Cada 28 de septiembre Villaoril vuelve a convertirse en punto de encuentro para cientos de vecinos del noroccidente asturiano. La festividad de la Virgen reúne en torno al santuario a personas llegadas de distintos puntos de Asturias que «piden» a la imagen o que simplemente acuden a la procesión en busca de la llamada agua bendita. Algunos acuden movidos por la devoción; otros, por una tradición familiar que se remonta a varias generaciones. Para muchos, ambas cosas son ya inseparables.
Entre quienes regresan cada año está Evangelina Suárez. Su vínculo con Villaoril comenzó en la infancia, cuando acudía caminando junto a su madre desde su pueblo, en la zona de Oneta. No recuerda la distancia exacta, pero sí «aquellas jornadas largas en las que salías por la mañana y llegabas al santuario hacia el mediodía». Volver ahora es también reencontrarse con aquellos años y con una forma de vivir las romerías que, asegura, «era muy distinta a la actual».
Hoy Evangelina ya no hace aquel camino a pie. Desde hace varios años acude acompañada por un grupo de amigos. La celebración se prolonga durante toda la jornada: misa, convivencia y comida compartida junto al santuario. No hay prisa por marcharse. Encarnación, una de las integrantes del grupo, explica que acostumbran a quedarse hasta la tarde y a comer allí, como tantas otras familias y pandillas que convierten la fiesta religiosa en un día completo de encuentro.
Luisa Martínez comenzó a acudir a Villaoril con su pareja. Con el tiempo, fueron animando a sus amigos y la cita terminó convirtiéndose en una fecha fija en el calendario. Preparan la comida, llevan mesas y sillas y pasan juntos buena parte del día. Lo que empezó como una costumbre de pareja se ha transformado así en una tradición compartida.
Vivencias en grupo
Juan Cernuda conserva recuerdos todavía más ligados al esfuerzo de la peregrinación. Durante años acudió andando desde Luarca y evoca con nostalgia aquellos tiempos en los que desplazarse a pie formaba parte de la propia celebración. En su familia, «Villaoril era una cita que se vivía en grupo». Los hermanos acudían juntos y la devoción se transmitía de padres a hijos. De hecho, Cernuda recuerda especialmente una frase de su padre, quien insistía en que «la Virgen de Villaoril no se puede olvidar».
Ese carácter heredado aparece una y otra vez entre los asistentes. Manuel Pérez resume Villaoril como una tradición «de toda la vida» y destaca la profunda fe que sigue despertando la Virgen entre los vecinos de la comarca. Paco García también vincula la fiesta con los recuerdos de juventud. Hoy muchos llegan en coche, pero durante años era habitual recorrer a pie los caminos que conducen al santuario.
Desde Andés, José Antonio Suárez explica que acudir a Villaoril «formó siempre parte» de las costumbres familiares. La fama de la Virgen como «protectora y milagrosa» permanece muy presente entre los peregrinos, aunque la jornada deja también espacio para el humor y la conversación. Cuando se habla de aquello que cada uno pide, la salud ocupa un lugar central, aunque entre bromas alguien recuerde que el dinero y el amor tampoco suelen faltar en los deseos. José Antonio, sin embargo, asegura conformarse con mantener la salud que ya tiene.
José Manuel Suárez, procedente de la costa, mantiene igualmente una relación continuada con Villaoril. Además de acudir como peregrino, recuerda haber trabajado en los prados de la zona cuando era joven. Como ocurre con tantos otros visitantes, el santuario forma parte no solo de su vida religiosa, sino también de su geografía personal.
Manuel González, de Soirana, representa una devoción especialmente constante. Este año acudió incluso a toda la novena previa a la festividad. Mientras muchos peregrinos llegan al santuario para pedir favores o protección, él explica que su presencia tiene otro sentido: vuelve para dar gracias. «Yo vengo a devolver», resume.
También hay quienes retoman la tradición después de años de ausencia. Soledad Rayo, de las proximidades de Luarca, había acudido pocas veces anteriormente. Ahora, tras jubilarse junto a su marido, decidió regresar y pasar la jornada en Villaoril. La celebración le ofrece la oportunidad de salir, asistir a misa y participar de un ambiente festivo que reconoce como propio de las romerías tradicionales.
Muy distinta es la relación de Luisa Martínez, de Otur, con el santuario. En su caso, la memoria se remonta a su madre, que ya acudía cuando ella era pequeña. Entre sus recuerdos permanecen incluso los collares de castañas que se vendían durante la fiesta. Más tarde comenzó a acudir caminando con sus propios amigos. «Ahora ya no hago el trayecto a pie, pero sigue siendo una fecha especial». Ella forma parte de un grupo de unas diez personas: primero asisten a los actos religiosos y después continúan la jornada alrededor de una mesa, en una comida que prolonga el ambiente de celebración.
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