Puse un cazo con agua al fuego para preparar un caldo. Nada más cotidiano, más vulgar. Pero cuando el agua rompió a hervir y se transformó en una columna de vapor, sentí el asombro de quien no hubiera presenciado antes el fenómeno. El agua seguía ahí y, sin embargo, ya no estaba. Se desprendía de sí misma, abandonaba el recipiente y ascendía, casi invisible, hasta desaparecer. El paso de un estado a otro -de líquido a gas- me pareció de pronto un suceso extraordinario. Pensé entonces en los primeros humanos que observaron este fenómeno. Lo lógico es que creyeran que el agua se convertía en espíritu. No en un sentido poético, sino literal. Algo que antes podía tocarse, beberse, contenerse en las manos, se volvía intangible, se perdía en el aire realizando las contorsiones fantasmales propias del vapor. He ahí un juego de magia natural, una desaparición que ocurría a la vista de todos. Nada por aquí, nada por allá. Una fuga sin huida.
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