Hace muy poco, un compañero de trabajo, en su afán por demostrar que cualquier cosa nos puede pasar en lo que respecta a la edad de jubilación, me envió, en un intento desesperado de constatación de su teoría, una captura de la pantalla de su televisión.
En la imagen, dividida a su vez en tres partes, aparecía la presentadora Marta Flich, el vídeo de una trabajadora en una oficina y finalmente un habitual contertulio. El programa era nada más y nada menos que «Directo al grano», alias DAG. Un espacio informativo sereno y nada alarmista que cada tarde, después de comer, nos ofrece la cadena «amiga y pública»: TVE1. Un espacio que consigue convertir en una nube de algodón humorístico azucarado a su oponente en Cuatro, «Todo es mentira», alias TEM, conducido por el sarcástico Risto Mejide.
Lo más llamativo de la imagen, sin embargo, era la rotulación de la parte inferior:
«¿Trabajar a los 70? El debate se enciende ante la polémica medida de alargar la vida laboral por encima de los 70 años».
Como se podrán imaginar, casi me provoca un corte de digestión. A veces creo que es el fin último del programa, cuyo sensacionalismo es sencillamente sensacional.
Lo curioso de todo es que precisamente esa misma mañana habíamos estado hablando de la edad media de quienes somos funcionarios, demasiado añosos ya, y de la necesidad de un relevo generacional antes de la extinción masiva, primero de los dinosaurios boomers y después de los pertenecientes a la generación X.
Intenté averiguar la fuente de tal rotulación y no fui capaz de encontrar la noticia que había dado origen a aquel espacio. Lo que sí encontré —y puede que se refirieran a ello— fue un artículo de elEconomista.es de finales de mayo, en el que se recogía un reciente estudio elaborado por CEU Cefas, un laboratorio de ideas perteneciente a la Fundación Universitaria San Pablo CEU y a la Asociación Católica de Propagandistas (ACdP).
En el estudio, se advertía de que habría que elevar la edad de jubilación hasta los 73 años para blindar las pensiones del futuro. Hablaba del alargamiento de la esperanza de vida y de la baja natalidad, como principales causas. Decía así mismo que cada año adicional de retraso de la jubilación solo aliviaría el problema temporalmente, ya que, en menos de tres años, las cuentas de la Seguridad Social volverían a ser deficitarias si no se rejuvenecía la base demográfica. También afirmaba que ni siquiera la inmigración resolvería por sí sola el problema.
Entonces, ¿a qué desastre estamos supuestamente abocados?
Todo ello coincide, además, con la oficialización de otro cambio histórico: la posibilidad de que los autónomos puedan seguir trabajando como tales una vez jubilados, sin perder la pensión (exigua en muchos casos). Según los expertos, con esta medida la Seguridad Social también saldría ganando.
A donde quiero ir a parar y poniéndome un poco tolkiniana (que me perdonen sus devotos), es que hay algo que se extiende como un rumor, un susurro que se mueve entre las hojas, una sombra apenas perceptible en el bosque: no es Sauron, sino alargar aún más la edad de la jubilación. Asusta pensar que con 70 años o más debamos seguir trabajando porque los números no cuadran, mientras existe un relevo generacional que empuja desde abajo para poder vivir, formar una familia y traer al mundo a los tan necesarios sustitutos demográficos, pero que no puede hacerlo porque todavía estamos —y estaríamos, al parecer, durante bastante tiempo— los del Triásico ocupando sus puestos.
Pero no hay que preocuparse, de momento, salvo que uno sea un fan incondicional de Directo al grano.










