Los discursos de odio contra el feminismo que últimamente han calado en muchos jóvenes varones son el objeto de estudio de Lionel Delgado (Rosario, Argentina, 36 años), graduado en Filosofía y doctor en Sociología por la Universitat de Barcelona. Pero él no habla desde el academicismo, sino a pie de calle, pegando el oído a lo que cuentan esos chicos ‘Tristes y salvajes’, título del ensayo que ha publicado recientemente donde analiza este fenómeno.
¿Qué ha encontrado cuando se ha sentado a hablar con esos jóvenes?
Una enorme saturación cognitiva y una capacidad de atención muy frágil. Viven en contextos muy acelerados, sometidos a una sucesión constante de mensajes, códigos, referentes y modas que cambian muy rápido. También he encontrado mucho desapego hacia la formación que reciben. Ni creen en los talleres de igualdad y feminismo que les imparten en los institutos, que no sirven para nada, ni confían en la educación que les ofrecen, que perciben inútil para el mundo en el que van a vivir.
«Veo en los chicos que no confían en la educación que les ofrecen, que perciben inútil para el mundo en el que van a vivir»
¿No funcionan los programas de igualdad?
El problema es que los discursos que les vendemos no se corresponden con la realidad que ven a diario en sus entornos, en las redes sociales, incluso entre el propio profesorado. Ahí ven que sigue cotizando al alza la masculinidad normativa tradicional. Sienten que hoy triunfa el hombre fuerte, decidido y agresivo, no el suave, empático y comprensivo, y se muestran seducidos por aquel modelo cuando les preguntas cómo visualizan la buena vida a la que aspiran.
¿Por qué tienen tan mala imagen del feminismo?
Curiosamente, cuando hablas con ellos de uno en uno, la mayoría se declara a favor de la igualdad y defienden que hay que tratar bien a las compañeras y ser buenos hermanos, amigos y novios. Pero tienen una imagen del feminismo mediatizada por lo que les han contado ciertos creadores de contenido de las redes sociales, que les han dicho que es un movimiento que no busca la igualdad sino privilegiar a las mujeres, y repiten consignas que han oído sin cuestionarlas, como que el Gobierno ha dictado 500 leyes para beneficiarlas y perjudicar a los hombres. Luego les pides que citen una de esas leyes y no saben responder, pero la imagen que tienen es así de negativa.
«Los chicos sienten que hoy triunfa el hombre fuerte, decidido y agresivo, no el suave, empático y comprensivo»
¿Por qué les atraen los discursos de odio?
En esta sociedad que entroniza al individuo autónomo y poderoso que depende de sí mismo, ser oveja negra y salirte del rebaño resulta muy atractivo. Sobre todo, si a diario te dicen que vives oprimido bajo una dictadura ‘woke’ y que no hay libertad para hablar de nada. Por eso les fascina el ‘troll’, el rebelde, el que se atreve a decir lo que nadie dice pero todos piensan. Tiene una épica de resistencia, de héroe que se enfrenta al sistema. Los discursos de odio seducen a muchos jóvenes porque cuestionan la corrección política. Y cuanto más pringados se sienten, más les atrae esa retórica. Aquel que no logra ser el famoso, ni el guapo ni el triunfador de clase, a menudo abraza esos discursos de odio porque les da estatus e identidad.
«Los talleres de igualdad que se imparten en los institutos no sirven de nada, los chicos no creen en ellos»
Para describir este fenómeno, en su libro habla de ‘manosfera’, y afirma que ha desembocado en ‘manocultura’. ¿En qué se diferencian?
La ‘manosfera’ sería el ámbito, sobre todo digital, donde muchos varones han desarrollado procesos de radicalización desde una sensación colectiva victimista. En los últimos tiempos, ese sentimiento se ha extendido de manera incontrolable, invadiendo sutilmente otros territorios. De pronto, ves a empresarios de éxito, como Marc Zuckerbereg o Elon Musk, diciendo que el problema de nuestro tiempo es que las empresas han sido castradas y que deben volver a ser masculinizadas, fuertes y competitivas, y los anuncios de coches, bebidas energéticas y desodorantes, que hace poco apelaban a la empatía, ahora apelan a esa nueva masculinidad normativa. Todo ese marco mental es la ‘manocultura’ que hoy atrae a tantos jóvenes varones.
Lionel Delgado, sociólogo y filósofo, en el barrio de la Ribera, Barcelona. / Ferran Nadeu / EPC
¿Vuelve el macho?
No exactamente. Los chicos de hoy no quieren volver al Fary, sino abrazar un nuevo modelo de masculinidad ligado al retrato neoliberal del tiburón de las finanzas. Hablo de ese hombre que es competitivo, sagaz, decidido con sus inversiones, más listo que nadie, autónomo, disciplinado, que se levanta antes de nadie, se trabaja el cuerpo en el gimnasio, controla sus emociones, se declara estoico y cree que su destino depende solo de él. Este modelo es el que hoy seduce a multitud de chavales.
«Los chicos de hoy no quieren volver al Fary, sino abrazar un nuevo modelo de masculinidad ligado al retrato neoliberal del tiburón de las finanzas»
¿Vamos hacia una sociedad más machista?
Con esa palabra pasa algo curioso: si llamamos a todo machismo, al final nada es machismo. De tanto oírla, muchos chavales han acabado diciendo: vale, soy machista y a mucha honra ¿qué pasa? Pero es una reivindicación nihilista del machismo, no una declaración de principios. Es una afirmación políticamente incorrecta, hablan desde la rabia y la desilusión.
¿Quién se beneficia de que calen esos sentimientos entre los jóvenes?
Es imposible desligar este proceso del auge que está experimentando la ultraderecha, que está sabiendo manipular el malestar que hay en amplios sectores de la población, entre ellos los jóvenes, por cuestiones materiales como la crisis de vivienda, los altos precios o los bajos salarios, para convencerles de que la culpa de sus problemas la tienen el feminismo, las personas migrantes o el colectivo LGTBI. Son monetizadores de odio, y les va muy bien.
«De tanto oír hablar de machismo, muchos chavales han acabado diciendo: vale, soy machista y a mucha honra ¿qué pasa?»
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
Toca hacer autocrítica. Tengo la sensación de que el feminismo se promovió sin contar con los chavales y sin parar a conocer sus intereses ni trabajar con ellos de manera temprana. Por otro lado, creo que algunos discursos feministas simplificaron demasiado los debates sobre la masculinidad y a veces convirtieron al aliado en otro enemigo. No ayuda mucho oír a figuras respetadas del feminismo como Noemí Casquet afirmar en titulares de prensa: ‘Prefiero a un hombre machista que a un feminista, porque al menos el machista va de cara’. Cuando decimos esto, cancelamos cualquier intento de cambio, porque todas las salidas quedan bloqueadas.
¿Qué propone?
A corto plazo, necesitamos repensar la formación en igualdad que damos en los institutos. La obsesión que tenemos por cambiar a los chavales deberíamos sustituirla por escucharles y crear con ellos vínculos cercanos y horizontales, no desde la verticalidad pedagógica que se ha usado hasta ahora, que no ha funcionado. ¿Por qué no les ofrecemos talleres sobre ligar, que es algo que interesa mucho a esas edades? Desde ahí se puede empezar a hablar con ellos de consentimiento, violencia, inseguridad, deseo… También hemos de hacer algo con las redes sociales. No deberíamos permitir que unos cuantos se enriquezcan usando algoritmos que provocan malestar en nuestros jóvenes.
«Igual que muchos acabaron cansándose del feminismo de tanto machacarles con él, puede que pronto se cansen también del antifeminismo»
¿Diría que este proceso ha tocado techo o puede ir a más?
Una de las cosas buenas y malas de estos tiempos es que hoy todo pasa muy rápido, nada dura, y eso es aplicable también a los discursos de odio. Me parece sintomático que muchos creadores de contenido de las redes que se dedican a difundir esos mensajes estén perdiendo últimamente muchos seguidores y sus vídeos tengan cada vez menos visualizaciones. Al final, el nihilismo también agota. Igual que muchos chicos acabaron cansándose del feminismo de tanto machacarles con él, puede que pronto se cansen también del antifeminismo. Por otro lado, el odio y la rabia no aportan nada productivo, no solucionan los problemas, y eso también lo acabarán viendo los chavales.
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