Si Adolfo Suárez fue el presidente que lideró el tránsito de la Dictadura a una democracia plena que en un tiempo récord (junio de 1977, menos de dos años después de la muerte de Franco) fue capaz de celebrar unas elecciones libres en las que pudo participar incluso el PCE. Si Felipe González fue el presidente que construyó el Estado del Bienestar tal como hoy lo conocemos, consiguiendo que Europa no acabara en los Pirineos e implementando la mayor transformación vivida por España en siglos. Si Aznar modernizó el Estado, liberándolo de lastres burocráticos y de intervencionismos en el mercado que pesaban más que ayudaban. Si en todo eso, con los matices, críticas y discrepancias que se quieran, podemos estar de acuerdo, también lo estaremos en que José Luis Rodríguez Zapatero fue el presidente que extendió los derechos sociales y civiles hasta límites que antaño sólo se creían posibles en los países del norte de Europa, ni siquiera en los centrales o en Francia, la gran referencia de las libertades desde el siglo XVIII.
La lista de las leyes aprobadas en esa línea durante el primer mandato de Zapatero, entre 2004 y 2008, es sencillamente apabullante: la ley del matrimonio homosexual, la de identidad de género o la de igualdad efectiva (las listas paritarias empezaron ahí: hasta entonces las mujeres en política, salvo honrosas excepciones que sólo servían para confirmar la regla, eran sobre todo actrices secundarias), la primera ley contra la Violencia de Género (y, en consecuencia, los primeros juzgados especializados en combatirla) y la primera de Dependencia, lo que obligó al Estado a empezar a asumir una responsabilidad que hasta entonces sólo recaía en las familias o las entidades caritativas. Pero también cambió la ley del divorcio, para que nadie tuviera que justificar ante la Administración una decisión tan íntima y personal como la de poner fin a una relación; la del aborto, que pasó del sistema de supuestos (de nuevo, la Administración obligando a justificarse al ciudadano) al más objetivo de plazos o hasta la primera ley antitabaco, cuyos efectos beneficiosos a día de hoy ya no se discuten. No fue esa la ley más polémica que se aprobó bajo su presidencia: la más controvertida fue la de Memoria Histórica, por la que le acusaron de revivir la Guerra Civil. Pero, como ya escribí una vez, en mi opinión si esa ley tuvo algún error fue el de llamarse “de Memoria”, porque la memoria es un elemento subjetivo, cuando tendría que haberse llamado “de Justicia Histórica”, porque eso, justicia, era lo que reclamaban los miles de cadáveres que permanecían en las cunetas desde 1939. No una justicia retroactiva que ajustara cuentas, cuando ese debate ya se había zanjado en la Transición. Pero sí que devolviera la dignidad a todos aquellos a quienes les fue arrebatada.
Por supuesto, el Gobierno de Zapatero también tuvo momentos de graves incapacidades. El catedrático de Ciencias Políticas Ignacio Sánchez Cuenca, cuando se refiere a aquel tiempo, distingue entre “los años del cambio”, que se corresponden con el primer mandato de Zp, de 2004 a 2008, y “los años de crisis”, que se refieren al segundo mandato, que Zapatero tuvo que interrumpir abruptamente adelantando las elecciones a 2011 en medio de una de las mayores recesiones económicas globales de la historia, en la que España, por su esquema productivo, fue uno de los países que más sufrió: el desempleo y el cierre de empresas se disparó, por primera vez hubo que meter mano a las pensiones y el salario de los funcionarios para evitar que los famosos “hombres de negro” enviados por la Europa del austericidio destrozaran este país como hicieron con Grecia, y fue también cuando se acabó con el sistema de cajas de ahorro, sin percibir que, en esencia, formaba parte también de la red de seguridad del Estado del Bienestar. Zapatero convocó elecciones para noviembre de 2011 y renunció a presentarse como candidato, a pesar de tener la baza de que un mes antes de los comicios ETA anunció el “abandono de la lucha armada”, algo que todos los presidentes habían perseguido de todas las maneras posibles, pero que fue él el que consiguió. La crisis económica pesó más y el PSOE obtuvo, con Alfredo Pérez Rubalcaba de candidato, uno de los peores resultados de su historia. Pero su legado, ese que ha permitido a personas del mismo sexo vivir la vida que han elegido sin ser perseguidos por ello; que la violencia contra las mujeres sea vista como lo que es, puro terrorismo, aunque los crímenes que siguen registrándose nos recuerden todos los días lo mucho que queda por luchar; o que la igualdad vaya ganando centímetro a centímetro el terreno que no debería discutirse; ese legado, digo, está incorporado ya a nuestra cotidianidad.
Por todo ello, la imputación por presunta corrupción de Zapatero es uno de los mayores mazazos que este país ha recibido desde que recuperó las libertades. Lo es, desde luego, para la izquierda en general. Lo es, indudablemente, para el PSOE. Pero lo es también para todos los ciudadanos, incluso para aquellos que más contrarios fueron a su gobierno. Quienes en estos momentos se estén alegrando porque piensen que con esto por fin caerá el “sanchismo” pueden tener derecho a sentir esa satisfacción. Pero aunque ahora no sean capaces de reparar en ello, el daño nos afecta a todos, a ellos también, porque el golpe y la decepción van directamente contra la línea de flotación del régimen democrático y del sistema de convivencia. Si Zapatero, con sus errores y sus aciertos, no era un avanzado ni un idealista, sino un corrupto, entonces no hay salvación.
Bajemos a tierra. Hablemos de las consecuencias previsibles. Junts y el PNV ya han empezado a removerse. Es su naturaleza. Por primera vez, votar con Feijóo y Abascal para derribar al Gobierno, no por ganar nada sino por el puro miedo a lo que les quede por perder si no resetean, es una opción que valoran siempre que sea para adelantar comicios. Pero Pedro Sánchez intentará seguir aguantando. Es lo que siempre hace. Da igual cuánto de fuerte sea el chaparrón. La cuestión es si esa resistencia es a estas alturas razonable. Si un Gobierno sin presupuestos, cuyos partidos pierden una tras otra todas las elecciones parciales a las que se presentan, que se ha quedado sin la capacidad de llevar leyes a las Cortes porque carece de la mayoría suficiente para aprobarlas, acosado en los tribunales por escándalos que afectan a quienes han sido piezas básicas del Gobierno o del PSOE, y que además se ha quedado también sin referentes morales, de los cuales Zapatero era para muchos el primero, tiene sentido que se encierre en lugar de dar la voz a los ciudadanos para que libremente decidan. “Si lo de Zapatero es verdad, esto es una mierda”, dijo Rufián el otro día en el Congreso. Me preocupa la cantidad de veces que últimamente coincido con los análisis del todavía portavoz de ERC.
Yo no sé si Zapatero traficó influencias entre el Gobierno de Sánchez y el de Maduro enriqueciéndose ilegalmente con ello, aunque que un expresidente cree empresas offshore en Dubai siguiendo los pasos del emérito da pavor. Ni sé si la CIA ha ayudado a la UDEF para “impulsar” su investigación. Al fin y al cabo el rechazo de los Estados Unidos a Zapatero, por aquel gesto de no levantarse al paso de la bandera de las barras y las estrellas, ya casi va a cumplir dos décadas y el de Trump contra Sánchez es notorio. Además de que tener en el corazón de la Unión Europea a un político más cercano a los EEUU, ahora que han perdido a Orbán, no les vendría mal a los americanos, y la actual administración yankee cree que ese hombre es Feijóo, con un marcaje estrecho de Abascal. No tengo elementos suficientes para afirmar nada de todo esto. Lo que sí sé es que la izquierda entra en una profunda depresión, no sólo política sino incluso personal. Y que Sánchez, que ya expresó una vez su preocupación por cómo le describiría la historia, tiene que reflexionar precisamente sobre cuál quiere que sea la medida de su paso por la presidencia y, sobre todo, de su salida de ella. Puede seguir atrincherándose, perdiendo territorios comicio tras comicio, viendo cómo sus socios calculan cuál es el mejor momento para abandonarlo y dejando el Estado del Bienestar, que como bien ha recalcado el periodista Joan Carles Martí se gestiona desde las autonomías (la Educación, la Sanidad, la Dependencia, la Igualdad…), en manos de la ultraderecha. O puede abrir un nuevo tiempo aprovechando la oportunidad que le brinda en Andalucía la investidura de Moreno Bonilla, representante del ala más moderada del PP, para sacar a Vox de la ecuación con una abstención precedida, por primera vez en años, de una verdadera negociación de Estado. El bibloquismo ha condenado a muchos de los líderes socialistas y cada día está más claro que no le va a salvar a él. Así que empeñarse en ese camino es sólo ir cayendo por etapas en el precipicio.
Sánchez llegó al Gobierno, mediante la primera moción de censura exitosa de la historia, para combatir la corrupción. Pero está siendo sepultado por ella. Si tan osado es como dicen los suyos, este es el momento de hacer otro quiebro de cintura, romper con la polarización y dar oxígeno a los ciudadanos. ¿Porque la alternativa cuál es? ¿Confinarse en el castillo mientras a tu alrededor va cayendo una pieza tras otra hasta que, por no quedar, no queden siquiera alcaldes con los que reconstruir el PSOE? Pues vaya plan.
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