Las divisiones y tensiones dentro del Gobierno iraní siempre han sido claras. Reformistas y ultraconservadores, durante las últimas décadas, han estado constantemente pugnando y compitiendo por el poder. Unos, los más pragmáticos, siempre con un ojo puesto en el exterior, con la idea de conseguir una entente con Occidente y Estados Unidos que sirva para sacar a Irán del aislamiento internacional que vive desde 1979, año de la revolución islámica.
En el otro lado, los radicales: hombres cerrados, contrarios a todo lenguaje que no sea el de la fuerza. Este grupo, aupado por el anterior líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, siempre ha ganado la batalla contra los reformistas.
Pero la guerra ha roto por completo este equilibrio. Irán, después del conflicto con EEUU e Israel y la firma, esta semana, de un preacuerdo que pone fin a la contienda en Oriente Medio, está gobernada por hombres mucho más radicales y conservadores que antes. Pero estos están más a favor del diálogo con Washington que nunca.
«Esta guerra ha creado un régimen mucho más radical, con mucho más poder de coerción regional con sus vecinos y el resto del mundo, porque ha demostrado que ha sido capaz de cruzar todos los tabúes y líneas rojas al atacar a todos y cada uno de sus vecinos», explica Alí Vaez, experto del think tank internacional Crisis Group.
Irán se siente doblemente victorioso. Primero, en el campo de batalla ha conseguido resistir —a pesar de los múltiples asesinatos de líderes políticos y militares— los bombardeos de EEUU e Israel, que buscaban un cambio de régimen que no se ha producido. Y segundo, en la mesa de negociaciones, con un memorando de entendimiento increíblemente favorable para Teherán, que recibirá una lluvia de millones en caso de firmar el acuerdo definitivo con Washington en las próximas semanas.
«El régimen iraní también ha conseguido algo que nunca antes tuvo. Ha obtenido una arma de destrucción masiva: el control del estrecho de Ormuz. Y esto es un camino de una sola dirección. Una vez se toma un arma de este tipo, no se entrega fácilmente», continúa Vaez. El texto del preacuerdo, publicado este jueves, da espacio a que Irán cobre a partir de ahora por el paso de cargueros y petroleros por la vía, una de las más transitadas del mundo.
De dos a tres
Si antes había dos grandes facciones en las altas esferas iraníes, ahora habría tres. La más importante es la que ha ganado más peso tras la guerra: la Guardia Revolucionaria iraní y sus altos cargos, hombres conservadores pero más nacionalistas y militaristas que ideológicos. Estos, liderados por el presidente del Parlamento, Mohammed Bagher Ghalibaf, han impuesto su propio líder supremo, Mojtabá Jameneí, y han acallado las voces de los más ultraconservadores, contrarios a cualquier diálogo con EEUU.
Estas facciones más radicales están lideradas por el representante del líder supremo en el Consejo de Seguridad Nacional, Said Jalilí, que ahora guarda silencio tras la firma del preacuerdo.
El último grupo, el de los reformistas, es el que más poder ha perdido durante la guerra, con un presidente iraní, Mesud Pezeshkian, superado y desautorizado constantemente por otros oficiales persas.
«Es el momento de la unidad, de buscar el apoyo de la gente, tanto de seguidores como críticos de nuestro sistema. Debemos apoyar a los negociadores para que nos lleven a un acuerdo que sirva para llegar a una paz duradera, una vida lejos del miedo y la guerra», ha dicho esta semana Mohammad Jatamí, expresidente iraní y figura histórica dentro del movimiento reformista de la República Islámica.
«El régimen iraní ha demostrado con la guerra que tiene un agarre firme en el poder —asegura Vaez—. No parece haber posibilidad de contestación alguna, porque la guerra ha servido que si antes los protestantes podían ser vistos como gente con críticas razonables al sistema, ahora son directamente catalogados como traidores. En el otro lado de la balanza, frente al régimen, está la sociedad iraní, desorganizada, dividida».
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