Qué bonita la forma en la que Gonzalo Celorio (Ciudad de México, 1942) ha relatado la vida en sus libros. Siempre al borde de las emociones, casi a tientas. El humor con el que ha diseccionado el espíritu humano le ha vuelto imprescindible en las letras hispanas. Su obra es el alma hecha letras. Un ejercicio de memoria tan lúcido que, pese a la oscuridad, al tiempo, le ha hecho libre. Leerle es galopar un caballo salvaje: arriesgado, pero terapéutico. Pues no hay mayor gozo que celebrarse pasada la tempestad. Y él lo lleva haciendo desde que debutó con Amor propio en 1992. De aquella mirada, estos recuerdos. Los mismos que, este jueves, al recibir el premio Cervantes en la Universidad de Alcalá, ha desmenuzado con pasión y alevosía. “He dedicado toda mi vida a la palabra. Como escritor que habla más de lo que lee que de lo que vive. Como profesor que no ha tenido mayor placer que contagiar el entusiasmo por la literatura. Y como editor que ha tenido el privilegio de convertir un manuscrito en un libro vivo”, ha dicho. Un alegato que, de nuevo, con la familiaridad que tanto le caracteriza, ha puesto de relieve su maestría para usar, precisamente, cómo no, la palabra.
“En alguna página memorable de Rayuela, Julio Cortázar dice que el sentido del humor ha cavado más túneles en la tierra que todas las lágrimas que se han derramado sobre ella. A través de él, en buena medida derivado del discurso paródico que recorre el Quijote, Cervantes desvela la esencia de la condición humana, que se debate permanentemente entre el ideal alcanzable y la cruda realidad, monda y lironda”, ha señalado con su voz ronca, a paso lento. Un discurso en el que Celorio se ha adentrado en el imaginario de uno de los grandes referentes de su literatura. No fue el único: Alejo Carpentier y José Lezama también imprenaron su prosa. Se intuye en la elegancia barroca de su escritura. De hecho, pocos han abordado la identidad y la pérdida con su hondura reflexiva. Un detalle que el jurado del Cervantes destacó el pasado noviembre al comunicar el galardón: “En sus libros resuenan la ironía, la ternura y la erudición, trazando un mapa emocional que ha influido en distintas generaciones. Representa la figura del escritor integral: creador, maestro y lector. Constructor de un legado invaluable que honra la lengua española y la mantiene viva en su forma más alta: la de la palabra que piensa, siente y perdura”.
Gonzalo Celorio y su mujer, Silvia Garza, a las puertas de la Universidad de Alcalá. / FERNANDO VILLAR / EFE
Tres verbos que han trascendido el papel y que, con los años, a través de la novela y el ensayo, ha cobrado un significado especial para cada persona. Su literatura acompaña. De ahí que resulte tan cercana. En ella ha recogido la realidad que le tocó vivir y que, bien desmigada, como suele hacer, se ha convertido en un espejo universal. En Tres lindas cubanas, por ejemplo, reflejó la historia de las hermanas Blasco Milián, a quienes la Revolución castrista separó y confrontó. Mientras que, en El metal y la escoria, narró la hazaña de un asturiano que emigró a México en busca de fortuna a mediados del siglo XIX. Son la herencia sentimental de su madre y su padre, respectivamente. Un íntimo tesoro con el que no es difícil empatizar. “Es natural el fervor con que Cervantes valora la libertad después de haber permanecido en cautiverio más de cinco años en Argel y de haber sufrido sucesivos encarcelamientos posteriores. Y lo es a tal grado que la libertad tiene predominio aún sobre la justicia, de la que su propia experiencia le hace recelar”, ha comentado, bastón en mano, durante un acto que ha contado con la presencia de los Reyes de España.

Felipe y Letizia, a las puertas del Paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares. / ALBA VIGARAY
Junto a Letizia y Felipe, diferentes autoridades se han desplazado hasta Alcalá de Henares para felicitar a Celorio. Entre ellas, el ministro de Cultura, Ernest Urtasun; la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso; y la alcaldesa de Alcalá de Henares, Judith Piquet. Todos han puesto en valor la lírica que el autor de Ese montón de espejos rotos, su última obra, ha ido perfilando a lo largo de 78 años. Se notan sus años como docente en su forma de hablar. Es didáctico y confesional. Ha impartido clases en la Universidad Iberoamericana y el Instituto Politécnico Nacional. Una labor que, hoy, como complemento a la literatura, sigue ejerciendo en la Facultad de Filología y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde dirige la cátedra Maestros del Exilio Español. Fueron ellos los que le insuflaron cierta rebeldía a la hora de escribir. Ramón Xirau, Luis Rius y Adolfo Sánchez, entre otros, no sólo le formaron, también le dieron a las para retratar sus obsesiones intelectuales y estéticas. Desde entonces, no hay mayor motor para él que compartir su amor por los libros.
México y España
La oratoria de Celorio, entusiasta, con su ironía habitual, ha emocionado a un Paraninfo expectante hasta el final. “En la llamada literatura del yo, ha tenido preeminencia la poesía lírica. El poeta habla de sí mismo y de sus ensoñaciones. Y a nadie le extrañaría que, en una circunstancia como ésta, el poeta se refiera a su propia poesía. Pero esta literatura se ejerce también en la prosa […]. Siempre había querido contar la historia de mis ancestros para conocer mis orígenes y conocerme a mí mismo porque nadie sabe bien quién es si no sabe de dónde viene”, ha añadido Celorio, que dirige la Academia Mexicana de la Lengua desde 2019. Recoge el testigo de Álvaro Pombo (2024), Luis Mateo Díez (2023), Rafael Cadenas (2022), Cristina Peri Rossi (2021) y Francisco Brines (2020). Y, antes que él, ya recibieron el Cervantes otros seis mexicanos: Octavio Paz (1981), Carlos Fuentes (1987), Sergio Pitol (2005), José Emilio Pacheco (2009), Elena Poniatowska (2013) y Fernando del Paso (2015).

Los Reyes de España, acompañados por Ernest Urtasun, ministro de Cultura; Judith Piquet, alcaldesa de Alcalá; Isabel Díaz Ayuso, presidenta de la Comunidad de Madrid; y María José Gálvez, directora general del Libro. / ALBA VIGARAY
“La nacionalidad mexicana no puede disociarse de la historia y de la cultura españolas, que le son inherentes. Con su propias peculiaridades, en cierta medida derivadas de las culturas antiguas, en las que se ha intentado sobreponer la retrotopía del paraíso perdido, México es parte sustancial de lo que Carlos Fuentes denominó felizmente el territorio de la Mancha”, ha enfatizado minutos después de que María José Gálvez, directora general del Libro, leyera el acta de concesión. El premio ha coincidido con una etapa de reconstrucción de las relaciones entre España y México por la vía cultural, después de que su Gobierno exigiera al Ejecutivo liderado por Pedro Sánchez pedir disculpas por la conquista. Un debate que aquí no ha afrontado, pero que sí encaró el lunes en el Museo Reina Sofía. Fue claro al respecto: “Es un despropósito anacrónico. Hace medio siglo de aquello. No quiere decir que la conquista no haya tenido signos muy fuertes de violencia, pero ésta ya existía en las comunidades indígenas. Es importante ubicar los acontecimientos en su momento”.
Urtasun y la universidad pública
El Cervantes se otorgó por primera vez en 1976 a Jorge Guillén y, desde entonces, han sido 50 los autores galardonados. En 1979, Jorge Luis Borges y Gerardo Diego lo recibieron ex aequo. Y, a partir de ahí, la convocatoria contempla que éste no puede ser dividido, declarado desierto o concedido a título póstumo. Mediante su concesión, dotado con 125.000 euros, se rinde admiración anualmente a la figura de un escritor que, con el conjunto de su obra, haya contribuido a enriquecer el patrimonio hispánico. Por su popularidad, no ha estado exento de polémicas. Dos de las más sonadas tuvieron lugar en 1992 y 1997, cuando fue entregado a los cubanos disidentes Dulce María Loynaz y Guillermo Cabrera, alegando que los habían escogido para alentar la oposición al régimen castrista. “Celorio, que ha diseccionado la obra de tantos coetáneos, que ha teorizado, analizado, debatido, descrito y escrito todo sobre la literatura, ¿cómo afronta la tarea de la creación propia. Como un ejercicio de libre albedrío, de impureza, de vértigo. Saldando deudas con la memoria y el tiempo, pero sin afán de demostrar nada. Con más dudas melancólicas que certezas absolutas”, ha señalado Urtasun.
“Este premio es un recordatorio vivo y un homenaje a aquella generación fulgurante de la historia común de México y España, con la que siempre estaremos en deuda. Y es algo más. Es un premio, sin duda, a los logros y conquistas en la universidad pública. Necesitamos más que nunca su plena autonomía, su criterio científico, su buena salud. Porque una universidad cuidada y respetada es el rostro de un país y el mayor de nuestros tesoros”, ha proseguido el ministro de Cultura. No sin antes celebrar una vez más a Celorio: “En sus libros se abrazan, en un escorzo imposible, La vida es sueño de Calderón de la Barca y La vida es un sueño de Benny Moré. Todo lo que hay entre un auto sacramental y un bolero, entre el ansia mística y barroca de Sor Juana y el lamento de una noche criolla, en la voz de Toña La Negra”.













