Graduaciones motivacionales

La verdad es que nunca me había parado a pensar hasta qué punto las graduaciones eran importantes hasta que asistí a las de mis hijas. Cuando abandonaban primaria, el colegio nos convocaba a los padres, ponía a los pequeñuelos un birrete de cartulina y otorgaba premios en varias categorías.

Los estudiantes se han acostumbrado tanto a estas ceremonias que casi constituyen ritos de paso; mientras en algunas tribus abandonan en la selva a sus vástagos o hace años se esperaba a que el niño hiciera la confirmación para permitirle sentarse a la mesa con los mayores, ahora tiene que pasar por la puesta de largo o subirse a una tarima.

Solo cuando han conseguido ya el aplauso de sus compañeros, la foto con el profesor y el diploma de turno son “mayores” con pleno derecho.

Hay discursos de graduación ya muy famosos: ahí está el de David Foster Wallace o el de Steve Jobs. Hace unas semanas, Jonathan Haidt, autor de La transformación de la mente moderna, fue invitado a participar en uno de esos actos en la Universidad de Nueva York. Antes incluso de su intervención, algunos alumnos demandaron que se cancelara el evento.

“Los estudiantes se han acostumbrado tanto a estas ceremonias que casi constituyen ritos de paso”

Haidt me cae simpático y creo que sus libros tienen bastante que aportar. Me temo, sin embargo, que su discurso fue por los mismos derroteros del lugar común. Ya saben: seguramente se refirió a lo que los alumnos necesitaban para capear el temporal de la vida, dónde está el secreto del éxito y la importancia de echar la vista atrás, cultivando las amistades forjadas durante la estancia en la universidad.

Pero un discurso de graduación no es una homilía, ni debería ser nada terapéutico, entre otras cosas porque sus destinatarios están tan nerviosos y tan inquietos por hacerse la fotografía y no pisarse el vestido que apenas prestan atención a lo que dice quien imparte la lección magistral.

Ahora tenemos graduaciones motivacionales. Pero, en su origen, la graduación era un acto universitario y se esperaba que el académico que apadrinaba la promoción impartiera una conferencia sobre su materia de estudio. Era la manera de poner fin a la trayectoria en la universidad y el broche del curso, que también se inauguraba con una lección de contenido científico.

La costumbre ha cambiado; tanto los responsables de los grados universitarios como los egresados desean que un profesor -a veces incluso lo eligen ellos mismos, tras una elección absolutamente democrática- les pase la mano por el lomo y regale su oído con lecciones de pensamiento positivo.

Hace ya tiempo que los expertos insisten en que nos hallamos en la época de la generación de cristal y que los chicos son cada vez menos resistentes. O resilientes. El propio Haidt ha explicado que la mente es antifrágil y que, si en lugar de exigencia y pensamiento crítico, en las clases simplemente se intenta no ofender a quien piensa de otro modo, los universitarios saldrán sin apenas competencia intelectual.

“En su origen, la graduación era un acto universitario y se esperaba que el académico que apadrinaba a la promoción impartiera una conferencia sobre su materia de estudio”

Lo que sucede con los discursos de graduación es un síntoma del subjetivismo posmoderno. Al final, es el criterio individual -ese yo que ha crecido de forma agigantada- el que determina la relevancia de todo. Así, los estudios universitarios o la ciencia interesan en la medida en que afectan o sirven para dar expresión a la propia subjetividad.

Eric Voegelin habló de la revolución egofánica, es decir, del momento en que el mundo moderno comienza a pivotar sobre el individuo, en lugar de hacerlo sobre Dios. El problema es que el individualismo alcanza cotas enfermizas: cuando crece en demasía el yo, apenas deja espacio para intereses, aficiones, valores o bienes más alto o importantes que uno mismo.

En ello coinciden dos referentes importantes, de denominación de origen española. Por un lado, Antonio Escohotado: el filósofo convertido al liberalismo comentaba que estudiar -es decir, profundizar en cualquier materia- exigía olvidarse del propio ombligo. Si quieres aprender de verdad, deja tu yo en la puerta de la biblioteca. Sin salir de uno mismo, no puede captarse la verdad de las cosas.

También he escuchado algo parecido a un médico humanista, Manuel Sans Segarra, que se prodiga en podcast y se ha convertido en todo un influencer. Aunque me chirría bastante cuando narra experiencias cercanas a la muerte, en mi opinión da bastante en el clavo al afirmar que los problemas de ansiedad y depresión se asientan en un ego desmedido.

Ojalá vuelvan las lecciones magistrales a los actos de graduación y se recupere poco el espíritu intelectual en el lugar donde nunca debió salir: la universidad.

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