Zapatero no devuelve las joyas, un giro de guion que hubiera invertido el hundimiento de su cotización (de Zapatero, no de las joyas). Promete a cambio restituciones más etéreas, en su manifiesto adolescente. «Devolveré la confianza a quien ahora duda», anuncia el expresidente, persuadido de que se trata de una devolución gratuita. Y ajeno sobre todo a que los desconfiados no dudan, sino que están convencidos de haber sido traicionados, según registran los sondeos electorales.
Zapatero ha perdido definitivamente la confianza de los fieles. Su crédito ha caducado, con independencia del veredicto electoral. Juan Carlos I nunca fue condenado, Jordi Pujol tampoco lo será. El único presidente del Gobierno invicto de la democracia española arruina su prestigio y, dado que el dinero le importaba más de lo que se pensaba, ha malbaratado su leyenda a un precio irrisorio. «Devolveré las joyas para recuperar vuestra confianza» llamaría cuando menos la atención, en una sociedad obsesionada con el mercado de predicciones de Polimarket y Kalshi, pero la falta de postores sería otra prueba de la desfiguración del socialista. La nota del miércoles equivalía a que el antiguo Zapatero contemplara al nuevo Zapatero, espantado del repentino envejecimiento del personaje creado con tanto esmero.
A fecha de hoy, Zapatero no ha reconocido ni un solo error; será, por tanto, que no lo ha cometido. Su comportamiento supera en pureza a quienes ni siquiera están imputados. La autoproclamación de «completamente inocente», un concepto irreal y vulgar hasta en la redundancia de la expresión, produce añoranza del sacerdote de La luz, sin duda, la película española y casi extranjera del año. El capellán interpretado por Alberto San Juan se declara culpable de abusos y ansioso por cumplir la penitencia que implora, en la España real son víctimas hasta las emperatrices que se invistieron de catedráticas.
La inmolación de Zapatero no son los «informes verbales» sin contrato y de destinatario desconocido, sino la tasación que según su ilustre portavoz lo llevó a valorar sus joyas en treinta mil euros. La proverbial modestia de ZP, entonarán sus irreductibles. Para calibrar la dimensión de este comportamiento mendaz, basta con preguntarse si el expresidente se quedaría hoy con los zafiros y rubíes, o si renovaría sus votos de amistad con Julito Martínez de no necesitar el silencio de su socio para aspirar a una absolución por la mínima.
El engaño millonario es peor que una condena, y los contrafactuales invitan asimismo a imaginar a Zapatero llegando a las estancias privadas de La Moncloa, tras su encuentro con el rey de Arabia en los albores de la gran crisis económica de 2007/08. Papá José Luis fue Papá Noel en pleno junio, cargado de oro y piedras preciosas extraídas a sangre por Abdullah, y que seguramente supusieron un refugio para la familia presidencial mientras los restantes españoles se sumían en la incertidumbre provocada por el Gobierno. Por supuesto, en la hipótesis dudosa de que el socialista de pro no haya vuelto a mentir sobre el origen de los collares.
En estos días cambia la reverberación del «cueste lo que cueste, y me cueste lo que me cueste», el gemido lorquiano que definió la crisis para el resto de españoles. El coste tenía excepciones, ni entonces ni ahora se desprende Zapatero del tesoro que no le pertenece. Le aguarda un duro otoño sin necesidad de celda, se ha ganado a pulso el desprecio colectivo. No es absurdo imaginar que las joyas sirvieron de trampolín, de acicate para afrontar empresas económicas más exigentes, pero todavía mejor recompensadas.
Aristóteles Onassis llevaba siempre en el bolsillo un fajo de billetes, que estrujaba continuamente para recordarse las cumbres que había escalado desde una infancia menesterosa. Zapatero también tenía un refugio dorado en su despacho propiedad del PSOE, que podía escrutar y manosear en los tiempos de zozobra. También cambia ahora la perspectiva de los mitines vibrantes de la campaña de 2023 para su amigo Pedro Sánchez, enardeciendo a las masas tras cerciorarse de que había cerrado a cal y canto la caja fuerte de sus vergüenzas.
En su último sacrificio por el PSOE, la obsesión con Zapatero oculta que su patrocinado Sánchez se ha vuelto tóxico para sus socios y para su propio partido, sin servir siquiera de dique a sus enemigos. La defensa sanchista de ZP peca de impostada y superficial., corromperse era distinto en 2007 que en 2026, en febrero que en diciembre. La legislatura ha acabado, aunque prosiga ahora con el rango de simulacro. La condición letárgica del PP perezoso no oculta la evidencia de que la izquierda se está cavando una fosa de notable profundidad.
El PSOE debe plantearse muy seriamente si la misérrima subsistencia actual compensa su desfallecimiento futuro, por muchos sueldos que haya en juego. Para el espectador a secas, contemplar a Zapatero devorado por la Audiencia Nacional demuestra que la realidad sigue teniendo un peso. El efecto de la entrada en el recinto penal resulta demoledor, incluso para quienes habían contado los días pendientes hasta la declaración del expresidente. El sentimiento exótico de la tristeza convive con la indignación.
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