Dos días para escuchar y leer las necrológicas sobre José Antonio Pardellas, tan largas y pegajosas como un atardecer de verano. Yo creo que nadie se merece semejante colección de encomios garrapiñados y elogios de baratillo, y menos que nadie un profesional magnífico enamorado hasta el tuétano de su oficio. Empecemos por la humildad. Siento decirles que Pardellas no era humilde. Para empezar, ¿por qué la humildad se presenta invariablemente como una virtud admirable? No lo es. A menudo la humildad es una forma de debilidad ensimismada, de miedo ratonil o de hipocresía biliosa. Pardellas no solo era un hombre orgulloso, sino incluso un punto soberbio, a veces, dos y tres puntos soberbio. Ningún ensoberbecimiento está justificado, ni siquiera cuando eres Luis del Olmo o Iñaki Gabilondo, pero a veces actúa como una compensación de las heridas y putadas que depara el oficio incluso cuando ya se te considerado un ganador. En el caso de Pardellas, curiosamente, el mayor escarnio lo recibió en la plenitud de su prestigio, cuando ya retirado de Radio Nacional de España y al frente de Radio Isla el Gobierno de Paulino Rivero le negó una licencia entre las sopotocientas que concedió a través de un concurso pestilente. Por piedad me resignaré a no contar los compinches y beneficiarios de esta hedionda operación dentro y fuera del Gobierno. Solo por piedad y sabiendo que la piedad no dura para siempre. A Pardellas le dolió en el alma: su carrera profesional había terminado. Ya solo le quedaba el honorario y fútil papel del colaborador.
Pardellas provenía de la época todavía pobre y esperanzada de la radio, cuando el oficio era eso, una artesanía universal y providencial a la vez. Lo aprendió todo con astucia rápida pero lo practicó con una serenidad pausada: desde guionizar un programa a resucitar milagrosamente una mesa de mezclas, desde reparar un micrófono hasta improvisar una entrevista aunque odiara improvisar, desde narrar con precisión y voz hipnótica lo que ocurría antes sus ojos hasta manejar eficazmente las pausas y los silencios, desde crear programas de radio para un público específico hasta modernizar toda una red de emisoras, como hizo con RNE. Otra de las mentiras es lo de maestro de periodistas. Sinceramente, ¿creen que si Pardellas hubiera sido maestro de periodistas sufriríamos actualmente una radio tan penosa, tan plana, tan vulgar, tan repetitiva y balbuceante? Por supuesto que no. Pero aquí – es una tradición, si puede llamarse al suicidio una tradición — nadie está dispuesto a aprender nada. Los magisterios siempre son postmorten y cuanto más infeliz es el muerto de hambre más proclama las enseñanzas del desaparecido. Por lo demás Pardellas, como todos los mejores en prensa, radio y televisión, no enseñaba sermoneando consejos y reglas y advertencias. Tú lo veías trabajar, dirigir, coordinar, analizar, comentar, disponer, y todas las actividades de su personalidad conformaban una atmosfera que terminabas respirando y metabolizando día a día. Los jefes no imparten magistralmente aprendizajes codificados. Ellos son el aprendizaje. Si alguna vez Pardellas te daba un consejo es que ya llevabas mucho tiempo cagándola y sonaba casi como una despedida.
La vida está drapeada por momentos que solo después atendemos en nuestra memoria. Recuerdo una mañana compartiendo una mesa de desayuno con José Amtonio Pardellas y César Fernández Trujillo; alguien, como ahora, había muerto, y los dos compañeros lo recordaban, recordaban el oficio, las trampas, los programas, las voces, la música, las entrevistas, los trucos para superar un error o una carencia. De repente Pardellas miró su reloj: se había hecho tardísimo. Los dos septuagenarios se levantaron de inmediato y se marcharon corriendo a Radio Isla maldiciendo su despiste. La radio no podía esperar. La radio no les debió esperar nunca. La radio era la vida misma y fue siempre lo primero.
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