La guerra en Irán ya se paga en Asturias a pie de surtidor. El litro de gasóleo ha alcanzado ya los 2 euros en una estación de servicio de Cangas del Narcea, un umbral que devuelve al Principado a los peores recuerdos de la crisis energética de 2022 y que da la medida de la velocidad con la que se está trasladando el conflicto de Oriente Medio al bolsillo de conductores, transportistas y empresas.
No es un caso aislado. El mapa asturiano de precios deja ya una ristra de estaciones muy cerca de esa cota: 1,987 euros en Gijón, 1,907 en Siero, 1,899 en Pola de Lena, 1,898 en Somiedo y Luarca, 1,894 en Moreda o 1,889 en Cuyences y Almuña. La frontera de los dos euros ya no es una hipótesis, sino una realidad en Asturias y una amenaza inminente en otros muchos surtidores del Principado.
El salto de precios coincide con una nueva sacudida internacional del mercado energético. El barril de Brent superó este lunes los 100 dólares por primera vez desde 2022 por la escalada bélica en torno a Irán y por el temor a que el conflicto altere de forma severa el suministro y las rutas marítimas de crudo en la zona del golfo. Algunas fuentes sitúan incluso el repunte del petróleo en cotas próximas a los 120 dólares en los momentos de mayor tensión del día.
Esa tensión se ha trasladado de inmediato a los carburantes, pero no de la misma manera. El gran damnificado está siendo el diésel. Los datos más recientes sitúan el precio medio nacional del gasóleo en torno a 1,717 euros por litro, frente a los 1,628 euros de la gasolina, lo que confirma que el diésel vuelve a ser más caro que la gasolina. Además, el alza del gasóleo desde el inicio de la crisis ronda el 19,7%, casi el doble que el repunte de la gasolina, que se mueve en torno al 10,1%.
Asturias, además, llega a esta oleada en una posición especialmente delicada. El Principado figura entre los territorios con los carburantes más caros y la subida golpea aquí con una visibilidad inmediata: basta recorrer la relación de precios para comprobar que el diésel se ha metido ya de lleno en la banda de los 1,87 a 1,99 euros en numerosos puntos de la región. En algunos concejos, llenar un depósito empieza a convertirse otra vez en un pequeño sobresalto doméstico; en el transporte profesional, directamente, en una amenaza para la viabilidad de muchas rutas.
La clave del comportamiento del diésel está en su papel en la economía. No solo lo usan millones de turismos, sino que es, sobre todo, el combustible del transporte pesado, de la logística, de la agricultura y de buena parte de la actividad industrial. Cuando hay una crisis geopolítica, el mercado castiga antes al gasóleo porque su demanda apenas se corrige: el camionero tiene que seguir repostando, igual que la maquinaria o la distribución. A eso se suma otro factor estructural: Europa es deficitaria en diésel y depende más del exterior para abastecerse, de modo que cualquier alteración del comercio internacional le impacta con más rapidez.
También influye la propia lógica comercial de las estaciones de servicio. Los precios no se fijan solo por el coste al que se compró el combustible almacenado, sino por el coste de reposición: cuánto costará volver a llenar los depósitos si el mercado mayorista ya está más caro. Eso acelera la subida en los paneles de las gasolineras y explica por qué el encarecimiento se transmite casi en tiempo real cuando el petróleo se dispara.
El resultado es conocido por los consumidores y temido por los sectores económicos: los carburantes suben como un cohete cuando el crudo se tensa y luego, cuando la situación se enfría, bajan mucho más despacio. Esa asimetría vuelve ahora a escena con un agravante: el conflicto de Irán no ofrece todavía señales claras de desescalada, y el mercado da por hecho que la presión sobre la energía puede durar todavía semanas.
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