esto sí es una tragedia, pero gaucha

Baco polaco tiene la potencia de una obra clásica tejida con el habla de nuestros días, pero qué sofisticación y riqueza de palabrerío, señoras y señores. Sin estar escrita en verso, suena con la musicalidad de si lo estuviera. El argentino Mauricio Kartun (1946) se inspira en el mito de Las Bacantes de Eurípides y, sin pretender una adaptación, nos ofrece una obra nueva sobre un tema con más de 2500 años de antigüedad: ¿por qué al poder político le gusta tanto aguarle la fiesta a sus súbditos?

Me pasó con Terrenal, el espectáculo canónico del argentino Kartun que se vio hace ya diez años en Madrid, y donde ya costaba seguirlo por el habla argentina de aquella fábula sobre el episodio bíblico de Caín y Abel. En este Baco polaco, en la que Kartun dice que ha invertido 25 años en prepararla —es un autor y director de lenta cocción—, pasa que también perdemos matices por el camino. Pero entender, la entendemos.

El autor hila una historia más compleja de lo que parece, en la que a veces asoman trazas paródicas de la tragedia griega, llevando el relato a lo grotesco, mientras en otras exprime elementos de fuerte potencial poético.

Kartun ha definido Baco polaco de «pastiche del mito de Dioniso», imaginando cómo se tuerce trágicamente una fiesta de carnaval en un pueblo de la Pampa profunda, allá por los años 30. Como dice el autor, es inevitable que «por criolla, esa tragedia [detone] en su ridículo inseparable».

A pesar del lenguaje rico en términos populares y tan poético de Kartun, que recibimos al principio como una melodía, la obra se alarga, llega casi hasta las dos horas y creo notamos la fatiga por el abuso de lo narrativo.

El autor confía en Dioniso (Aníbal Gulluni) las labores de introducirnos en cada escena, de adelantarse y contextualizar el relato, de ser el autor de la obra. Este Dioniso tiene más aristas. Es también, como su nombre indica, el dios Baco, pero afectado de algún retraso o deficiencia, un «opa criollo» lo llaman, enamorado profundamente de la protagonista y a la que sigue en su trashumancia por los pueblos de la Pampa profunda y aislada, incluso musicando pasajes con su flauta a la manera de los aedos griegos.

Los personajes se organizan, por un lado, dentro de la troupe capitaneada por Reina Esther (Paloma Zaremba), una de esas chicas hermosas que va haciendo sonar una vitrola por los bares frecuentados mayoritariamente por hombres, «una DJ mitológica», la define su autor, y víctima propiciatoria. Además de Dioniso, la sigue su hermana Sarita (Soledad Bautista), no tan hermosa, una segundona, y el empresario Silenio (José Mehrez), casi siempre borracho.

Por el otro lado, y como antagonistas, encontramos a Penteo (Nahuel Monasterio) y a su madre Ágave (Luciana Dulitzky). Monasterio se revela como un actor exuberante, de grandes dotes manejando cuerpo y verbo, se reparte como un malabarista esa dualidad de personaje farsesco: el ser el arquetipo de hijo de la máxima autoridad del pueblo, el terrateniente, cuya personalidad Kartun traza de machista y a la vez ser víctima de su sexo, de su miedo a dar la talla en la sucesión del imperio de su tatita, con el que habla desde el más allá, de haber sido humillado de niño por otros niños, sufrimiento que ahora él se apremia a vengar.

La madre de Penteo, Ágave, sigue la estela de lo grotesco como progenitora desnaturalizada y medio humana que Dulitzky retrata de manera fascinante con una consistencia cómica y trágica. Todo el elenco es admirable, cohesionado, con momentos de gran emoción dramática como el de Reina Esther contándonos su sacrificio. Y todos procedentes de la Escuela Metropolitana de Arte Dramático de Buenos Aires (EMAD), de la que Kartun es profesor.

Baco Polaco

Teatros del Canal de Madrid, hasta el 11 de octubre (el 16 de octubre en el Festival Iberoamericano del Teatro de Cádiz)

Autoría y dirección: Mauricio Kartun
Elenco: Aníbal Gulluni, Paloma Zaremba, Soledad Bautista, José Mehrez, Luciana Dulitzky y Nahuel Monasterio
Diseño de escenografía y vestuario: Rodrigo González Garillo
Diseño de iluminación: Agnese Lozupone
Diseño de movimiento: Juan Manuel Branca
Diseño sonoro: José Mehrez y Aníbal Gulluni
Luthería: José Mehrez
Producción: Complejo Teatral de Buenos Aires

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