En España, las enfermedades cardiovasculares son responsables de 113.000 fallecimientos al año, según los últimos datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Se sitúan -ahora, antes era la primera- como la segunda causa de muerte, tras el cáncer. «Significa que, de alguna manera, se están haciendo las cosas bien», admite el cardiólogo José Ramón Rumoroso, presidente de la Fundación Epic, una organización que fomenta la excelencia en el tratamiento de este tipo de dolencias. La cardiología ha avanzado de forma extraordinaria en diagnóstico, tratamientos y prevención, pero, señalan los expertos, todavía existen «zonas oscuras»: personas sanas y jóvenes, sin factores de riesgo, que sufren un infarto o pacientes cuyo riesgo no encaja en las calculadoras actuales. Sigue siendo el gran misterio cardiovascular, advierte.
Cada vez se conocen mejor los factores de riesgo cardiovascular, ¿ayuda a identificar con precisión quién va a sufrir un infarto? Es verdad que se conocen muy bien todos los factores de riesgo, como el sedentarismo, que condiciona una obesidad; la diabetes, la hipertensión, colesterol alto o el tabaco. Son clásicos. Si uno tiene más factores de riesgo, tiene más probabilidades de tener un evento cardiovascular. Todo eso funciona muy bien para un conjunto poblacional muy amplio porque, de hecho, se han desarrollado calculadoras que predicen el riesgo cardiovascular.
¿Qué sucede cuando se trata de personas aparentemente sanas? Cuando, de repente, vemos que hay una persona joven o un deportista que, con 50 años, hace un infarto y se muere, eso nos choca. Hay cosas que, lógicamente, se nos escapan. Entonces no es solamente la carga de riesgo cardiovascular que una persona tenga, de factores modificables, sino que también hay una carga genética y, además, otros condicionantes distintos, desconocidos.
¿Qué están detectando? Cada vez tenemos más herramientas y técnicas de imagen intracoronarias y lo estamos investigando. Es decir, nos metemos dentro de las arterias coronarias y vemos cómo son esas placas de ateroma (acumulación de grasa y colesterol en las paredes de las arterias). Podemos ver el grado de inflamación, el grado de vulnerabilidad, que puede condicionar que una placa de esas un día, de repente, se rompa en una persona joven y haya un infarto.
«La genética, el estrés o la contaminación pueden explicar infartos que no vemos venir»
¿Y qué les llama la atención? Es verdad es que hoy hay mucha más gente que hace deporte de lo que se hacía hace 20 años. Lo que realmente llama la atención es que, aunque no es habitual, tampoco es infrecuente que una persona joven y sana, deportista, tenga un infarto o una muerte súbita, porque se supone que el deporte es bueno para la salud. Y es porque hay otras causas que no están relacionadas con esos factores de riesgo.
¿De qué causas hablamos? Por ejemplo, la contaminación, situada por la OMS dentro de los grandes factores de riesgo cardiovascular ambientales. O la falta de sueño que, a su vez, produce estrés crónico… También, la contaminación acústica que provoca falta de relajación, y el aumento de una serie de hormonas que hacen que el organismo esté continuamente en alerta. Y eso puede condicionar que se desarrolle una arritmia cardíaca, o que incluso el corazón vaya mucho más rápido.
¿Sigue siendo ese el gran misterio que la ciencia todavía no ha conseguido explicar?. Claro, si no seríamos eternos. Sí, hay cuestiones que no conocemos y estamos intentando hacer investigación clínica, promover ensayos para intentar poder llegar a tener más datos de por qué una persona aparentemente sana tiene un evento súbito cardiovascular. Que no es una cosa prevista, ni muchísimo menos.
«No se está midiendo bien el riesgo cardiovascular de las mujeres»
En el caso de las mujeres, ¿se está midiendo mal su riesgo cardiovascular? Sí. Absolutamente. En la mujer, las enfermedades cardiovasculares son la primera causa de muerte. Hay dos condiciones importantes a lo largo de su vida. Una, es el embarazo, porque ahí se puede manifestar la hipertensión o una diabetes, lo que les puede llevar a desarrollar enfermedad cardiovascular en un futuro. Y luego, otra parte, es la menopausia. Sobre todo la precoz, que hace que haya una disminución importante de los estrógenos y sabemos que ese factor es un protector cardiovascular. Entonces, cuando eso desaparece, la mujer puede empezar a desarrollar unas alteraciones metabólicas que condicionan unos factores de riesgo mayores.
Se insiste, además, en la diferencia de síntomas ante un infarto. En el hombre, el principal síntoma suele ser más un dolor opresivo, y ese dolor clásico, típico, en la mujer no siempre es así. En ellas puede haber fatiga intensa, sensación de ahogo. Otras veces, es un malestar abdominal, digestivo; otras, un dolor de espalda e, incluso, dolor en la mandíbula no reconocible que puede ser algo reflejo de lo que está pasando en la zona centrotorácica. Todos esos síntomas no encajan con una imagen clásica de lo que sería un infarto. Además, ya de entrada, la mujer es más sufrida que el hombre, consulta más tarde, aguanta más… Y, cuanto más se tarde, más músculo se mueve y más probabilidades hay de que esa persona tenga luego insuficiencia cardíaca o incluso muera antes de llegar al hospital.
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