Algunos de los lectores que siguen «A Quemarropa» me dicen: «Juan, nos encanta cuando tus escritos son luminosos, como un cuadro de Sorolla». Estoy de acuerdo en que a veces no lo son, y no precisamente porque esté atravesando una etapa oscura en mi vida –más bien al contrario–, sino porque muchas veces la realidad que asoma en los noticiarios es capaz de nublar el día más soleado.
Me gustaría que la realidad fuese luminosa, como la que Sorolla atrapó en los niños «Corriendo por la playa», donde todo brilla como si fuera la primera mañana del mundo. En ese mundo, cada día sería una orilla inmensa, y la arena, tibia, se pegaría a los pies descalzos. El aire olería puro, a ocle y a yodo, y nuestros pasos dejarían huellas que el mar borraría inexorablemente, como si supiera que nunca volveremos a pisar en el mismo sitio. Como bien explicó Heráclito de Éfeso: «Nadie puede bañarse dos veces en el mismo río», porque el agua corre como corre el tiempo, y al correr el tiempo, todo cambia.
Sin embargo, cada primavera y cada verano nos encontramos con la misma estampa: rodeados de desastres naturales, bien por exceso o por falta de agua. Y desgraciadamente solo nos queda rezar a San Pancracio, a quien se invoca para pedir empleo, prosperidad y justicia; a San Nicolás de Tolentino contra incendios, plagas y calamidades; a Santa Bárbara cuando truena y contra rayos y tempestades; a San Cristóbal frente a las inundaciones y tormentas; y a San Roque contra epidemias y pestes. Como ven, la Iglesia católica lo tiene todo previsto. Sin embargo, como hemos visto recientemente con la covid, la dana y los incendios que nos asolan, no somos nada sin tecnología, solo víctimas de la estupidez humana.
Y ante este panorama, siempre vemos la misma reacción política de incompetencia e inutilidad, de justificación de lo injustificable y de gresca partidista con la consabida frase: «Y tú más».
Los ciudadanos estamos hartos de tal circo mediático y exigimos soluciones. La primera es obvia: poner al mando de estos problemas que nos acucian a personas formadas, expertas y competentes. Es necesaria una gestión experta del suelo, de los bosques y de los ecosistemas. Y esta gestión no solo tiene que ser ecológicamente respetuosa, sino que además debe ser óptima desde el punto de vista ingenieril, geológico y geográfico, para que cuide el medio natural y respete sus usos, aprovechamientos y costumbres. Esa es la diferencia entre una gestión meramente ecológica y una gestión que podríamos llamar integral.
Si no gestionamos los bosques –los ingenieros agrónomos y forestales lo saben bien–, los terminarán gestionando los incendios. Esa es la política que se ha seguido en muchos parques nacionales estadounidenses, donde no se permite tocar ni una piña y se decide que, si el incendio es por causas naturales y no afecta a bienes ni a vidas humanas (la mayor parte de estos parques están deshabitados desde que los colonos exterminaron a los nativos americanos, mal llamados «indios»), entonces el incendio no se sofoca. ¿Es eso lo que queremos para nuestros bosques? No lo creo, dado que en las zonas afectadas hay actividad agrícola, ganadera, turística y forestal.
Por lo tanto, hay que intervenir, gestionando el bosque e involucrando a los propios habitantes, que son quienes durante siglos han condicionado el medio natural y su geografía –es decir, su ecología, geología, biología, usos y costumbres–. Obviamente, no se trata de esquilmar, sino de proteger inteligentemente.
En cuanto a las inundaciones, la gestión del suelo edificable y la limpieza de ramblas y cauces, otro tanto de lo mismo: no se puede ni se debe prohibir que se mantengan, y se debería ser intolerante con las edificaciones que no respeten los cauces naturales de evacuación. Durante una época estuvo de moda el encauzamiento de ríos –necesario en zonas urbanas–; no obstante, se observó que el río debe tener sus llanuras de inundación, que le permiten migrar como lo ha hecho durante siglos. De lo contrario, el río se acelera, aumenta la erosión de sedimentos y su deposición en el medio marino, modificando playas y estuarios. Nada es fruto de la casualidad.
La gestión, reciclaje y reutilización del agua es otro gran tema. Será uno de los problemas cruciales de este siglo. O estamos preparados e invertimos en tecnología y obras de gestión hidráulica de ríos y acuíferos subterráneos, o España será un secarral, y no bastará con invocar al cielo. Parece mentira que las mayores infraestructuras hídricas se hayan realizado durante la dictadura.
La política de repoblación forestal de la España seca debería ser una prioridad nacional. Es la mejor manera de disminuir la tan cacareada huella de carbono. Y esa reforestación no puede depender de campañas de marketing societario que sirven para lavar la cara de empresas contaminantes que no poseen ningún tipo de gestión ESG –siglas inglesas de Environmental (E), Social (S) y Governance (G)–. Los consumidores e inversores deberíamos empezar a tener en cuenta este tipo de criterios: invierte en el futuro que quieres ver.
Podría continuar, pero creo que ha quedado claro mi punto de vista. Para que los niños sigan corriendo por la playa son necesarios muchos más medios tecnológicos y humanos, gestionados por personas comprometidas y competentes. Sobran políticos charlatanes, que solo saben refugiarse en los restaurantes de moda cuando hay problemas.
Quizá sea necesaria la creación de nuevos cuerpos forestales y medioambientales, e involucrar a las personas que habitan el medio rural a través de programas de formación en gestión forestal. Como ejemplo, alrededor del 65–70 % de los bomberos en EEUU son voluntarios. Suelen organizarse en Volunteer Fire Departments, muy comunes en zonas rurales o pueblos pequeños, donde no hay recursos suficientes para mantener un cuerpo de bomberos a tiempo completo. Aunque sean voluntarios, reciben entrenamiento certificado en técnicas de extinción de incendios, rescates, primeros auxilios y manejo de materiales peligrosos.
También se podría crear un servicio social medioambiental que reemplazase al antiguo servicio militar, y donde los jóvenes –ellas y ellos– pudiesen devolver a la sociedad, a través de la gestión medioambiental, una parte de lo que han recibido. Además, se podrían movilizar recursos y disminuir la lista del paro. Así que dignifíquese estas labores y pónganse los medios. Hay que pensar que muchos trabajos se automatizarán y se convertirá en prioritario cuidar y mantener el medio natural. Créanme: no es un gasto, es una inversión.
Conciencia cívica y medioambiental: el cuidado del medio tiene que ser un compromiso de todos, impulsado a través de la educación, con la creación de un «ADN medioambiental» que impida que cualquier sapiens tire un papel, una lata o un plástico al suelo. Y castíguese duramente al que incumpla. De no hacerlo así, la figura del terrorismo medioambiental estará a la orden del día.
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