Giorgia Meloni ha descubierto en estos días que el consenso que la aupó al Palacio Chigi no era un cheque en blanco. También que su aura de invulnerabilidad, esa que parecía blindarla ante cualquier adversidad, dista de ser inexpugnable. El rotundo rechazo de los italianos en el referéndum para ratificar su reforma del poder judicial ha supuesto el golpe más duro para la líder de Hermanos de Italia desde su llegada al poder. Lo que comenzó como una ambiciosa arquitectura para remodelar el Estado ha terminado por estrellarse contra un muro de desconfianza civil que no solo rompe el idilio con su electorado, sino que anticipa un final de mandato mucho más accidentado de lo previsto.
Consumado el revés, este martes comenzaron a rodar las primeras cabezas: la del subsecretario de Justicia, Andrea Delmastro, desde hace semanas en el punto de mira por sus presuntos vínculos con la mafia, y la de Giusi Bartolozzi, jefa de Gabinete del mismo ministerio. Pero lo más estruendoso no ha sido eso, sino la decisión de Meloni de pedir públicamente —en un comunicado inédito, despojado de toda diplomacia — la dimisión de la ministra de Turismo, Daniela Santanchè, involucrada en diversos escándalos, e incluso acusada de presunto fraude en relación con fondos públicos recibidos durante la pandemia. Una clara señal, además, de las fricciones dentro del Ejecutivo.
Meloni «expresa su aprecio por la decisión del subsecretario de Justicia, Andrea Delmastro, y de la jefa de gabinete, Giusi Bartolozzi, de poner a disposición los cargos que han ocupado hasta ahora, y les agradece el trabajo realizado con dedicación». Pero también «espera que, en la misma línea de sensibilidad institucional, una decisión análoga sea compartida por la ministra Santanchè«, añadió la jefa del Gobierno italiano.
La decisión ha producido después de que el centroizquierda —hasta ahora acumulando derrotas frente al rodillo de la derecha— convirtiera el resultado en una suerte de catarsis. «Meloni dimisión», coreaban ya el lunes sus bases en el centro de Roma. Con ello y de manera muy hábil, ya el martes el opositor Partido Democrático también anunció una moción de no confianza contra Santanchè para dejar en evidencia al Gobierno. La agresividad mediática no se ha quedado atrás: el diario Domani, referente del periodismo de investigación, tituló con dureza: «Si tuviera decencia, Meloni dimitiría».
«Calmaos»: el mensaje del voto moderado
Estas maniobras se ven reforzadas por la manzana envenenada que deja el referéndum: la evidencia de que el problema del Ejecutivo no es solo técnico, sino también estructural. Como explicaba a EL PERIÓDICO Francesco Cancellato, director del medio digital FanPage y crítico con el Gobierno: «Vienen unos meses muy difíciles para Meloni y su Gobierno». El resultado ha destapado «un disenso mucho más profundo de lo esperado, especialmente entre los jóvenes, en las grandes ciudades y en el sur del país». Se refleja, además, «una Italia moderada que ha percibido un riesgo democrático» en la acción del Gobierno de Meloni, añadía Cancellato.
En la misma línea se ha situado el análisis de otros observadores, como Lorenzo Pregliasco, del instituto YouTrend, quien ha subrayado que el rechazo en las urnas ha sido, en primer lugar, una señal de la población en defensa de las instituciones. «Dentro del ‘no’ hubo un voto moderado que aprecia la separación de poderes y ha querido enviar una señal al Gobierno: ‘calmaos'», ha apuntado Pregliasco.
Un campo minado de resistencias
En los pasillos del poder romano, el diagnóstico también ha sido casi unánime: el llamado «premierato» —la joya de la corona de Meloni para instaurar la elección directa del primer ministro— está hoy políticamente amortizado. Del mismo modo, cualquier reforma de la ley electoral, si logra avanzar, lo hará entre un campo minado de resistencias parlamentarias y sociales, en un escenario adverso.
Con este telón de fondo, Meloni ha activado el protocolo de control de daños con rapidez, consciente de la necesidad de preservar su base de poder. Y esto porque los daños, por ahora, son significativos, pero no terminales. De hecho, según los últimos sondeos, pese a la victoria del ‘no’, la mayoría de los italianos cree que la primera ministra debe agotar la legislatura, lo que sugiere un apoyo todavía sólido. Incluso entre quienes rechazaron la reforma judicial, un 37% desea que continúe en el cargo, frente a un 47% que aboga por su salida. «Sería mejor que la izquierda no se hiciera ilusiones», advertía en esta línea Pregliasco, recordando que una derrota constitucional no equivale, al menos de momento, a un cambio de ciclo político.
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