El 23 de junio de 2016, los británicos votaron separarse de la Unión Europea. Las encuestas predecían lo contrario y las casas de apuestas pagaban 10 a 1 a favor de la permanencia. Pero, sorpresa, 17 millones de ciudadanos, el 52 % de los votos válidos, decidieron apoyar el Brexit.
El primer ministro David Cameron, miembro de la élite y formado en Oxford, tenía mayoría absoluta en los Comunes, pero decidió someter la pertenencia del Reino Unido a la UE a referéndum.
Tras una negociación mínima y abstrusa con la Comisión Europea, confiaba en ganar y, de paso, neutralizar al populista Nigel Farage, que le importunaba constantemente con la cuestión europea.
En su legislatura anterior había sometido la independencia de Escocia a consulta popular. Había ganado la permanencia y creía haber zanjado la demanda de los independentistas. Tan seguro estaba que dio libertad a los ministros de su Gabinete para que hicieran campaña por la opción que quisieran.
Al día siguiente de perder el referéndum, Cameron dimitió. Theresa May heredó su mayoría absoluta pero, en busca de legitimidad, convocó elecciones y perdió escaños. Sobrevivió gracias al apoyo de los unionistas del Ulster. El Parlamento rechazó tres veces su acuerdo con la UE.
Boris Johnson, que había sido alcalde de Londres, ministro de Cameron y adalid del Brexit, consiguió una última mayoría absoluta para los conservadores gracias también a la pésima campaña del Partido Laborista, que se había dejado arrastrar hacia posiciones ambiguas respecto al Brexit.
Fue la mayor victoria tory desde los tiempos de Margaret Thatcher.
Para muchos, el Partido Conservador ya no era el de la Dama de Hierro ni mucho menos el de Winston Churchill. «Los conservadores son el partido con más éxito de la era moderna: han gobernado el Reino Unido durante 50 de los últimos 90 años. Sin embargo, esta semana hemos visto el principio del fin del partido conservador que hemos conocido», escribió entonces Fareed Zakaria, analista de CNN y The Washington Post.
Como en todo divorcio, el papeleo costó cinco años. Pero Johnson cumplió: en enero de 2020, Westminster aprobó el acuerdo de separación con la UE, negociado con el francés Michel Barnier. Y entonces llegó la covid, ejemplo máximo de la gestión errática de Johnson y de su carácter juerguista y frívolo como inquilino del número 10 de Downing Street.
«Boris Johnson era un artista brillante, pero no servía para desempeñar un cargo nacional: sólo se preocupaba por su destino y su satisfacción personal», sentenció el historiador Max Hastings.
Desde entonces, todo ha sido rodar pendiente abajo. La siguiente en pasar por el número 10 de Downing Street fue Liz Truss, tercera mujer en acceder al cargo de primera ministra. Sólo resistió 44 días, incluidos los ocupados por el funeral de la reina Isabel II y la proclamación de Carlos III.
Su promesa de bajar los impuestos a los más ricos sin aclarar cómo compensaría la pérdida de ingresos desestabilizó los mercados financieros y provocó la caída de la libra esterlina. En pleno caos, ni la dimisión de su ministro de Finanzas pudo salvar a Truss, rematada por una rebelión de diputados conservadores.
Le sustituyó Rishi Sunak, quien había jurado su cargo sobre el Bhagavad Gita, uno de los textos fundamentales del hinduismo. «Soy británico; esta es mi casa y mi país. Pero mi herencia cultural es india y soy hindú», declaró.
En el verano anterior, Sunak era el favorito de la bancada conservadora, pero los 170.000 afiliados del partido prefirieron a Truss, más escorada a la derecha. También influyó que Boris Johnson le señalara como el gran traidor porque su dimisión como ministro de Finanzas había sido el detonante de su caída.
Un currículo espectacular, con estudios en Oxford y un MBA en Stanford, una carrera profesional iniciada en Goldman Sachs, antes de fundar su propio fondo de inversión, y su matrimonio con la hija del multimillonario propietario de Infosys lo convirtieron en el primer político incluido entre las 250 personas más ricas del Reino Unido. La fortuna de la pareja se estimaba en 730 millones de dólares.
Todo ese brillo no le permitió sobrevivir políticamente. Como declaró al Financial Times uno de sus ministros, «sus predecesores le habían dejado una tubería de problemas en el despacho».
La economía británica era la única en recesión entre los países del G7, la inflación superaba el 11 % y una oleada de huelgas sin precedentes evidenciaba que la era del dominio conservador tocaba a su fin tras 14 años en el poder.
El 4 de julio de 2024, Keir Starmer condujo al Partido Laborista a una victoria aplastante: 411 escaños de 650. Declaró que tenía intención de gobernar durante dos legislaturas. Sin embargo, en menos de dos años su Gabinete se había convertido en uno de los más impopulares de la historia reciente.
En el verano de 2024, el Reino Unido se vio sacudido por disturbios antiinmigración tras el asesinato de tres niñas en Southport a manos de un joven de origen ruandés. La respuesta fue rápida y severa. Los responsables de los disturbios, mayoritariamente blancos, recibieron duras condenas. Entre ellas figuraban castigos ejemplares para quienes habían incitado al odio a través de las redes sociales.
El problema surgió por la comparación con otro escándalo terrible: el de las llamadas grooming gangs, muchas de ellas de origen paquistaní, que durante años explotaron sexualmente a jóvenes inglesas de entornos desfavorecidos y evitaron el castigo porque las autoridades locales, la policía e incluso cargos electos decidieron mirar hacia otro lado para evitar acusaciones de racismo o estigmatización.
Elon Musk, entonces figura clave en la Administración Trump, lanzó una campaña muy dura contra Starmer. «No hay justicia para los crímenes graves y violentos, pero sí prisión por publicaciones en redes sociales. La guerra civil es inevitable», llegó a afirmar.
La prensa se cebó además con el primer ministro, acusado de recibir regalos valorados en 127.000 euros en forma de entradas para partidos de fútbol, conciertos de Taylor Swift y trajes. No era un escándalo de corrupción, pero sí un desgaste importante para un dirigente que aumentaba impuestos y recortaba ayudas sociales, como los complementos para calefacción invernal destinados a los jubilados.
Su popularidad se resintió sin discusión. Y en numerosas ocasiones, como ocurrió con algunas reformas o con la comisión de investigación sobre las grooming gangs, el primer ministro acabó rectificando. La prensa comenzó a llamarle «Mr. U-Turn» («Señor Media Vuelta»).
De poco le sirvieron su acercamiento a la Unión Europea, su firmeza en el apoyo a Ucrania o incluso su resistencia a las presiones de Donald Trump respecto a Irán.
Las elecciones locales de mayo ya apuntaban al principio del fin. Irrumpió con fuerza Reform UK, el partido de derecha populista liderado por Farage, especialmente en antiguos feudos laboristas del norte empobrecido de Inglaterra.
Todo ello coincidió con el hundimiento del Partido Conservador, que perdía votos por su derecha en favor de Reform y por su ala europeísta en beneficio de los liberal-demócratas.
Diez años después del Brexit, el dominio del bipartidismo en el Reino Unido parece cosa del pasado. Y eso ocurre mientras las encuestas señalan que el Brexit ha fracasado a ojos de buena parte de la población. Según sondeos de Ipsos, el 52 % de los británicos querría volver a la Unión Europea, frente al 33 % que se opone.
Además, el 48 % considera que el Brexit ha resultado peor de lo esperado, mientras que sólo un 9 % cree que ha sido mejor. Ipsos también señala que el 48 % apoyaría un nuevo referéndum sobre el eventual reingreso del Reino Unido en la UE, frente al 27 % que se opone.
Andy Burnham, a quien algunos consideran un posible futuro primer ministro —el séptimo en diez años—, ha reconocido que sería un error reabrir ahora mismo el debate sobre un nuevo referéndum. Sin embargo, declaró a The Guardian que espera volver a ver al Reino Unido dentro de la Unión Europea antes de morir. Tiene 56 años.












