«Al golpito se llega lejos». Esa es la filosofía de vida de Bruno Suárez, un grancanario que lleva en sus botas 8.100 kilómetros recorridos y que encuentra en el senderismo una forma de entender el mundo. Su única compañía durante muchas de sus travesías es una mochila en la que guarda un naife, un trozo de queso de la isla y un gorro canario con una bandera que representa el cielo, la arena y el mar, una imagen que resume también la esencia del Camino de Santiago de Gran Canaria, una ruta que une los colores y paisajes del archipiélago a través de sus montañas y senderos y que Bruno ha pateado en varias ocasiones.
Aunque todavía es desconocido para muchos, el Camino de Santiago de Gran Canaria cuenta con reconocimiento oficial, a través de una bula papal – la primera de 1965 y la segunda de 1992- y permite obtener los mismos privilegios jubilares que el camino que termina en Santiago de Compostela. El recorrido comienza en el entorno del faro de Maspalomas y continúa hacia el interior de la isla con la vista puesta en las cumbres de Gran Canaria. El peregrino pasa del calor de los barrancos del sur a la humedad de las zonas altas de Tejeda y al viento alisio que acompaña la llegada al norte. Una sucesión de cambios de temperatura, vegetación y paisajes que, para quienes han completado la ruta, es precisamente uno de sus grandes atractivos. En su camino los senderos unen la iglesia de San Bartolomé de Tunte – donde se encuentra la imagen de Santiago- y la iglesia matriz de Santiago de los Caballeros de Gáldar, y recorren un total de 65 kilómetros.
Pero a Bruno esos kilómetros isleños se le hacen poco y los une a los distintos caminos de Santiago a nivel continental. Y es que desde hace años, el senderismo se ha convertido en parte esencial de su vida, hasta el punto de llegar a recorrer 3.000 kilómetros en un año. «El camino es mi vida; es una emoción que se vive», relata este grancanario, que explica que uno de sus grandes retos fue salir desde su casa hasta llegar al faro de Finisterre, primero embarcándose desde el puerto de La Luz hasta el de Cádiz, y de allí tiró tenso a pie hasta tierras gallegas, convirtiéndose, según relata, en el primer isleño en completar esta travesía.
Pero lejos de conformarse, quiso superarse uniendo dos caminos en una misma aventura: el Camino Francés y el Camino de Santiago de Gran Canaria en 40 días. La expedición comenzó en Roncesvalles, donde la nieve marcó los primeros pasos de una ruta que le llevó por La Rioja, Castilla y León y Galicia hasta alcanzar Santiago de Compostela. El paisaje cambió de la dureza del invierno al verde y la lluvia gallega, pero el objetivo todavía no estaba cumplido. Desde la catedral compostelana inició el regreso hacia Canarias para conectar Galicia con su isla. Sin apenas descanso, Bruno volvió a ponerse su inseparable mochila y comenzó desde el faro de Maspalomas un recorrido hasta Gáldar que completó en unas 19 horas sin parar. Un reto que, reconoce, no habría sido posible sin el apoyo de Juan Manuel Santana y Juana Hernández, dos nombres ligados para siempre a la historia del camino grancanario.
Y es que durante años, este matrimonio fue el rostro de la hospitalidad en Tunte, ya que se encargó de recibir peregrinos, preparar credenciales, ofrecer información sobre la ruta y, sobre todo, transmitir las leyendas que acompañan al camino. La pareja también gestionó un albergue en la zona, un lugar donde muchos caminantes encontraron descanso y una experiencia que recuerdan como parte fundamental de su paso por la isla.
La llamada
Esa llamada del camino también la sintió Isabel Albella, una peregrina madrileña que viajó a Gran Canaria en tres ocasiones con el objetivo de completar el recorrido entre volcanes hasta Gáldar. La primera experiencia terminó antes de tiempo cuando cayó la noche y tuvo que regresar. Al día siguiente, un desprendimiento cerca de Tunte la obligó a abandonar la ruta. Meses después volvió a intentarlo, pero cerca de Cruz de Tejeda tuvo que ser rescatada junto a sus amigas. A la tercera fue la vencida, porque con la ayuda de Juana Hernández retomó la última etapa y consiguió llegar a Gáldar. Para ella, el camino tiene algo difícil de explicar: «una conexión con la naturaleza y una sensación de superación» que aparece en cada paso.
La experiencia también marcó al canario Jaime Bernadeo, quien descubrió la existencia del camino grancanario mientras estaba en Galicia gracias a una familia canaria. Decidió recorrerlo en dos ocasiones, aunque guarda un recuerdo especial de la primera, cuando lo hizo solo. La aventura comenzó con una dificultad inesperada, ya que durante la primera noche, en pleno invierno, pensaba dormir en un banco de la plaza de Tunte. Sin embargo, la hospitalidad del camino apareció en forma de un vecino que se acercó a él en un bar del pueblo y terminó ofreciéndole una cama, un techo y una conversación. «Encontrar gente así es muy enriquecedor», recuerda Jaime. Cuando regresó tiempo después acompañado por dos amigos preguntó por aquel hombre que le había ayudado, pero ya no estaba allí. Su historia, sin embargo, quedó marcada por una promesa: devolver algún día aquella hospitalidad que recibió cuando más la necesitaba.
El camino canario no solo atrae a peregrinos españoles, también a extranjeros como Diletta Migliaccio, una italiana residente en Tenerife que conoció la ruta a través de redes sociales. Poco después decidió recorrerla junto a una amiga para descubrir una isla diferente. Ambas querían conocer Gran Canaria desde otra perspectiva. Durante tres días atravesaron barrancos, montañas y zonas rurales alejadas de la imagen turística habitual de la isla. Encontraron dificultades propias del recorrido y hasta coincidieron con el Rally Islas Canarias, una mezcla inesperada entre el ruido de los motores y la tranquilidad de la naturaleza que, según Diletta, añadió un «toque extra» a la experiencia.
El camino cambia a cada paso. El peregrino pasa del calor intenso del barranco de Fataga a las temperaturas más suaves de las cumbres y termina acompañado por los vientos alisios en dirección a Gáldar. El camino es una ruta exigente por su desnivel y altura, pero cada año llama a caminar durante tres días para descubrir una de las caras más desconocidas de Gran Canaria.
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