En apenas 150 años el censo de los glaciares españoles, que se reducen a los Pirineos, ha pasado de 52 a 19 y el más grande, el del Aneto, se ha fragmentado varias veces. El cambio climático provocado por las emisiones contaminantes ha acelerado su derretimiento, pero no es el único responsable de su declive.
La Agencia Espacial Europea define los glaciares como «ríos de hielo, grandes y duraderos, que se forman en la tierra y se desplazan en función de la fuerza de la gravedad». Por eso, una de sus características inherentes es, precisamente, que se mueven. Sin ella, no son glaciares. Este organismo precisa que su formación se debe a la acumulación de agua congelada a lo largo de los años en una superficie inclinada. Además, la ESA detalla que suponen «las mayores reservas de agua dulce del planeta», las mismas que se emplean para abastecer ríos y acuíferos y que aseguran el consumo humano, la producción agrícola y el futuro de la biodiversidad.
Caída de la superficie de los glaciares en los Pirineos / Ecologistas en Acción
Y es que no hay que perder de vista que territorios tan vastos como la Antártida o Groenlandia son, en esencia, inmensos glaciares (aunque, técnicamente, su denominación precisa es ‘mantos de hielo’). De hecho, la primera acumula alrededor del 90 por ciento del hielo de todo el planeta. Y es que, excluyendo estos dos gigantes, el resto de los 270.000 glaciares censados a lo largo y ancho del globo solo sumarían el uno por ciento.
La acción humana lo empeora
En un contexto marcado por el calentamiento global, no es difícil llegar a la conclusión de que la salud de estas grandes masas heladas está más que comprometida. Pese a que Naciones Unidas nombró 2025 como el Año Internacional de Conservación de los Glaciares, la realidad es que la situación no ha dado signos de mejora. Y la realidad es que no toda la culpa la tiene la actividad humana.
En la actualidad, la Tierra transita por un periodo interglaciar que lleva el nombre de Holoceno. Comenzó hace unos 11.700 años tras el fin del Pleistoceno y ni siquiera los científicos tienen certezas sobre cuándo acabará. Lo que sí se atreven a afirmar es que la acción del hombre, y más en concreto las emisiones de gases de efecto invernadero, podría haber alterado su duración natural. Por eso, el hecho de que los glaciares se estén derritiendo no es un problema que preocupe a los científicos ‘per se’, pero sí lo hace la velocidad a la que se está produciendo la pérdida de hielo.

Los glaciares pirenaicos están condenados a desaparecer / Efe
Los datos de la UNESCO son demoledores. Entre el 78 y el 97 por ciento de los glaciares de los Andes tropicales podrían esfumarse antes del año 2100. Al otro lado del planeta, en Asia Central, los glaciares de las dos principales cadenas montañosas de la región (Tian-Shan y Pamir) han perdido hasta el 30 por ciento de su volumen en apenas 60 años. Y, en África, el glaciar del Kilimanjaro podría ser un mero recuerdo antes de 2050.
No es, ni de lejos, el único organismo internacional que centra sus esfuerzos en concienciar acerca del negro futuro de los glaciares. Investigadores de la Universidad de Zúrich (Suiza) lideraron hace un par de años un trabajo publicado en la revista Nature que elevaba a 9.625 gigatoneladas el hielo perdido entre 1961 y 2016. Esto ha provocado que el nivel del mar haya aumentado 27 milímetros.
Situación en España
Pese a que no son tan espectaculares como el Perito Moreno ni atraen a tantos visitantes cada año, en España (en concreto, en los Pirineos) sigue habiendo glaciares. Pero, por desgracia, se encuentren en cuidados paliativos. El mayor es del Aneto, el mismo que, en apenas una década, ha perdido alrededor de 20 metros de espesor, el equivalente a un edificio de siete alturas. Después aparecen el Ossoue (que se encuentra en la parte francesa de los Pirineos), el Maladeta y el Monte Perdido. Existen otros 15 documentados, aunque su tamaño es insignificante.
Echar un vistazo al estado del Aneto ofrece una idea bastante precisa de la situación general que presenta la zona. En 2022 se partió en dos y una gran parcela, ubicada justo debajo del pico, quedó aislada. Por si fuera poco, hace poco el cuerpo principal del glaciar se volvió a fragmentar, tanto que la porción menor ha pasado a ser considerada como un helero (una masa de hielo acumulada en las zonas altas de las cordilleras, por debajo del límite de las nieves perpetuas, que se derrite en veranos muy calurosos). Esto ha hecho que su volumen total se desplome.

Evolución del grosor del hielo en el glaciar del Monte Aneto / The cryosphere/Ixeia Vidaller
Hay que tener presente que los glaciares españoles son los más meridionales de Europa, una circunstancia que no ayuda a estirar su vida lo máximo posible. El impacto se puede resumir en dos cifras: en 1850 existían 52 glaciares pirenaicos y en la actualidad solo quedan 19. En parte, esto es debido a que la temperatura media en esta zona ha aumentado muy por encima de la media mundial (1,5 grados en los últimos 30 años, frente a los 0,7 registrados a nivel global).
De acuerdo declaraciones de Nacho López Moreno, investigador del Instituto Pirenaico de Ecología, especialista en hidrología de montaña y glaciares, recogidas en el número 99 de ‘Revista Ecologista’ de Ecologistas en Acción, «la pérdida de hielo de las últimas décadas no es tanto consecuencia de la menor innivación, que no ha sufrido variaciones importantes, como de los fuertes calores del verano, cada vez más intenso y prolongado». Este experto recuerda que estas grandes masas congeladas son «un archivo de los que ha pasado en el entorno»: «Es una pena ver cómo cada año el glaciar disminuye un metro o metro y medio y estamos perdiendo ese archivo. Por eso es una prioridad recuperar muestras de hielo».
Los Pirineos no son una excepción. Los Alpes tampoco se libran de esta amenaza. De acuerdo a un informe difundido el pasado mes de diciembre en Nature Climate Change, la mitad de los 3.000 glaciares de la cordillera más alta y extensa de Europa podrían desaparecer entre los años 2033 y 2041, el periodo que se espera más dramático. Es más, los investigadores alertan de que, en el caso de que se cumpla la predicción de que la temperatura aumente 2,7 grados a final del siglo, para 2100 solo quedarían 110 en el centro del continente, apenas el 3 por ciento de los que existen hoy en día.
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ENTREVISTA. Francisco Navarro, glaciólogo
«Incluso sin cambio climático desaparecerían, pero más tarde»
Francisco Navarro es glaciólogo y catedrático de la Universidad Politécnica de Madrid. Defiende la premisa de que, aunque no existiera el cambio climático provocado por el ser humano, vivimos en una época interglaciar y, por ello, estas grandes masas de hielo están destinadas a derretirse. Aunque, eso sí, a un ritmo más lento.

Francisco Navarro / UPM
-¿Cómo influyen los glaciares en el clima?
-Son un componente esencial en el sistema climático por diversos factores. Primero, por su influencia en el albedo, es decir, en la reflectividad de la radiación solar. Cuanto más oscuros son los cuerpos, más radiación absorben. Y viceversa. Los glaciares, el hielo marino o la nieve reflejan buena parte ella, lo que contribuye a ralentizar el cambio climático. Además, actúan como una especie de nevera: es como tener un montón de cubitos de hielo. Por ejemplo, la Antártida y Groenlandia contribuyen a enfriar la atmósfera que tienen encima. Y existe otra variable más: el agua de fusión de los glaciares está muy fría y tiene poca sal, es dulce. Eso hace que se quede en la superficie e intervenga en el intercambio de energía entre océano y atmósfera. Esa capa también influye en las corrientes oceánicas.
-¿Cuál es la situación de los glaciares en España?
-Muy penosa. Los primeros inventarios se hicieron en 1850. Entonces había unos 50 glaciares que ocupaban alrededor de 20 kilómetros cuadrados. Los últimos datos se difundieron en 2020 y estiman que solo quedan 19, que ocupan dos kilómetros cuadrados. Y en estos cinco años habrá descendido aún más. La media de pérdida de espesor de hielo en los glaciares en los últimos 150 años ha sido de 0,8 metros. Son muy pequeños, por lo que se trata de un volumen muy significativo.
-¿Desaparecerán por completo?
-Antes se hablaba que lo harán en 30 años y ahora se rebajan los plazos a 15 o 20. Hay cuatro glaciares que acumulan prácticamente todo el hielo, los 15 restantes son minúsculos. En un par de décadas quedarán reducidos a pequeños heleros en las partes más elevadas. Sin embargo, es importante saber que, aunque no hubiera calentamiento antropogénico, estarían igualmente llamados a desaparecer porque vivimos una época interglaciar. Los que están en zonas tan «tropicales», como los Pirineos o los Alpes, se estarían derritiendo igual. Lo único que estamos logrando es que lo hagan más rápidamente. Si no hubiera calentamiento antropogénico, desaparecerían en 100 o 200 años y de esta manera se van a esfumar en 15 o 20.
-Entre tanto, contribuyen a la subida del nivel del mar.
-Sí, pero esto no está directamente relacionado con los glaciares que están perdiendo más espesor. Por ejemplo, en el ártico canadiense los descensos por metro cuadrado son relativamente pequeños, pero es uno de los mayores contribuyentes a la subida del nivel del mar. En los Alpes ocurre justo lo contrario. Y hay regiones que combinan ambos factores, como Alaska.
-¿Hay tiempo para frenar este deterioro?
-Se puede ralentizar mínimamente disminuyendo las emisiones de gases de efecto invernadero. El problema es que estas partículas, en particular el CO2, tiene un tiempo medio de residencia en la atmósfera de 170 años. Aunque se deje de emitir, lo que está ahí va a seguir ejerciendo su efecto durante mucho tiempo. Si a eso le unimos que vivimos en una época interglaciar y que a los glaciares les toca desaparecer, poco hay que se pueda hacer.
-¿Qué implica su desaparición?
-En algunos sitios, como los Alpes, son sobre todo un recurso turístico y paisajístico. Pero en otros, como en el sur del Himalaya o los Andes, son un recurso hídrico importante, porque sueltan agua en periodos de sequía. También existen centrales hidroeléctricas alimentadas con el agua de los glaciares. En España, a nivel hidrológico su papel es despreciable, por lo que el impacto sería más bien cultural.















