¿En qué párrafo de la biografía de Zapatero debe aparecer su imputación como líder de una presunta organización criminal? Ya lo ven, en el primero, todo será más fácil tras el desnudamiento frontal. Súbitamente, la conducta del único presidente del Gobierno que nunca ha perdido unas elecciones ensombrece su biografía, el eclipse total del 12 de agosto adelantado a mayo.
Si Zapatero no es inocente, todos somos culpables, y no solo por haber cerrado los ojos ante la acumulación de coincidencias sospechosas.
Aunque la egolatría de Sánchez le impide reconocerlo, debe su mísera subsistencia desde 2023 a su predecesor. Por tanto, el hombre que retiró las tropas españolas del polvorín de Irak arruina ahora las posibilidades residuales de supervivencia del Gobierno que creó.
Solo la imagen del hijo pródigo, encarnado en figuras tan improbables como Luis Bárcenas, impacta con la fuerza del ángel caído. La iconoclastia es el deporte favorito de los españoles, pero la satanización de Zapatero cursa con la dificultad de enfundarle el traje de diablo, compone un torpe Belcebú. Sus socios de Plus Ultra se mofaban de su colaboración pagada, tildándolo de ‘Mr. Bean’. Quede para la galería de curiosidades que el artífice de un Gobierno del PSOE junto a Bildu o Esquerra rescató a una compañía aérea de ultraderecha. El máximo ejecutivo de la fantasmagórica entidad bromea con la necesidad de quitarse los tirantes con la bandera de España, tras el fichaje del expresidente.
Cuando solo era político y aún no ejercía de lobista, salvo sorpresas todavía en el arcón, el secreto de Zapatero consistía en hacerte creer que eras más inteligente que él. Es posible que no se encelara con amistades peligrosas solo por dinero, sino para que se lo tomaran en serio de una vez. La cúpula del PSOE difundía una anécdota protagonizada por el padre del expresidente del Gobierno, el prestigioso abogado Juan Rodríguez García de Lozano. Llega un cliente a su bufete, y le plantea un asunto de notable enjundia. El letrado emite su opinión:
—Es un caso difícil, pero no te preocupes que se lo encargaré a mi hijo.
El cliente da un respingo, y el abogado le tranquiliza:
—No, a José Luis, no, a su hermano.
Zapatero se ha pasado el siglo XXI intentando que España le guardara un respeto. El martes de dolores, en que se difundió su liderazgo indiciario de una banda criminal, un observador neutro emitió un sucinto:
—No le veo capaz.
Y no se refería a la aptitud moral sino intelectual, para diseñar operaciones de ingeniería financiera. Las dudas sobre la capacidad no se abatieron nunca sobre Juan Carlos I, por citar a otro experto en la elaboración de tramas económicas en los Eméritos Árabes Unidos.
En su segunda legislatura con mayoría absoluta, Aznar podía subirse a diario al helicóptero que lo depositaba en el campo de golf, porque contaba con un aliado inesperado. Zapatero visaba con su talante pactista las iniciativas del PP, hasta el punto de suscitar dudas sobre si pretendía desafiar a la derecha o integrarse en ella.
La segunda revolución zapatista solo llegó después de que Rubalcaba le ganara las elecciones de 2004 al rescatador de Plus Ultra, en la medianoche del sábado previo a la apertura de urnas. Desde el candor, Zapatero amaneció al poder como una persona capaz de hacer el bien sin examinar las consecuencias, ahora se descubre que aplicaba la misma ingenuidad a sus maniobras orquestales en la oscuridad.
El auto del misterioso juez Calama obliga a cada español a preguntarse en qué momento debió plantearse que Zapatero no era un ser de luz, sino un Lucifer. En mi caso, me encuentro a solas con el presidente del Gobierno en su esplendor, en un escueto vestuario antes de salir a escena para protagonizar un mitin multitudinario en un pabellón. En aquel 2008 le aguardaban miles de socialistas enfervorizados, pero al político en trance de reeditar el cargo no se le alteraba un músculo.
Tampoco parpadeaba, en alusión a la ceja. Al contrario, desplegaba su bondad universal ante un único oyente:
—Cuando escuché a Rajoy en el debate televisivo sacar a ‘la niña’, sentí lástima por él. Vi que se estaba metiendo en un lío, me hubiera gustado sacarlo del atolladero.
En labios del intermediario que involucra en una trama maloliente a sus propias hijas, sin duda el punto más estupefaciente de la operación Plus Ultra. Como otros millones de españoles, me dejé guiar por el político conmovido con la niña equivocada en el momento equivocado, en lugar de reparar en su sangre fría a punto de medirse a las masas. Hoy solo sobrevive la vacua consolación de que tal vez el otro Zapatero también existió.












