Para Lucio Jünemann de 24 años, el senderismo hace tiempo que dejó de ser una afición solo para gente mayor. Este estudiante de Baja Sajonia ya ha completado numerosas rutas de refugio en los Alpes y ha trabajado durante seis semanas en un refugio de montaña. También traslada esa pasión a las redes sociales: en Instagram, bajo el nombre de @lucio_now, cuenta sus aventuras senderistas a casi 100.000 seguidores. De forma más detallada documenta sus rutas en su blog “Ab nach draußen” (“Fuera, al aire libre”).
Pronto también publicará allí, previsiblemente, una crónica sobre la ruta más conocida de Mallorca. Del 2 al 10 de marzo, el joven recorrió la Ruta de Pedra en Sec GR 221 a través de la Serra de Tramuntana, desde es Capdellà hasta Pollença. Pocos días después de completar las ocho etapas, hace balance, habla de la lluvia, de la vida en los refugios y de todo lo que otros excursionistas pueden aprender de su experiencia.
La decisión de hacer la ruta llegó apenas cinco días antes del viaje. “Estaba enviando solicitudes para prácticas y pensé: tengo que salir otra vez antes de que se acaben las vacaciones del semestre”, cuenta este estudiante de Periodismo. Ya había oído hablar del GR 221 hace tres años, cuando hizo excursiones de un día por la Tramuntana. Desde entonces, la ruta figuraba en su lista personal de pendientes.
Jünemann hará cosas de otra manera la próxima vez: por ejemplo, llevará menos equipaje / Privat
Preparación insuficiente
Visto con perspectiva, reconoce que subestimó la preparación necesaria. “Estaba un poco aletargado por el invierno”. Sobre todo en el plano físico, dice, le habría venido bien moverse más en los días previos. “Tendría que haber hecho durante varios días seguidos caminatas más cortas, de unos diez kilómetros”. Tampoco acertó con el equipaje. “No hace falta una mochila de 50+10 litros”. Incluso antes de empezar la ruta tuvo que dejar algunas cosas en un bar porque había metido demasiado.
De lo que no prescindiría de ninguna manera es de los bastones de senderismo. “Me resistí durante mucho tiempo, porque para mí eran algo de gente mayor”, dice Lucio Jünemann.
Tampoco dejaría fuera las baterías externas. “En algunos refugios hay muy pocos enchufes”. Además, recomienda descargar un mapa sin conexión a través de aplicaciones como Komoot u Outdooractive, ya que no en todas partes el sendero está señalizado de forma clara. “Una vez me desvié por un momento”.
La improvisación sale cara
Como el viaje surgió con tan poco margen, no pudo pasar todas las noches en un refugio de montaña, conocido en catalán como refugi. “Ahora sé que hay que reservarlos con tres meses de antelación”. La noche cuesta solo 19 euros, a lo que se suman las comidas. En su caso, dos refugios ya estaban completos. Por ocho noches pagó en total 550 euros. La cantidad fue claramente superior a la que habría pagado si se hubiera alojado exclusivamente en refugios. Los vuelos le costaron 170 euros ida y vuelta, y destinó otros 130 euros aproximadamente a la comida.
Más austeros que en los Alpes
Los refugis mallorquines, explica Jünemann, son bastante más sencillos que muchos refugios alpinos de Alemania. Eso ya se nota en la comida, que ofrece poca variedad. “Por la noche hay un guiso y alguna opción vegetariana”, explica el estudiante de Periodismo.
Se duerme en grandes dormitorios compartidos con literas colocadas una junto a otra. Aun así, describe el ambiente entre senderistas como abierto y agradable. La conversación surge con facilidad, se intercambian experiencias y se crea una comunidad muy unida. “De no haber sido por la barrera del idioma, me habría gustado hablar mucho más con los responsables de los refugios, como hago en los Alpes”, dice el joven de 24 años.
Eso sí, las noches no siempre resultan reparadoras. “Uno ronca, otro tose, otro se mueve tanto en la cama que todo cruje de forma brutal”, relata Jünemann. Por eso, llevar tapones para los oídos resulta casi obligatorio.
También comprobó que en Mallorca el ritmo diario es distinto. En los refugios, el desayuno suele servirse a las 8.00 horas. “Un senderista acostumbrado al mundo alpino se lleva las manos a la cabeza”, afirma Jünemann.
Otra de las cosas que echó en falta en los refugios mallorquines fueron los cuartos de secado. Con mal tiempo, eso se convierte en un problema. “Una vez te mojas, la ropa y la mochila ya no se secan de verdad”.
Lluvia, tormentas y un bajón en plena ruta
El tiempo no se lo puso fácil. Se cruzó con otros senderistas que, por ese motivo, hicieron algunas etapas en autobús. Planificar con fiabilidad resulta complicado porque las previsiones meteorológicas en la montaña ayudan solo hasta cierto punto.
La etapa que más recuerda es la de Valldemossa a Deià. Poco antes de llegar al final, una tormenta le sorprendió en el camino. “Estaba agachado bajo un árbol, completamente empapado, y solo pensaba: no puedo más”. A causa del tiempo, unos días después hizo una jornada de descanso. Viéndolo después, fue la decisión correcta. Mientras él estaba sentado junto a la chimenea en Lluc, otros senderistas quedaron atrapados fuera en medio de una fuerte granizada. “De verdad llegaron a temer por su vida”, cuenta Jünemann.
Cuando más tarde, hacia las 16.00 horas, retomó la marcha, la Serra de Tramuntana mostró de repente su cara más bella. “Caminaba entre olivares y todo brillaba. Fue una de las etapas más bonitas para mí”.
Solo, pero no solitario
Jünemann empezó la ruta solo. Sin embargo, al poco tiempo se encontró con dos senderistas alemanas que tenían el mismo objetivo. De hecho, en el recorrido vio a muchísimos alemanes.

En la meta / Privat
Durante el día caminaba casi siempre por su cuenta, pero por la tarde volvía a encontrarse con otros excursionistas en los alojamientos. Con cada etapa quedaban menos. Al final, en Pollença, solo seguían allí dos parejas de las que habían arrancado con él. La última noche se sentaron juntos y compartieron impresiones sobre los días anteriores. “Para mí, aquello ya tenía casi un aire de familia”, explica.
Tras 120 kilómetros y nueve días, llegó por fin al Calvari de Pollença, y lo hizo solo. “Me encanta viajar solo, pero en ese momento me habría gustado tener a alguien a mi lado a quien poder abrazar”, dice el joven de 24 años.
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