No cambiaremos a Estados Unidos con sus cosas porque así deben seguir. Pero más allá de que tengan su particular sentido del ‘show business’ –en el Lumen Field de Seattle, antes de vencer a Australia y asegurar su acceso a la siguiente ronda, sacaron a Paris Hilton para que agitara un ratito la mano–, da gusto ver cómo su fútbol masculino continúa evolucionando mientras trata de mezclar la intensidad y exigencia que distingue ahora a los mejores clubes europeos, con la diversión que exige su propio pueblo, que si no se entretiene no vuelve a pedir una cocacola de litro.
La selección que ha pergeñado Mauricio Pochettino quizá no tenga el embrujo ‘freak’ de aquella a la que le tocó ser anfitriona en 1994, con la perilla pelirroja de Alexi Lalas como gran reclamo junto a los Tony Meola, Coby Jones, Tab Ramos o Eric Wynalda. Aquellos tipos fueron eliminados por la campeona Brasil en octavos con un gol de Bebeto y ya está. El carisma de la actual Estados Unidos no depende de las piezas, sino de un plan grupal en el que todos sus futbolistas ofrecen la mejor versión de ellos mismos. Y se sacrifican cuando toca, algo que se pudo verse en ese segundo tiempo en que Australia se hizo por fin con la pelota y trató de levantarse sin éxito.
Antes, uno tuvo que restregarse varias veces los ojos al ver a Sergiño Dest practicar el fútbol con el que la hinchada azulgrana soñó cuando lo vio llegar al Camp Nou con cara de despistado –cómo olvidar el día que acudió a la triste despedida Messi del Barça con la ropa de ir a la playa–. El carrilero, que siempre encontraba escondrijos por donde correr, fue uno de los grandes puñales empleados por Pochettino para desgastar a la tupida defensa australiana. Pero no fue el único, sin que el combinado estadounidense tuviera que echar de menos a Pulisic, fuera de la convocatoria por molestias en el gemelo.
Paris Hilton, antes del inicio del Estados Unidos-Australia. / AFP
Folarin Balogun, el delantero del Mónaco que deslumbró con dos goles en el debut contra Paraguay (4-1), siguió a lo suyo. Esta vez, llegando como un reactor a la línea de fondo para centrar un balón al corazón del área al que no supo dar réplica el central Burgess. No sólo fue incapaz de sacarse el balón de encima, sino que le hizo una faena a su portero llevándolo a su propia red.
La Australia de Popovic, que quizá confiara en que el mismo plan defensivo con el que ganó a Turquía (2-0) también le bastaría esta vez, a duras penas salía de su cueva. Incluso se permitió el técnico de los Socceroos se permitió dejar en el banco durante todo el primer acto a sus dos goleadores de la primera jornada, Irankunda y Metcalfe. Aunque a punto estuvo de dar réplica al tanto inaugural el veterano Leckie, que conserva su delicioso toque con el exterior.
Pero los de Pochettino, que seguían sacando partido a la movilidad de sus jugadores, sacaron también partido a la estrategia justo antes del descanso. Una falta lateral sacada hacia la frontal y rematada por Dest concluyó con un rebote y el posterior testarazo a gol de Freeman, defensa del Villarreal, cuya posición legal tuvo que ser validada por el VAR después de que el árbitro no lo hubiera visto claro antes. Cuando el colegiado alemán Felix Zwayer, que acabó el partido acalambrado y asfixiado, anunció al público que el 2-0 era un hecho, todo el banquillo de Pochettino salió a celebrarlo a sus anchas por el césped.
Con el trabajo hecho, los coanfitriones se dedicaron a resistir ante el furioso empuje de una Australia que acabó frustrada frente a una Estados Unidos que, desde 1930, nunca habían enlazado dos triunfos en un Mundial. No es casual.
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