futura institución donde la heredera sería la primera reina titular o con plenas funciones soberanas en España en más de 150 años. Nada menos que desde Isabel II.
Salvo la formación militar, sobre la que la reina Letizia tuvo inicialmente sus reticencias, las hermanas han tenido una educación similar, con un peso determinante de los idiomas. Se puede decir que ha sido así por la obviedad de que nunca se sabe qué puede ocurrir, el grado de incertidumbre, pero también por la aspiración de que Leonor tenga a su lado una persona de absoluta confianza y sintonía plena, como se está viendo últimamente. Ese es el plan trazado. Otra cosa son los imponderables. El olfato de la madre, una periodista plebeya de gran inteligencia, viene siendo clave para que esa dualidad salga adelante con una agenda donde el vacío sea una mera excentricidad. La infanta Sofía, lejos de esas típicas segundonas mariposeando entre pretendientes y ansiolíticos, va a estar en el combate diario y en el otro: salvar a la monarquía tras el desparrame epílogo de su abuelo.











