Pardellas y la radio

Dos días para escuchar y leer las necrológicas sobre José Antonio Pardellas, tan largas y pegajosas como un atardecer de verano. Yo creo que nadie se merece semejante colección de encomios garrapiñados y elogios de baratillo, y menos que nadie un profesional magnífico enamorado hasta el tuétano de su oficio. Empecemos por la humildad. Siento decirles que Pardellas no era humilde. Para empezar, ¿por qué la humildad se presenta invariablemente como una virtud admirable? No lo es. A menudo la humildad es una forma de debilidad ensimismada, de miedo ratonil o de hipocresía biliosa. Pardellas no solo era un hombre orgulloso, sino incluso un punto soberbio, a veces, dos y tres puntos soberbio. Ningún ensoberbecimiento está justificado, ni siquiera cuando eres Luis del Olmo o Iñaki Gabilondo, pero a veces actúa como una compensación de las heridas y putadas que depara el oficio incluso cuando ya se te considerado un ganador. En el caso de Pardellas, curiosamente, el mayor escarnio lo recibió en la plenitud de su prestigio, cuando ya retirado de Radio Nacional de España y al frente de Radio Isla el Gobierno de Paulino Rivero le negó una licencia entre las sopotocientas que concedió a través de un concurso pestilente. Por piedad me resignaré a no contar los compinches y beneficiarios de esta hedionda operación dentro y fuera del Gobierno. Solo por piedad y sabiendo que la piedad no dura para siempre. A Pardellas le dolió en el alma: su carrera profesional había terminado. Ya solo le quedaba el honorario y fútil papel del colaborador.

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