Una fogata, una botella de ron palmero y más de 5.000 metros de altura. Ese es el escenario en el que comenzó todo. Hace apenas unos días se hacía público que el fotógrafo palmero Arturo Rodríguez y el periodista manchego Alejandro Muñoz habían logrado identificar la que podría ser la ubicación de uno de los templos incas más importantes de Perú: Ancocagua. Un hallazgo que se plasma en el reportaje de investigación En busca de la ciudad perdida de los incas y en la portada de junio de National Geographic, que además les ha servido para convertirse en el primer equipo español en ocupar la carátula de la prestigiosa revista estadounidense.
Sin embargo, la historia de este hito arqueológico –y en la que intervienen estos dos protagonistas– comenzó años atrás. En concreto, su primer paso lo dieron una noche de 2024, en medio de una expedición para otra información totalmente distinta. «La historia es larga», avisa el fotógrafo. Y también de película.
Tanto él como Muñoz se habían desplazado hasta Perú en busca de Vilcabamba, situada en Cusco. Y no era la primera vez que trabajaban juntos. «Es una ciudad perdida desde hace muchísimos siglos y un montón de investigadores han intentado encontrarla durante los últimos 200 años», explica. Fue una región controlada por narcotraficantes y el grupo terrorista Sendero Luminoso durante años, hasta su desaparición en la década de los 90. «A partir de ahí, algunos exploradores han podido adentrarse en la zona», detalla. Y esta historia, aunque interesante, termina por alejarse, por el momento, de National Geographic.
Una expedición distinta a la de T’aqrachullo
«Era una expedición hispano-peruana y, por tanto, fuimos acompañados por un supervisor de la dirección Desconcentrada de Cultura de Cusco, algo así como alguien del Ministerio de Cultura en España, para que inspeccionara nuestro trabajo en el área», detalla. El camino hasta el destino original, Vilcabamba, requería días de caminata. «El supervisor tuvo que pasar la noche con nosotros y decidimos encender una fogata, abrir una botella de ron de La Palma y empezar a contar historias«, señala. Y como si de una escena de cine se tratase, bajo estrellas y en el área rural, surgió una conversación.
El hermano de Rodríguez, montañero de profesión, formaba parte del equipo de seguridad –la expedición tenía lugar a más de 5.000 metros de altura– y fue el primero en romper el hielo. «Le comentó al supervisor que yo era fotógrafo de National Geographic, y él se quedó dándole vueltas a esa información durante toda la noche», señala. Al día siguiente, en la mañana, el supervisor les comentó una idea que rondaba por su cabeza. «Nos dijo que al sur de Cusco había una excavación de la que estaban sacando mucho oro, un lugar muy interesante y mucho más grande que el Machu Picchu», recuerda Rodríguez. La idea era que tanto él como Muñoz se acercaran por la zona para ver si a la revista estadounidense le podría interesar el proyecto. «Como ambos teníamos buenos contactos contestamos que sí, que podríamos pasar por allí a ver qué tal, sin más pretensiones«, comenta. Pero esa decisión cambió el rumbo de su viaje y les llevó, probablemente, a uno de los trabajos más importantes de su trayectoria profesional. Al menos por el momento.
«Nos trasladamos hasta T’aqrachullo-María Fortaleza y documentamos el final de la campaña de restauración de este complejo arqueológico inca», subraya. Durante diez días se encargaron de sacar fotos , vídeos y realizar entrevistas. Además, estuvieron un mes visitando lugares de interés relacionados con la zona, museos e incluso depósitos de joyas. «Hasta ese momento no teníamos ni idea de que podría tratarse del templo de Ancocagua, conocíamos su historia, pero no sabíamos que es lo que podía ser ese lugar en realidad», rememora.
Una percha periodística y científica
Fue Muñoz, unos meses después, el que dio con la clave. «National Geographic no veía clara la publicación del reportaje porque a pesar de todo lo que estaban descubriendo no existía un artículo científico que confirmara la importancia que realmente tenía», revela Rodríguez. En este sentido, Muñoz, con la presión de conseguir un aval científico, pasó meses investigando hasta que, finalmente, logró su objetivo. El joven periodista localizó una publicación de hace 30 años del arqueólogo americano Johan Reinhard –conocido por sus descubrimientos de momias en las cimas de volcanes de Sudamérica–.
El documento aseguraba que este era el lugar en el que se encontraba el templo de Ancocagua, pero por aquel entonces carecía de pruebas. «Cuando Reinhard vio las fotos y vídeos nos dijo que ahora sí que estaba al 100% seguro de que este era el templo de Ancocagua», relata Rodríguez.
Un hallazgo lleno de casualidades
La historia de Ancocagua está llena de casualidades. «El supervisor que nos pone sobre la pista del templo, 500 años después, se apellida Pizarro, descendiente de Francisco Pizarro –el conquistador español que ordenó matar a Atahualpa, el último emperador del Imperio Inca–», explica.
Otra coincidencia clave tiene que ver con los manuscritos del cronista Juan de Betanzos, en los que describía el templo de Ancocagua y su ubicación. Los capítulos donde aparecía esta información desaparecieron misteriosamente y no se recuperaron hasta cinco siglos después, en una casa de Mallorca. «La historiadora española María del Carmen Martín identificó los documentos y publicó el hallazgo en El País, un periódico que leía habitualmente Johan Reinhard desde Washington», agrega. A partir de ahí, comenzó su investigación hasta el día de hoy.
Así, alucinado por el hallazgo, Reinhard, decidió coger un vuelo y visitar Perú. Allí se reunió con los arqueólogos peruanos Emerson Pereyra, líder del proyecto de restauración de T’aqrachullo-Maria Fortaleza, y Alicia Quirita, pionera en el estudio del sitio arqueológico hace más de 30 años. «Eran los tres expertos del templo de Ancocagua y mientras ellos ponían las pruebas sobre la mesa, sentados en esas piedras antiguas, Alejandro y yo grabábamos y tomábamos fotos», recuerda. Después de un tiempo de diálogo, se levantaron, se abrazaron y llegaron a una conclusión: «Era el templo de Ancocagua».
El reportaje se enmarca en una investigación de cinco siglos
Este proceso de trabajo y documentación duró dos años. «Aunque ha sido un recorrido de más de 500 años, desde la muerte de Atahualpa hasta hoy», apunta. Para el fotógrafo canario, volver a aparecer en una portada de National Geographic, como ya lo hizo en mayo de 2024 al mostrar al mundo las entrañas del Tajogaite, es siempre un «premio enorme». Aunque claro, con diferencias en la ejecución.
«A mí lo de La Palma se me apareció como la virgen y este reportaje ha supuesto mucho esfuerzo económico y de tiempo», detalla. Según cuenta el palmero, la revista trabaja a través de freelances, es decir, carece de un equipo de redacción y fotografía contratado de manera fija. «Para ellos es la única manera que hay de mantener la máxima calidad, ya que el freelance está siempre esforzándose para llegar hasta ahí», explica.
En este contexto, Rodríguez es colaborador habitual de la revista y aglutina ya cinco portadas. «Nosotros fuimos con la idea de sacar un reportajito sobre un lugar interesante en el que había mucho oro y de repente nos ha explotado esto en la cara», cuenta. Y es que a su juicio, participar en uno de los mayores descubrimientos de América del Sur de los últimos 50 años es una experiencia «increíble». Eso sí, sin quitar mérito al resto de sus trabajos, siempre barriendo para casa. «No te digo que mi primera portada con el volcán no haya sido emocionante, precisamente porque me la pasé llorando como un bebé», confiesa. Pues trabajar en National Geographic siempre fue la ilusión de su vida.
Para Muñoz, este logro ha supuesto el hito más importante de su carrera hasta el momento. «Por mi parte, documentar unas ruinas que no sabíamos exactamente lo que eran fue alucinante, era un sitio extraordinario del que no dejaban de salir pecheras de plata, brazaletes y todo tipo de cuchillos ceremoniales», rememora el manchego.
Desde su hallazgo, el complejo arqueológico se ha convertido en un sitio turístico de gran interés. «Antes lo visitaban entre 20 y 30 personas a la semana y ahora con la narrativa del templo perdido ha cambiado mucho la afluencia de gente, además ha servido para impulsar carreteras y conectar sitios remotos con comunidades vulnerables«, explica.
«Este proyecto ha sido un esfuerzo enorme, con meses de muchos trámites, permisos y negociaciones, además de hambre y frío», relata Rodríguez. Aunque también con muchísimas cosas buenas. «Hemos conocido a gente interesantísima y hemos aprendido bastante, el resultado de acabar en portada ha sido, de nuevo, espectacular, y es difícil describir en pocas palabras la sensación que nos provoca», concluye.
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