La lejana Hesperia era un reino de leyenda para los sabios griegos. Un jardín mítico custodiado por ninfas y adornado con frutos dorados. Se dice que las ninfas, divinidades menores, eran las guardianas de ese paraíso terrenal. Sus cabellos danzaban al ritmo de brisas perfumadas por el azahar y el jazmín. El corazón del jardín lo conformaban árboles que daban manzanas de oro, quizá una metáfora y reclamo para quienes se aventuraban a explorarlo. Y así, los griegos percibían Hesperia como un lugar donde la naturaleza se manifestaba en su forma más sublime y donde la tierra producía milagros y lo divino se entrelazaba con lo terrenal. La imagen del «jardín cuidado por ninfas» era su forma de honrar la belleza indómita y la riqueza inagotable. Pero hete aquí que Pedro Sánchez irrumpió hace años en ese jardín y lo auditó poco menos que como un latifundio particular.
Y ya lo contempla como su obra maestra. Impertérrito, administra la mentira paisajística con frialdad táctica. Sabe que la ambicionada presidencia vitalicia depende de evitar que el país real marchite el sublime decorado.
En su balance de situación, el país pierde su condición de nación fracturada para erigirse en un vergel ordenado a su estricta imagen y semejanza. Los indicadores macroeconómicos y los relatos oficiales brotan ante sus ojos como manzanas de oro, frutos deslumbrantes de una prosperidad de la que él se percibe como gestor y creador absoluto.
En esa arquitectura del poder, las instituciones y el aparato mediático operan como ninfas disciplinadas. Su labor diaria y coreográfica consiste en podar la disidencia, regar el argumentario gubernamental y embellecer el legado del líder. Para el Presidente, la preservación de este Jardín de las Hespérides justifica sus virajes y concesiones; la estética del poder y su propia permanencia excusan la amnesia política.
Sin embargo, la propia crónica revela el artificio. Las manzanas de oro son plomo pintado por la maquinaria de propaganda. El suelo de Hesperia se agrieta por la inflación, la polarización y la desconfianza.
No importa, desde su residencia áurea, Pedro Sánchez sigue trazando mentalmente el plano del jardín perfecto. La escenografía se mantiene: praderas impecables, ninfas sonrientes, fuentes de datos que manan titulares favorables, cortinas de humo aprovechadas para disimular el fango de la cada vez menos presunta e hipotética corrupción.
De manera que las manzanas de oro siguen alineadas en los árboles, brillando bajo la luz del relato gubernamental. Cada discurso, cada comparecencia, cada gesto, está diseñado para refrendar la idea de que el jardín sigue intacto e incontestable. Pero las son de plomo. Plomo en los indicadores maquillados, plomo en las reformas a medias, plomo en la fractura social disimulada tras campañas de optimismo obligatorio. La economía resiste, pero cojea; los avisos a navegantes desde Bruselas son frecuentes; las derrotas electorales del PSOE advierten del proceso endémico de debilidad en el que ha entrado un partido histórico e irremplazable; la convivencia se mantiene, pero crispada; el prestigio institucional está erosionado.
Camuflado en una resiliencia tramposa, el narcisismo impide aceptar la densidad del plomo. El relato personal del líder que resiste, del estadista adversario, de la oposición que sabotea los parterres no admite fisuras. Encadenado a la mediocridad de unos ministros seleccionados menos por excelencia técnica que por lealtades y cuotas, Pedro Sánchez se ve obligado a defender públicamente como virtuoso lo que en privado intuye como insuficiente. En cada gestión torpe o rueda de prensa fallida recarga de plomo las ramas de ese jardín imaginario.
Está atrapado en un circuito cerrado: para sostener el mito de Hesperia, necesita un círculo de ninfas que celebren a diario la perfección del jardín, aunque no sepan regarlo; para conservar ese círculo, debe negar los errores; para negar los errores, intensifica la producción de manzanas doradas, aun sabiendo —en algún rincón de su conciencia— que el peso metálico del plomo arruinará a la pintura.
Hesperia sigue siendo un país-jardín en el que él se pasea como dueño y guardián del relato. Hesperia es un territorio más áspero, con árboles cansados, carcomidos por la enfermedad de la tristeza, con frutos que se oxidan por huracanadas y a la vez contenidas ráfagas de desesperanza. Entre ambas versiones media una distancia que el propio Presidente no puede salvar sin dejar de ser quien cree ser. Sánchez ha inventado la mentira estética: si la verdad entrara de golpe en el palacio de sus espejos desmontaría el jardín y al personaje que lo habita.
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