Caridad, prioridad y jerarquía

A menudo malinterpretada como un sentimiento difuso de benevolencia universal –y de ese «buenismo» de marras–, la caridad posee en su raíz una estructura lógica y una jerarquía ética. El término «prójimo» no es una abstracción globalista; etimológicamente, remite a lo próximo, a lo de al lado, a lo que está al alcance de nuestra mano y no muy lejos de nuestras posibilidades o capacidades de responsabilidad directa.

Así, defender una jerarquíaprioridad nacional incluida– en esa entrega o delegación no es un acto de egoísmo, sino un ejercicio de razón y fidelidad a la naturaleza humana a pesar de que haya algún que otro gatillo fácil –institucional y espiritualmente miope– empeñado en estigmatizar al que canta las verdades del barquero o escucha una playlist con canciones que no son del gusto globalista. Por otra parte, la prioridad nacional es una actitud perfectamente correcta en el orden social cristiano del que la Iglesia es partícipe.

Y dentro de la jerarquía, existe la del cuidado, esa en la que gracia y naturaleza convergen. Nos guste más o menos, hay un orden intrínseco en el amor. La máxima escolástica de que «la gracia no anula la naturaleza, sino que la perfecciona» sugiere que nuestras inclinaciones naturales –como el amor preferencial de un padre por sus hijos o el de un hijo por su padre o madre— son el cimiento de cualquier virtud superior. No se puede amar a la humanidad en abstracto si se descuida al individuo que, con concreción y cercanía absolutas, comparte nuestro techo y vive en nuestro entorno. De cajón a pesar del latente proceso deshumanizador en el que nos han ido metiendo según el dictado de agendas en las que, ciertamente, la humanidad no pinta mucho ante el dictado de tremebundos propósitos elitistas.

Sin embargo, aprovechando que el sentido común vaga por erráticos caminos e insospechados vericuetos hasta llegar al destierro universal, hay voces «episcopales» que parecen tener una concepción ad hoc de la jerarquía de la caridad y sus círculos concéntricos –y lógicos– de responsabilidad para con uno mismo y, luego, los demás. Lo primero, como dicen por el pueblo, antes que lo segundo, y lo del egoísmo, clasismo o racismo vamos a dejarlo al margen o para cuando el dedo acusador haga su reflexión frente al espejo más próximo, el que susurra al oído su hoja de ruta en función de los intereses –del tipo que sean– que proporcionan combustible a su vida y acciones. En esos casos, que lo gestionen con sus conciencias como mejor puedan y sepan bailar.

Como muestra, un botón: bien señala la escritura en 1 Timoteo 5:8, «porque si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo». Aunque en la Conferencia Episcopal se pierdan en irresponsables argumentos con cayucos, millas y migrantes como ingredientes de burdos discursos, es manifiesta la responsabilidad cristiana de cuidar material y espiritualmente a la familia, considerando este acto una extensión de la práctica de la fe.

Al parecer, la incredulidad es capaz de borrar y hacer negar la fe de los que, este Domingo del Buen Pastor, aparecen como pastores; sí, pero de «otros» rebaños, relegando lo verdadera y afectivamente próximo: la familia como núcleo de inmediato auxilio y, por otra parte, la comunidad y sus conciudadanos a la hora de compartir lengua, cultura, origen y destino. Al tercer estrato, al resto de la humanidad, le debemos auxilio –¡ojo!– y lo que se quiera o pueda, pero sin que nuestro acto o gesto implique el sacrificio de la salud, seguridad y bienestar de los dos primeros.

No hemos de obviar, por otro lado, que el darse a los demás exige criterio personal y, por decirlo alto y claro, soberanía del donante. Ni que decir tiene que la caridad pierde su esencia cuando se convierte en una imposición colectiva, directriz burocrática u orden estatal o institucional. En este sentido, da que pensar y recordar que, por la práctica de turbios, corruptos y lucrativos negocios, Jesús expulsó a los mercaderes del atrio del Templo de Jerusalén. No andamos muy lejos de ello y, peor aún, de prácticas cuasi sindicalistas en ámbitos eclesiásticos.

El individuo ha de ser soberano de y en su propia entrega ya sea mediante, por ejemplo, la elección de un plan de pensiones, la inversión en un fondo, la práctica de una ideología, la profesión de una fe, la selección de una parroquia o la ayuda en un convento o comedor social en el que colaborar. Todo ciudadano, pues, ejerce su criterio para que esa ayuda o colaboración sean efectivas y no atenten puntualmente contra la sostenibilidad y viabilidad de su propio entorno e, incluso, con perspectivas de futuro. La libertad de elección es lo que garantiza que la caridad no sea un impuesto encubierto, sino un acto de voluntad propio que refuerza el tejido social sin desarticular la economía personal o comunitaria, o sin poner en tela de juicio conceptos como los expuestos en el título de este artículo: caridad, prioridad y jerarquía.

Resulta paradójico que, mientras el individuo busca e intente preservar este orden racional, ciertas cúpulas institucionales parezcan haber perdido el norte –y el resto de puntos cardinales– de esta jerarquía con flagrantes y continuos desencuentros con la realidad de muchos fieles contrarios a aperturas y posturas indiscriminadas mientras se abandona la protección de símbolos y espacios de la propia Iglesia, como se ha visto en la retorcida y esquiva actitud respecto a la significación y custodia del Valle de los Caídos o los hermanos benedictinos.

Al delegar competencias que deberían ser morales y pastorales a ámbitos como los de leyes civiles, conveniencias políticas o imposiciones ideológicas, la institución en cuestión no sólo incurre en una contradicción jerárquica, sino que termina por señalar y poner en el disparadero a quienes sí se resisten y mantienen una visión acorde a la tradición y al respeto con la Iglesia y los mandamientos de la Ley de Dios.

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